sábado, 4 de enero de 2025

ENTRE DOS AMARRAN UNO...

 

El viejo empleado del telégrafo llegó a la casa de Dámaso y le extendió la escueta nota conminatoria: CASO URGENTE. PRESENTARSE EN ESTA. COMPADRE JUANCHO.

Al igual que el remitente, Dámaso era faculto en artes curativas y en deshacer ensalmos. Curaba el mal de ojo y combatía denodadamente a los espíritus malignos con oraciones y rituales recibidos en herencia de su abuelo.

Ni bien llegó a la ciudad puso rumbo a la casa del compadre cuando la siesta el viernes recién terminaba. Un conveniente baño y una ligera refección completaron las ceremonias de bienvenida.

Bien informado por el compadre Juancho esperó la llegada de “el hombre del caso” y pasaron al cuarto de los santos en cuanto éste llegó.

El angustiado paciente de aspecto demacrado y nervioso, víctima de un acoso infernal, relató desde el inicio el espantoso sufrimiento que padecía según sus cálculos desde hacía unas diez semanas.

Al principio solo fueron toques a la puerta que se sucedían a medianoche, y aunque él acudía de inmediato a los insistentes llamados, a nadie conseguía. Acechaba los toques para abrir rápidamente y nadie estaba por allí. A esto siguió el ruido de pisadas provenientes del techo y los fétidos olores sulfúricos que en la penumbra invadían toda la casa.

Sobresaltado, una noche lo despertó el horrendo maullido de un gato negro que apareció en la sala sentado y con una mueca de sonrisa.

Percibía en las tinieblas el reptar de interminables serpientes que todo lo tumbaban a su paso. Escuchaba el gruñido de fieras invisibles y, en una ocasión, el doliente balido de una cabra que estuviera como herida o moribunda.

Más recientemente era atormentado por el horroroso graznido de un ave nocturna que metía la cabeza por los respiraderos de la chimenea del fogón en la vieja casona, y hacía resonar su espeluznante eco por todas las habitaciones.

Los facultos escucharon atentamente el doliente relato de aquel hombre que evidenciaba estar al borde del colapso nervioso. Consolaron e intentaron calmar al paciente y le ofrecieron la seguridad de una solución definitiva que llegaría la noche siguiente.

Juancho intuyó que el fenómeno volvería a suceder en la medianoche del día que precede al domingo y que sería algo intenso y muy rápido.

Una vez ido el paciente conferenciaron los compadres sobre la urgencia del caso. Convinieron en que era “un trabajo de trece” y que al cabo de tal número de semanas el paciente podría enloquecer definitivamente o morir de manera trágica. Dedujeron que el objetivo de la sañuda maldad era apropiarse de la casa antes que cobrar la vida de su único habitante.

Llegada la tarde del sábado, Juancho y Dámaso tomaron posada en la casa de junto al paciente a quien se cuidaron de advertir cosa alguna. Tejieron sendas sogas de purísimo y blanco algodón mientras rezaban trisagios a la Santísima Trinidad y luego procedieron a bendecirse el uno al otro imprecando a San Miguel Arcángel, príncipe de las milicias divinas. Y todo esto es el más absoluto secreto encerrados como estaban en la habitación que compartirían hasta la hora de su apocalíptica aventura.

Rociaron sus improvisados cabestros con agua y sal bendita para acostarse apenas se hubo ocultado el sol. La anfitriona, previamente advertida y en extremo feliz de hospedar a tan reconocidos personajes, los llamó cuando ya faltaba poco para la medianoche…

¡Y empezó la minúscula versión del Armagedón!

Llegó el pájaro graznador, y ni bien se había posado sobre la techumbre, se dirigió a saltos –algo propio de los carroñeros- hacia los huecos de la chimenea para meter la cabeza y comenzar con los horrendos graznidos que erizaban la piel a cualquier valiente. Con ímpetu juvenil pese a sus años, Dámaso hizo gala de insospechada agilidad y trepando al techo capturó al pájaro, lo ató con su cabestro bendito y lo arrojó al suelo donde esperaba Juancho para darle inicio a una increíble azotaina. Dámaso soltó las amarras al pajarraco y se unió a los azotes. El animal no pudo alzar el vuelo y se fue renqueando por la calle hasta perderse en la oscuridad de un callejón.

