Al noreste, hacia Coro, brillaba una luna menguante, finita, finitica. Daba la impresión de que el oscuro cielo no fuera sino un negro capote al que alguien con una filosa cuchillita le hubiera hecho un tajo, un tajito; para poder ver la luz que está siempre ahí: detrás de la noche.
-Un tajo -pensó-
II
Cuando el coronel Farías llegó al sitio el cuerpo del muchacho seguía en el suelo y comenzaba a oler mal. Farías saludó con gestos y bufidos a través del pañuelo que había sacado del bolsillo para taparse la nariz. El doctor Jiménez lucía contrariado a pesar de estar acostumbrado a esos menesteres. Rodeaba el cuerpo, evaluaba y dictaba: tajo cortante en la región del cuello con disección de la aorta, tajo cortante en la región abdominal, disección de la extremidad superior derecha…
-¡Carajo! Es que son como los indios, se matan como animales -dijo Farías-
-Ya va siendo hora de que el gobierno intervenga, coronel -dijo Jiménez-
Pero el coronel Farías lanzó una perorata sobre la inutilidad de los esfuerzos gubernamentales cuando dos familias se enfrentan en ciego afán de venganza. Señaló que aquel conflicto estaba lejos de terminar si dependía de un entendimiento entre ambos clanes rivales.
-Siempre se podrá hacer algo -repuso el doctor-
Y añadió:
-Por lo menos saque de aquí al pobre Anselmo, mándelo preso a Coro o para otra parte. Así sabremos que no podrá buscar venganza. No por ahora…
Y en cuanto notó que tenía la atención del Farías, explicó:
- La mujer está preñada y los otros dos hijos son chiquitos todavía. Esa muchacha y sus hijitos no van a pasar trabajo si entre todos la ayudamos.
Farías, cuestionó:
-¿Dónde se ha visto que uno vaya preso porque le mataron un hijo, doctor? ¡Carajo!
El médico respondió:
- No señor, preso propiamente no. Usted le explica que la detención será preventiva para facilitar las investigaciones y para frenar esta locura. Usted se compromete a buscar al culpable y a que pague cárcel o paredón, según lo que digan lo tribunales, porque -reflexionó el doctor- ¿Podemos predecir a cuánta gente se puede echar al pico el pobre Anselmo por la muerte de su muchacho?
Al mediodía y con paso cansado el coronel Farías acompañado de cuatro soldados subió la modesta cumbre de la casa de Anselmo y siguió el consejo de Jiménez.
Anselmo lloraba en silencio mientras recogía algunas cosas y las empacaba en una precaria mochila. Su mujer, sentada en una mecedora y sumergida en una especie de trance, descansaba sobre el abultado vientre ambas manos. Una niña de unos ocho años se ocultaba tras ella y otro niño correteaba por el patio ajeno al dolor, ajeno a la tragedia.
III
-¿Usted tiene información sobre el crimen de ese muchacho?
¡Cuénteme!
-Pues verá usted coronel… usted sabe que esas familias están peleándose hace años y que este no es el primer muerto ni va a ser el último. Pero el hijo de mi compadre Anselmo nada tenía que ver, con decirle que ni el mismo compadre se ha metido en eso, si para evitar esas peleas hizo su casita para allá, para el cerrito...
-¡Carajo! ¡No me dé más vueltas! ¿Qué es lo que sabe usted?
-No se sulfure mi coronel, no se sulfure… Usted sabe que hace días forzaron a una muchachita de la familia aquella que andaba buscando agua y ahí la dejaron medio muerta. Bueno, el caso es que culparon a Jacinto, hermano de Anselmo, porque al día siguiente del suceso era el único que faltaba por aquí. Pero si le digo… a ése muchacho lo mató “Julio El Oso”
-¡Carajo! ¿El Oso? ¡Ay mi madre! ¿y Julio no es primo de la mujercita de Anselmo?
-¡Primo hermano, mi coronel! ¡Primo hermano! Y si supiera usted que ése diantre siempre estuvo enamorao de ella, pa más lavativa...
