Hace
tres años que llegué a este país. Me sirvieron de contacto previo algunas
personas que conocí en mi época de estudiante. De mi tierra se huye por muchas
razones, pero dudo que mis compañeros de viaje hayan acertado al suponer las
mías. Llegué aquí para ponerme a buen resguardo teniendo todo un continente de
por medio.
Hace
algunas semanas me acosa la idea de ser reconocido, tal vez porque arrastro “la vergüenza de haber sido y el dolor de ya
no ser”
Allá
en mi tierra, el último destino que tuve fue un remoto caserío insular llamado
“La Soledad” bastante lejos de todo; propicio para los desmanes y los excesos, ideal
para contrabandistas y amores alquilados.
Apenas
desembarqué en “La Soledad” me informaron que el jefe militar permanecía
arrestado por embriaguez y exposición indecente en vía pública. El jefe civil, había
ido a tierra firme para ocuparse de sus negocios de contrabando y trata de
blancas.
Mi
llegada pasó desapercibida, y, al menos en los seis primeros meses de mi
estancia, no signifiqué nada para nadie. Con el tiempo me integré perfectamente
a la vida de la comunidad y en menos de un año ya era prácticamente un isleño
más.
Para
el segundo año, habiendo superado ciertos escrúpulos iniciales, ya me
emborrachaba con los lugareños en la plaza o en el burdel de “La Tigra”. Poco
después, dormía a crédito con algunas de las muchachas que recién llegaban, y a
poco de eso, ya ni pagaba.
Al
principio tuve que hacerme de la vista gorda ante las marañas en que se
entretejían el comandante y el jefe civil. Pero un día, el comandante me dijo “donde comen dos, comen tres” y así vine
a meterme en ciertos asuntos de los cuales no estoy orgulloso. Fui muchas veces
a tierra firme para concretar negocios, para hacer compras, para hacer pagos,
para buscar muchachas, para entregar paquetes, para transmitir órdenes; y así,
casi que sin quererlo, me vi metido hasta el cuello en la más podrida red de
corrupción.
Teniendo
en cuenta mi posición, la esposa y la hija de Agustín -que así se llamaba el
jefe civil- me recibían en tierra firme con las más espléndidas atenciones inocentes
de cuanto sucedía en “La Soledad”. Pero fui desleal con Agustín…
No
sabría calcular cuál de las dos traiciones le habrá dolido más.
Una
noche de lunes tuve que defenderme de Agustín y pasó lo que pasó. Estoy seguro
de que nadie nos vio. Y como los martes muy de mañana iba yo hasta tierra firme
por un día o dos, dudo que alguien haya sospechado algo hasta que se dieron
cuenta de que había desaparecido.
Me
agobia la idea de ser identificado de un momento a otro y debo calmarme. Por
eso vengo a este café que no es muy concurrido. La camarera me ha entregado un
papelito doblado:
-¡Aquí
le envían!
II
Hace
tres años que llegué a este país y hoy hace cuarenta días que no salgo de casa.
Estoy al borde de la locura. Voy a comerme este papel. Por última vez lo
reviso, y sí, sí dice lo que todos estos días he leído una y otra vez:
-Sin
barba y sin sotana me costó reconocerte…
CALIXTO GUTIÉRREZ AGUILAR
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