II

Cuando un enfermo no podía acudir a la casa de Don Juancho él se ofrecía por modesta suma a consultarlo a domicilio. Y así las cosas, acudió el miércoles a la casa de Julita La Tuerta para auscultar al mayor de sus hijos quien yacía en cama.

Apenas se vieron médico y paciente, el muchacho comenzó a temblar de tal manera que hacia rechinar el catre en que se encontraba de boca abajo únicamente vestido con sus calzoncillos.

El hijo de Julita mostraba marcas de azotes y su madre contaba que unos bandoleros le dieron “una cueriza” para robarlo, dejándolo tendido en un callejón cerca de la casa donde lo hallaron maltrecho e inconsciente la mañana del domingo.

Don Juancho no pasó al cuarto y le recomendó a Juanita unos guarapos de concha de cedro y unas unturas de árnica.

¿Y no me le va a rezar? –preguntó la acongojada madre

Juancho, solemne y con los ojos entornados caminó hacia el catre y se inclinó sobre el paciente musitándole al oído:

¡Negro pendejo! Que te sirva de escarmiento y pa que aprendás a no andar echando vaina. Amén…

CHOFER…

 

Cuidadosamente desenrolló el papelito y leyó las instrucciones. Memorizó cada palabra y sacó cuenta en su mente de los horarios y las fechas. El traslado sería la noche siguiente en punto de las nueve. Para ese día tendría guardia y a nadie extrañaría su presencia en el hospital.

Llegado el momento recibió su turno y fue impuesto de las novedades: no había de qué preocuparse para esta noche. Sin embargo, y pese a las consoladoras expectativas del jefe de obreros, él se encontraba agitado. No tenía miedo propiamente, diríase más bien que se hallaba en estado de exaltación. Tanto, que por primera vez había llevado el revólver al hospital. Pensó: los que estamos metidos en esto debemos estar siempre preparados por si algo sale mal, por si acaso una vaina…

Cerca de la hora convenida salió al frente del hospital y vino a sentarse en la acera por la esquina oeste. Alternativa pero pausadamente miraba hacia la Ermita de San Nicolás y hacia el Palacio Mármol. Encendió un cigarrillo y palpó el empaque constatando con asombro que desde las primeras horas de la tarde cuando lo adquirió, casi lo había fumado todo.

¿Cómo iban a hacer para traer al muchacho? ¿Cuál era la señal? Por un momento dudó de si se trataba del mismo joven, pues era de dominio público que su padre lo había llevado por Líbano e Inglaterra para enfriarlo un poco y que allá lo había dejado. La idea de que todo aquello fuera una trampa lo hizo levantarse de la acera. Un carro con dos agentes de la DIGEPOL pasó lentamente frente al hospital. El chofer saludó con desgano…

Faltando diez minutos para las nueve fue hasta el garaje y comenzó a revisar los fluidos y a chequear otras tonterías de la ambulancia. Él era el chofer y tal acción de seguro no levantaría sospechas. Los minutos se hacían pesados y parecían haber triplicado la cantidad de segundos que originalmente contenían. Cuando al fin faltaron cinco para las nueve encendió el motor, se acomodó en su lugar y sacó el arma que mediante un apropiado artilugio llevaba ajustada a la pantorrilla izquierda, la sostuvo un segundo y luego decidió ocultarla bajo el asiento.

Una acuciante ansiedad le enardecía los deseos de fumar pero sabía que ya no había tiempo porque la aventura de aquella noche había comenzado.

Sintió como las puertas traseras de la ambulancia se abrían de par en par y escuchó los ajustes con que la camilla era asegurada al piso justo en el espacio central. Una vez cerradas las puertas salió del hospital siguiendo la calle Falcón en dirección Este para luego buscar al Sur el rumbo de La Sierra. No fue requisado en la alcabala de Caujarao y varios kilómetros más adelante abandonó la carretera por un estrecho camino de tierra. Se detuvo y apagó las luces y el motor.

En poco se vio rodeado de algunas sombras que avanzaban hacia él y rodeaban la ambulancia. Tras unos minutos sintió movimiento en la parte posterior del vehículo y el inconfundible sonido de dos puertas que se abrían.

A una señal le permitieron bajar y lo primero que hizo fue encender un cigarrillo. El que había sido trasladado fue recibido con evidentes muestras de alegría. Hubo muchos abrazos y buenos augurios, ofertas de cigarrillo, breves reportes de las últimas acciones, propuestas de combate y festejo.