IV
La vida es dura, muy dura. Y tras el entierro del hijo y la detención de Anselmo había que sumarle a la dureza, amargura, necesidades y soledad. Tocó salir adelante primero, ya habría tiempo para llorar después.
La hermana y la sobrina mayor le asisten al parto, la cuñada viene para ayudar con los otros niños, el doctor Jiménez pasó una vez y dejó veinte bolívares, de Farías ni se supo más.
De la parroquia le enviaron víveres y estampitas por varias semanas. Era difícil saber de Anselmo, era imposible ir a verlo; la vida se endureció pero tocaba salir adelante. Encima de todo estaban rondándola el viejo ése de la hacienda, y el maestro Chirinos, y el señor Bermúdez, y hasta el mismísimo doctor Jiménez...
Una vez fue al cementerio y le pareció que detrás de una tumba estaba un primo suyo espiándola.
Dos años ya de la muerte del hijo, dos años de no saber, y otro tanto de Anselmo preso. La vida es dura pero toca salir adelante…
V
-Yo no voy a pronunciar ése nombre. Te lo voy a escribir en un papelito.
-Pero yo no sé leer…
-Se lo das a tu muchachita pa que te lo lea.
-¿Cuánto le debo señora Nacha?
-¡Jesús! ¡Dios me libre de cobrarte hija mía! Si yo misma te mandé a llamar porque las ánimas no me dejaban tranquila.
-¡Dios me le pague!
-Pero ve: hacele jurar primero a tu muchachita que no le va a decir nada a nadie nunca en la vida. Y vos quemás el papelito…
VI
Lloraba, se calmaba, se detenía, continuaba. No, no iba a pensar en Dios, ni en el diablo; esto no era cosa del más allá. Y así, una a una levantó las baldosas del piso frente al fogón y las apiló a un lado. Día con día cavó un hoyo hasta que le costó trabajo salir de él y consideró entonces que era suficiente.
Se acercaba el día de san Joaquín y habría fiesta en la hacienda. La parranda empezaría temprano y no sería extraño que se prolongara por dos días porque así se celebraba el cumpleaños del dueño: música, aguardiente y comida para todo el mundo hasta que el señor quisiera, hasta que dijera “basta”
VII
-Yo a vos te he tenido ganas desde siempre, y vos lo sabés…
-Yo sé, pero somos primos…
-¿Y eso qué tiene?
-Yo tengo mi esposo, padre de mis hijitos.
-Pero, está muy lejos, y a lo mejor no vuelve. Vos tas muy joven todavía…
-Si venís, esperá que sea tarde, que ya la fiesta esté andando. Tocás por la puerta de atrás, por el fogón…
VIII
Ebrio de aguardiente y lujuria, ahíto de manjares y de sangre inocente “Julio El Oso” camina con sigilo, acecha más bien por entre los matorrales; evita ser visto. Se ha quitado la camisa y se guía con instinto felino. Toca discretamente una vez, una segunda vez, y escucha ruidos.
Mueven el pasador, quitan la tranca, abren la puerta y entra…
Un tajo que no vio venir en la tiniebla le recorre el cuello de un lado a otro, rápido y profundo. Quiere gritar y su voz es un graznido que borbota sangre en gran cantidad. Una puñalada le quita de sufrimientos y un tajo tras otro lo descuartiza cuando ya no es más que una masa sanguinolenta que va cayendo pedazo por pedazo en un hoyo cavado frente al fogón.
Y ella lloraba en silencio, se calmaba, se detenía, continuaba. No, no iba a pensar ahora en Dios, ni en el diablo; esto no era cosa del más allá. Y una a una colocó de nuevo las baldosas del piso frente al fogón donde la sorprendió el sol haciendo café después de bañarse escrupulosamente.
IX
Sentada frente de su casa, la señora Servanda piensa en que a la vejez la hacen pesada los recuerdos y los secretos. Hacia Coro, brilla una luna menguante, finita, finitica.
Como si el oscuro cielo no fuera mas que un negro capote, al que alguien con una filosa cuchillita le hubiera hecho un tajito para poder ver la luz que está siempre ahí: detrás de la noche.
CALIXTO GUTIÉRREZ AGUILAR