Como cualquier otro barrio popular en cualquier otra
ciudad, el de Monteverde en Coro tiene entre sus moradores suficientes
anécdotas como para llenar generosos volúmenes. Hay en cada barrio popular
innumerables chistes que contar y otras tantas situaciones de las cuales
reírse. Aburrirse es un lujo que no pueden darse los pobres. El aburrimiento es
para ricos y para imbéciles.
El caso es que cuando agonizaba aquella dictadura que
marcó la década de 1950 y aún en el los primeros días de la naciente democracia,
el estado venezolano tenía características netamente policiales. Los cuerpos de
seguridad marcaban la pauta en el ritmo de la vida común. La mayoría evitaba el
más mínimo roce con las fuerzas de la ley habida cuenta de la severidad de los
castigos que por entonces se infligían.
Chulito estaba en una esquina de la calle Manaure
acompañado de un par de colegas del arte de no hacer nada. No es que Chulito
fuera malo propiamente dicho, es que marcadamente propendía al ocio, le gustaba
el aguardiente en la misma proporción en la que rehuía el trabajo y era muy
amigo de piropos y “flores” para las muchachas que pasaran cerca de él.
El caso es que aquel sábado, día de la visita semanal,
tres doncellas caminaban rumbo al Cuartel General Juan Crisóstomo Falcón en
donde se halla acantonado el “Batallón Girardot” una de las muchachas era la
hija del capitán Gordillo. Chulito se abstuvo de decir comentario alguno. Uno
de sus colegas, sin embargo, ensalzó a viva voz las pantorrillas, la cintura,
el vestido, el corte y color de los cabellos de la hija del militar. Por
supuesto, todo aquello expresado en términos un tanto prosaicos. Chulito,
ciertamente el mayor del grupo, instó a los compañeros a retirarse no fuera a ser
cosa que la muchacha le contara al papá y se armara un problema por aquello. Convenida
la disolución, cada uno tomó un rumbo distinto.
Una de las muchachas al presentar la queja ante el
capitán dijo que no sabía quiénes eran los groseros, pero que en el grupo pudo
reconocer a uno de Monteverde que le dicen “Chulito” Gordillo dijo que esa
pista era suficiente para iniciar las averiguaciones y vengar la afrenta
sufrida, por lo que inmediatamente salió del cuartel a bordo de un Jeep del
ejército. Un soldado le hacía de chofer y otro de escolta. Copiloto iba el
enfurecido capitán cuando a las diez y media de la mañana llegaron a
Monteverde.
Chulito estaba por entrar a su casa cuando la patrulla
del ejército frenó bruscamente y le conminaron a detenerse.
-¡Buenos días ciudadano!
-¡Buenos días! A sus órdenes…
-¿Usted vive por aquí mismo? ¿Conoce a un individuo al
que apodan Chulito?
El interrogado admitió que era de las inmediaciones y que
sí, que aunque no era su amigo ni tenía tratos con él, bien podría identificar
al tal Chulito si lo veía aunque fuera de lejos.
Entonces el capitán le hizo subir al asiento trasero de
la patrulla y calle a calle, callejón a callejón recorrieron el barrio una y
otra vez sin que pudiera el baquiano dar una identificación positiva del
elemento requerido.
Llegó el mediodía y las horas del sopor comenzaron a caer
llenando a las calles de brillo de sol y soledad. Cansado, hambriento, furioso
y sediento, el capitán hizo detener el Jeep frente a una pequeña tienda de
abasto para tomar al menos un refresco porque así lo reclamaba aquel sol de las
dos de la tarde.
Le siguió el escolta mientras Chulito y el chofer
aguardaban en el carro.
La vieja Sabina, muy amiga de chismes y de averiguaciones
irrelevantes, venía de su casa camino de la pequeña tienda más por darse al
chisme que por comprar algo. Al pasar junto al carro militar -que obviamente
llamó su atención- se fijó que un hombre en el asiento trasero se inclinaba hacia
adelante como para ocultar su rostro. Una maniobra bastante inútil porque doña
Sabina reconociendo al individuo chilló con su habitual retintín:
-¡Chuliiiiiiiito! ¡Muchacho! ¿Estás trabajando con el
gobierno ahora?
Ni bien oyó el nombre, el chofer hizo sonar la bocina y
el capitán con su escolta salieron de la bodeguita rápidamente,
-¡Aquí está el hombre mi capitán! Este es el tal Chulito que buscamos desde
esta mañana.
El viaje hasta el cuartel fue en silencio y a muy alta
velocidad. Formaron la soldadesca que había quedado en el batallón (unos
treinta y seis hombres) y el capitán Gordillo les arengó una vez más sobre el respeto
debido a las damas, tanto más si éstas son criaturas que recién abandonan la
pubertad. Porque irrespetar a una dama es algo impropio para un hombre
verdaderamente hombre, afirmó el capitán Gordillo.
Para que sirviera de escarmiento, hizo formar dos
columnas de dieciocho hombres. Cuando cada uno tuvo en sus manos la
correspondiente “peinilla” hizo pasar a Chulito con las manos entrelazadas
sobre la cabeza por la calle de soldados que le saludaban las nalgas a planazos
mientras le repetían la odiosa cantinela:
-¡Pa que respete, carajo!
Maltrecho y avergonzado lo arrojaron a un calabozo de
donde lo hicieron salir como a las siete de la noche sin reconvenirlo
mayormente.
Llegó a la plaza de El Tenis y en El Parque buscó un
banco lejos de las luces y se echó de boca abajo a llorar su fatalidad.
Abruptamente, recordó el rostro encolerizado del capitán al saberse burlado, la
cara de hambre de los soldados que lo cargaban en el Jeep y la expresión de la
vieja Sabina. Entonces, una risa de locos se apoderó de él y exclamó:
-¡Coño e la madre! Nunca falta un entrépito…
Y cansado, se quedó dormido. Ya clareaba el domingo
cuando despertó y se levantó del banco. Se encaminó a su casa renqueando y
sosteniéndose de las paredes ajenas de tanto en tanto. Oyó a un vecino gritarle
que pusiera de su parte y que ya no bebiera tanto aguardiente, pero él no
estaba de ánimos para dar explicaciones.
Una semana de reposo le bastó para reponerse totalmente y
en poco volvió a ser Chulito, aquel que no es que fuera malo propiamente dicho,
sino que marcadamente propendía al ocio. Al que le gustaba el aguardiente en la
misma proporción en la que rehuía el trabajo y era muy amigo de piropos y
“flores” para las muchachas que pasaran cerca de él. Pero que ya no se iba por
lados de la calle Manaure…
CALIXTO
GUTIÉRREZ AGUILAR