El que comandaba pidió que dejaran que el joven recién trasladado se vistiera con el nuevo uniforme. Con las escasas luces que había, el chofer constató que de verdad aquel era un muchacho apenas.

Se dio la orden de partir enseguida y todos formaron una columna. Antes de partir, el comandante se acercó al chofer:

-¡Gracias, compañero!

El chofer se limitó a asentir. De entre la columna se desprendió el que recién había sido trasladado y extendiendo la mano le dijo:

-Muchas gracias. Mucho gusto, soy Chema…

Y la columna se perdió en la noche de La Sierra de Coro, en la noche la historia…

EL PERDIDO…

 

Al pobre señor Ramiro le salían muy caras las parrandas que ocasionalmente se formaban en las cercanías de su casa. Y esto que el señor Ramiro no tomaba parte de ellas. Pero sucede que el caballero en cuestión, fiel a sus orígenes rurales, había traído a la ciudad su costumbre de criar aves de corral. Patos, gallinas y pavos llenaban el patio de su casa y le proveían de huevos y carne, y cómo no, también de algún dinerillo de vez en cuando. Por ello, el señor Ramiro era particularmente cuidadoso y delicado con la condición y el número de sus aves.

Es criterio generalizado entre borrachos trasnochadores que “nada hay más sabroso que el caldo de gallina robada” y por ello le advertía a usted que las parrandas del sector le salían particularmente caras a Ramiro sin tomar parte de ellas. Cada vez que en su vecindario amanecía una parranda faltaba una gallina en el patio del señor Ramiro.

Una noche de viernes, enterado de que un grupito muy animado festejaba quién sabe qué cosa a unas cuantas cuadras de su casa, Ramiro sospechó que algún zorro bípedo vendría a su patio pasada la medianoche y se dispuso a esperarlo montando guardia en un rincón oscuro sentado en una silla recostada a la pared y armado de una reseca verga de toro. Ramiro se quedó dormido por no estar acostumbrado a eso de velar…

Tal vez cerca de la una de la madrugada, Ramiro gritó asustado al sentir un gran peso que había caído sobre él, y sin mediar mayores contemplaciones ni averiguaciones empezó a soltar una andanada de vergazos sobre lo que rápidamente había comprendido que era el cuerpo del malogrado ladrón de gallinas. El sujeto había tenido la mala suerte de que al saltarse la pared vino a caer sobre el inusitado pastor aviar…

Insultos y gritos, ayes e improperios, hicieron salir a todos de la casa y pusieron en fuga a los compañeros del ladrón que amparados en las tinieblas esperaban en la calle.

De repente, una voz conocida gritó en tono suplicante:

-¡Tío! ¡Por Dios ¡ ¡No me mate!

Y Ramiro al distinguir la voz del sobrino, abruptamente detuvo la azotaina…

-Luisito ¿Qué estás haciendo vos aquí?

-Es que me perdí, tío…

-¿Cómo es la vaina?

-¡Sí! Estoy perdido…

Furibundo, Ramiro exclamó:

-¿Perdido? ¡Claro que estás perdido! ¡Estás perdido de ladrón, coño de tu madre!

Y con nuevos bríos retomó la paliza que a no ser por la oportuna intervención de los de la casa habría tenido peores consecuencias.

Unos días después Ramiro vendió las aves y volvió a su pueblo donde murió muy anciano.

 “Luisito” vive todavía y poca gente sabe ahora por qué lo llaman “Luis el perdido”

ALIAS: VANESSA…

 

Con muchas cosas buenas compensa esta ciudad provinciana el hecho de vivir tan lejos de la capital de la república. Cierto es que a ésta no la surcan grandes autopistas y no la pueblan modernos conjuntos residenciales. Es verdad que las noticias y los avances tecnológicos a veces nos llegan con un cierto sabor rancio de cosa harto manida, pero bueno; alguna cuota habíamos de pagar por vivir en sana paz en medio de gentes respetuosas y amables que todavía cultivan valores perdidos en las grandes metrópolis.

Así pensaba el doctor Isaías Teruel mientras caminaba hacia la división de salud pública cuyo moderno edificio de dos plantas contrastaba con los viejos caserones del tiempo colonial y toda esa circundante arquitectura del tiempo inmediato a las guerras de independencia. Sabía que por lo bajo, aun sus mismos colegas lo llamaba “el doctor de las putas” pero eso no le importaba. Había soportado con cierto estoicismo los chistes malos que le hacían en el “Colegio de Médicos” y toda la guasa que sobre su oficio se producía. Pero alguien tenía que hacerlo, alguien debía ocuparse “de las muchachas” como decía él.

A los pocos meses de haber llegado al servicio de salud pública había organizado la unidad sanitaria donde se atendía a las trabajadoras sexuales. Él ideó un formato para el control y la ubicación de cada meretriz que hubiera en la ciudad y sus inmediatos alrededores. La ficha, que era como se llamaba a la tarjeta de controles sanitarios, resultó tan exitosa que el ministro de sanidad la adoptó sin variantes y asumió su elaboración y distribución a nivel nacional.

El doctor Isaías Teruel se había establecido en esta ciudad cuando apenas egresaba de la Universidad Central y llegó hasta aquí atendiendo a una disposición más bien arbitraria. Elena Vargas conquistó su corazón y con ella se casó a los pocos meses de noviazgo. Muchos años intentaron tener hijos y no pudieron. Pero justo cuando ya se habían resignado y Elena frisaba la cuarentena de años, la vida les dio lo que tanto habían anhelado: una hija. La nombraron María Inmaculada y todo fue cuidado y primores para la que fuera el único vástago de los esposos Teruel Vargas.

II

-¿Cómo es eso de usted no tiene cédula de identidad? -preguntó el médico-

-¡La mayoría de nosotras no tiene documentos ni más papeles que la ficha, doctor!-

respondió la interrogada-

-¿Cuál es su nombre?

-Carmen Dionisia Contreras

-¿Cuál es su alias?

- Me dicen “Estrella”

Las jornadas de control sanitario agotaban al doctor Teruel y en muchas ocasiones le causaban gran aflicción. Su trato cortés y respetuoso para con aquellas mujeres le hacía ganarse sus corazones y terminaba escuchando toda clase de historias, aconsejando, reprendiendo; y sufriendo…

Muy pocas admitían un movimiento voluntario que las llevara “al negocio”. La mayoría se confesaba víctima del engaño o de la pobreza. Muchas habían sufrido inimaginables abusos en el seno del propio hogar.

-¿Cuál es su nombre?

-Eleonora Chacón

-¿Cuál es su alias?

- Me dicen “La catira”

Pero en su esposa encontraba el doctor Teruel su paño de lágrimas y los hombros generosos con los cuales compartir aquellas historias que escuchaba y que sin dudas se convertían para él en una pesada carga. Su niña, su María Inmaculada, le daba entonces todas las alegrías que un padre pudiera esperar

-¿Cuál es su nombre?

-Jacinta Chiquinquirá Montiel

-¿Cuál es su alias?

- Me dicen “La maracucha”

Aquejado de hipertensión arterial y con tantos años de servicio el doctor Isaías reconoció que tal vez se esforzaba mucho

-¡Es que te puede dar algo! ¡Tienes que bajar el ritmo! –aconsejó su amigo el cardiólogo

-Tenga cuidado doctor, tenga más cuidado –le indicó un día la señora Encarnación, quien trabajaba como su secretaria y ayudante.

Cuando María Inmaculada completó el bachillerato en el colegio de las salesianas resolvió irse a la capital para estudiar Derecho. Con gran tristeza y lleno de temores su padre aceptó la decisión y por intermedio de viejas amistades logro hacerse de un céntrico apartamento en el cual colocarla no muy lejos de la universidad. Convinieron en que la señora Elena viajaría con cierta frecuencia para ver a la niña.

III

La noticia del colapso del doctor Isaías Teruel conmovió tanto a la ciudad que muchísima gente llegó al hospital apenas se enteró. El diagnóstico fue devastador: el accidente cerebro-vascular era irreversible, la condición delicada y el pronóstico de vida muy poco alentador. Se aconsejó a la señora Elena que adelantara los trámites de la agencia funeraria y que hiciera volver a su hija.

Lo había encontrado la señora Encarnación. El rostro demudado con el ojo derecho casi desorbitado, amoratada toda la cara y el brazo derecho contraído sobre el pecho. Sus pantalones evidenciaban el haber sufrido descontrol de esfínteres y emitía un sonido gutural suerte de ronquido-aullido. Del ojo izquierdo manaban lágrimas. Todos aceptaron lo indiscutible: al final, el trabajo le costó la vida. Teruel no descansaba y eso terminó por agotarlo.

Diez días sobrevivió al ataque y fue sepultado en medio de gran pompa y con legítimas muestras de dolor.

A las dos semanas su oficina fue remodelada y ocupada por un nuevo doctor. Todo fue barrido y desechado, todo.

Solo una cosa conservó la señora Encarnación: la ficha de control sanitario que el doctor había recibido por correo de un remitente desconocido y que ella misma logró sacarle de la mano cuando lo encontró en el piso aquel fatídico día:

Unidad sanitaria Caracas, Distrito Federal.

Alias: Vanessa

Apellidos: Teruel Vargas.

Nombres: María Inmaculada.

DE MEMORIAS, ROCKOLA Y PENA…

 

Cuando yo salí de San Josesito tenía dieciséis años de edad, tal vez menos, no recuerdo bien. Lo que sí tengo claro es el imperativo de mi padre machacando una y otra vez que yo me tenía que ir del pueblo para poder estudiar y hacerme de una carrera. Que si me quedaba no iba a pasar de ser un agricultor medianamente letrado, dueño de cuatro vacas peludas, que primero reza para que llueva y luego ruega porque escampe. Cuando yo salí de San Josesito ya la señora Eufrasia tenía su negocio.

El negocio de Eufrasia estaba en su casa ubicada en una mediana colina desde donde se dominaba el pueblo y desde donde la vista alcanzaba al río y a la carretera. Y aunque muy rápido lo apodaron “botiquín” no era sino que ella había dispuesto unas seis mesas y algunos taburetes en su patio de cuatro corredores. ”Facha” como se la conocía en san Josesito, vendía en principio aguardiente de caña de inconfesable procedencia. Luego dispuso de enfriadores y cerveza.

En principio se bastaba ella sola, pero con el paso del tiempo fue contratando cantineros, eso sí, para expender las especies nada más; que para administrar seguía bastándose ella.

No sé en qué año, en un gesto de verdadera osadía comercial, Facha se hizo de un gramófono de esos que operan con monedas, es decir, una rockola, como se la conoce popularmente. La rockola sirvió para acrecentar las ventas y para extender los horarios de atención a la clientela, al menos mientras fue una novedad.

A buena parte de San Josesito llegaban los ecos del negocio de Eufrasia. La voz de Andrés Cisneros hizo lugar en todas las casas a “La cama vacía” y amenazaba con desgracias a la “China hereje” Por supuesto que Julio Jaramillo se colocó entre los más solicitados junto con Las hermanas Calles, el Dueto América, Antonio Aguilar y José Alfredo Jiménez. Puede que alguna vez sonara uno que otro disco de Javier Solís o de Pedro Infante, y es posible que Gabriel Raymond o Alfonso Ortíz Tirado se dejaran escuchar muy de cuando en cuando.

De Antonio Aguilar solo estaba prohibida una canción: “Por el amor a mi madre” y esto porque Facha decía que no le convenía que alguno se tomase en serio aquello de dejar la parranda y dar un definitivo adiós a las botellas de vino.

La clientela de Eufrasia fue siempre masculina. Ellos desbebían sus aguas en el segundo patio de la casa rodeados de chécheres y mil cachivaches, a cielo abierto y sin más iluminación que la provista por los astros según la hora del día. Esa pared, la que cerraba el segundo patio, podía verse claramente desde mi casa aunque no nos quedara tan cerca. Facha y su negocio eran pues unos vecinos en relativa distancia.

En San Josesito hubo escuela primaria, jefatura civil, iglesia y botiquín. Éramos pues, un pueblito organizado. Teníamos dos tiendas de quincallería, víveres y géneros diversos. Hubo también un zapatero llamado Antenor quien a la puerta de su casa tenía colocado un anuncio: “Inversiones Antenor, lustre y reparación de calzados en general. Atendido por su propio dueño” pero en un pueblo donde quien no iba descalzo usaba alpargatas, el zapatero lo tenía muy difícil. Solo en diciembre (por Navidad y Año Nuevo) y en marzo (por las fiestas de san José) le salían trabajos en su especialidad.

Para ayudarse, Antenor hacía mil cosas más y se ofrecía como ayudante de todo. Junto a ello, cultivaba un huerto y era dueño de un pequeño rebaño que jamás alcanzó a tener una docena de cabras. Pero al zapatero nunca le faltaba “su real y medio”

Cuando me gradué de ingeniero volví a San Josesito a instancias de papá quien insistía en exhibirme por el pueblo como una suerte de vaca preñada de gemelos. Aquello de “cum laude” que erizaba la piel de mi padre cada que hablaba de ello nada decía a las buenas gentes de mi lugar natal.

En mi ausencia, nada o casi nada había cambiado; con la honrosa excepción de que Antenor se había casado con María Teresa Montero, de quien por más que me daban referencias no alcanzaba yo a tener memoria. Los esposos esperaban ya, su segundo hijo.

Esa noche me senté con papá al frente de la casa mirando hacia el botiquín de Eufrasia desde donde de a poco traía el viento viejas expresiones harto conocidas para mí: “Vencido, con el alma amargada; sin esperanzas, hastiado de la vida… Mi muchachita, no seas cruel” “Mil kilómetros he caminado buscando el olvido de un cruel sentimiento… no me sigas quitando la vida, no me mates, por Dios, te lo ruego…” “Tú solita te fuiste alejando cuando viste que supe lo que eres… rama seca que cuelga del árbol, nunca vuelve a tener hojas verdes…” “Si yo muero primero, es tu promesa… con toda el alma llena de sentimiento, la escribiré con sangre…” “Una sota y un cabaaaallo, burlarse querían mí”

No pude volver por San Josesito en muchos años. Creo que cuando papá y mamá murieron yo estaba en Alemania o en Italia en algún congreso o simposio, no recuerdo bien porque hace ya mucho tiempo.

Pero a comienzos de este año, cuando por darme unas vacaciones de emergencia y arreglar por fin unos asuntos de herencia y reparticiones tuve que volver al pueblo, me asombré al ver que los cambios eran prácticamente imperceptibles. Uno que era viejo ahora es difunto y otro que era joven ahora es viejo, fuera de ello, no mayor cosa.

Recuerdo que mi llegada fue un lunes por la mañana, y como me informaron que se necesitarían al menos otros dos días para finiquitar mi asunto; agradecí a Dios el tener que quedarme tantos días en mi pueblo. Y aquella noche, ahora sin papá, me senté al frente de mi casa mirando hacia el botiquín de Eufrasia.

Un ahijado de mi mamá que había quedado al cuidado de la casa vino a acompañarme y a ponerme al día de las vidas ajenas con ése enfermizo afán informativo que padecen las gentes de algunos pueblos pequeños. Así llegamos al zapatero de quien me dijo:

-Hoy debe estar ya bebiendo ahí en lo de Facha… ¡El nada más que bebe los lunes! ¡Y se emborracha como el carajo!

Me asombré por dos cosas: porque no creía que aun viviera Eufrasia y porque a Antenor no lo recordaba yo en esos trances de borrachera.

El ahijado me dijo que Eufrasia había muerto hacía tiempo pero que del negocio se había encargado una nieta suya. Me aclaró que el zapatero no era ni mala persona ni hombre desordenado, sino que desde que la mujer lo había abandonado llevándose a los dos muchachos todavía pequeños, se emborrachaba los lunes. Que ya borracho le daba por llamarla y llorar a gritos, con lo cual, se sabía que había alcanzado la cumbre de la embriaguez, y luego se retiraba dando tumbos rumbo a su casa para no salir hasta el lunes siguiente.

Me asaltaron gratos recuerdo cuando alcancé a escuchar como un eco familiar una canción de mi infancia: “No me sigas quitando la vida, no me mates, por Dios, te lo ruego…” y acto seguido escuché con toda claridad:

-¡Ay María Teresa, no joooda!

El ahijado de mamá me dijo que ése era el zapatero en el primero de los asaltos de locura sufriente que padecía cuando había llegado al tope de la borrachera:

-¡Ahí está llamando a la mujercita! ¿No te dije? Le faltan dos gritos más pa irse, ya debe estar rascao. Parece que cuando se agarra la paloma es que se acuerda de María Teresa… ¿No ves que el grita nomás cuando sale a mear? ¡Papá decía que cada uno llora su pena por donde más la siente!

Todavía otras cuatro veces escuchamos el eco de la misma canción hasta que de pronto las melodías se cambiaron: “Tú solita te fuiste alejando cuando viste que supe lo que eres… rama seca que cuelga del árbol, nunca vuelve a tener hojas verdes…”

Y de pronto un segundo grito:

-¡María Tereeeeesa, mi amor!

Mi acompañante miró el reloj y al constatar que faltaba poco para las once de la noche me advirtió que al pobre de Antenor el zapatero ya no le quedaba mucho en el local. Otras cuatro o cinco veces se repitió la musical sentencia: “Rama seca que cuelga del árbol, nunca vuelve a tener hojas verdes…”

Y entonces escuchamos:

-¡Hiiiiija de puuuuuuuta!

Unos minutos después apagaron la rockola. Antenor, según supusimos, iba dando tumbos rumbo a su casa.

El ahijado se levantó para despedirse, guardó su silla y como al volver yo estaba de pie, también recogió la mía sin darme tiempo a decidir si me quedaba otro rato afuera. Yo pensaba en que debe ser muy aburrido vivir en un lugar donde siempre sucede lo mismo, pero él como si intuyese mis pensamientos, al estrecharme la mano espetó:

-¡Qué arrecho debe ser vivir en una ciudad! ¡Allá nunca se sabe lo que va a pasar!

viernes, 3 de enero de 2025

CASTEL GANDOLFO

 

Mi amigo Damián estaba casado desde no hacía mucho. Un hijo nacido y una niña en camino completaban el hogar que junto con Dorila Sirí había constituido. Un par de casas más allá vivía la vieja Sirí y sus tres hijas solteronas. Las visitas y las intromisiones estaban garantizadas.

En cierta ocasión, mi amigo Damián –ya restablecido de un cuadro de hepatitis viral se fue con sus hermanos a un punto de la serranía coriana no muy distante de la ciudad capital. El motivo era celebrar el hecho de existir, el hecho de reunirse un rato al rescoldo apagado de los viejos fogones de la infancia entre naranjos y cafetos. Y por supuesto, celebrar que Damián volvía al ruedo después de seis meses de obligada abstinencia alcohólica a causa de su padecimiento.

Apertrecháronse de un vino barato con la finalidad de prolongar las libaciones y ahorrarse un buen dinero. El conocido zumo de las vides se expendía en garrafones de vidrio guarnecidos de mimbre. Damián junto a tres de sus hermanos emprendieron el viaje con grande entusiasmo y con dos garrafas de aquel tinto de baja estofa.

En la casa materna había quedado Misia Marucha “con el Creo en la boca” porque sabía muy bien cuán dados eran sus retoños a la ingesta de especies alcohólicas y en qué cantidades despachaban licores e infusiones etílicas. En una palabra, bebían “como si es que se fuera a acabar el aguardiente”

Cuando cayó la tarde decidieron volver a la ciudad. De las vituallas iniciales no venía sino la mitad de una garrafa de vino tinto. Llegaron a casa y la angustiada Misia Marucha pudo recobrar la calma. Sabedora de que esos muchachos no pensaban en otra cosa cuando se juntaban, había preparado un abundante almuerzo que pese a la hora les sirvió en generosas raciones de arepa con filetes de hígado de res. Damián y sus hermanos resolvieron aquello con gran avidez y se dieron a terminar lo que restaba del vino. Llegados a la hora de la despedida y habida cuenta de que Damián ya se notaba bastante “golpeado” por el vino, resolvieron llevarlo a él en primer lugar.

Ni bien bajó del carro a la puerta de su casa, tal vez por la agitación del viaje de ida y vuelta a La Sierra, la gran cantidad de vino ingerido, los meses que tenía sin beber, el pesado almuerzo servido hacía poco en horario de cena y el trayecto hasta su casa; a Damián le sobrevino con gran violencia el vómito, y allí, en la calle, delante de su aterrada esposa se dio a devolver todo cuanto había logrado contener su estómago hasta ése momento.

La pobre mujer, al contemplar el color carmesí de aquello que su marido arrojaba, gritó horrorizada:

-¡Ay Virgen del Carmen! ¡Damián está vomitando la sangre!

Pero uno de los hermanos, el que menos borracho estaba, aclaró:

-¡No, no, no! Eso no es sangre, él lo que está vomitando es el hígado…

Bueno, convengamos en que la aclaratoria no se hizo del modo más oportuno ni en el momento más indicado. Dorila Sirí fue recogida del suelo puesto que cayó desmayada después que gritó llena de espanto. El niño lloraba, los vecinos salieron, Damián todo desgonzado fue llevado dentro de la casa. La suegra y las cuñadas de Damián requirieron de primeros auxilios y de otras maniobras de resucitación porque las Sirí son muy conocidas por metiches y teatreras. El fin del mundo pues.

II

Hace poco le regalé a Damián una revista que al final traía un crucigrama. Uno de los ítems ponía: “Residencia veraniega de los papas cerca de Roma” Damián -a quien ése nombre le trae tan desagradables recuerdos- se limitó a santiguarse y a confiarme sottovoce “es que a uno le han pasado muchas cosas en la vida”


MATACÁN...

 

Noche sin viento ni luna, noche negra, selvática, sofocante. César vigila, otea hacia El Alto emboscado entre los zarzales. Las cosas apenas tienen su forma a ésa hora. César suda copiosamente y excita su ambición para vencer al miedo.

Aunque recuerda la conversación de ésta mañana piensa que nada puede salir mal:

-¡Yo lo vi, papa, yo lo vi anoche cerca del alto!

-¡María Purísima! –se santigua el viejo- ¡Ése es un animal del maligno!

-¡No hombre papa no diga eso! Esos son cuentos de la época de papabuelo para meterles miedo a los muchachos…

-¡Nadie que haya salido a cazarlo ha vuelto!

-¡No papa! Eso no es verdad, eso son leyendas de cuando no había electricidad.

Ahora César, emboscado en los zarzales piensa, tiembla, se repone, suda y se seca; suspira y juega con la escopeta, tienta el puñal que lleva al cinto. Sube hasta El Alto y está seguro de que ya ha pasado la medianoche y que está a poco de volver sobre sus pasos con destino al hogar. Baja adivinando el camino con una linterna cuyo haz de luz parece un remedo de luciérnaga.

Noche sin cocuyos ni sapos cantando, noche sin ranas ni grillos. A la orilla de la represa se refresca la frente. Cambia el color del cielo y sabe que de ahora en poco amanecerá.

Un ruido casi imperceptible le hace levantar la cara. Aguzando sus sentidos intenta horadar las tinieblas y mira al otro extremo de la represa. Su corazón se agita, intenta calmarse, echa mano de la escopeta porque ahí, justo al otro lado, está, elegante y con aire insolente: el matacán.

César repta para bordear el agua y acortar la distancia que lo separa de la tan anhelada presa. No puede creer que será él quien cobre semejante premio.

Seguro de haber avanzado lo suficiente como para estar muy cerca del blanco se incorpora sobre sus rodillas. No puede errar el tiro, acertaría aún con los ojos cerrados, y entonces dispara…

Tenía razón, sabía que acertaría aún con los ojos cerrados. El animal herido patalea, convulsiona.

César triunfador sale en carrera soltando la escopeta mientras se busca el puñal para el remate. El animal lucha, se revuelca. El apuñalamiento se hace urgente. César busca el corazón y acierta el golpe…

Pero entonces, sólo ahora que las tinieblas han regresado más negras que antes lo comprende todo.

Sólo ahora que se levanta del suelo con aire victorioso y con tristeza de víctima al mismo tiempo; solamente ahora que horrorizado quiere gritar y llorar a todo pulmón pero no puede hacerlo por más que lo intenta una y otra vez, César lo entiende todo.

Y hecho uno con la oscuridad huye al bosque…

Ahora, en otra noche sin viento ni luna, noche negra; selvática, sofocante; percibe a un hombre incauto que está emboscado entre los zarzales, y se va hasta la represa por un poco de agua…

IRREMEDIABLE...

 

Un repentino apagón acentuaba las tinieblas. Nadie pudo ver nada. Nadie quiso. Unos cuarenta y cinco minutos después del suceso llegaron los funcionarios locales de la Policía Técnica de Investigación Criminal. Los ejecutantes ya se habían marchado a pie calle abajo en medio de la oscuridad de la noche.

Llegó la luz. Unos pocos vecinos comenzaron a salir y a agruparse en la acera del frente de la casa. El aire estaba infestado de pólvora y sangre. La noche olía a diablo como recordó después el viejo Manrique.

A la señora Fina la habían dejado hospitalizada esa misma tarde. Nada serio, dijo el médico, la dejaron más bien para observarla. Era la tercera vez que enloquecido por las drogas, su hijo le maltrataba. Pero el doctor estaba equivocado porque la señora Fina tenía el alma rota y el alma no sale en las radiografías.

A diferencia de Quito, su único hermano, Pepe se dedicó a malvivir prácticamente desde la adolescencia. La muerte de su padre les hizo herederos de una modesta fortuna que él no supo aprovechar y que más bien quizá le sirviera para perderse.

Quito en cambio, con todo y ser el más joven, siempre fue juicioso, bien portado. A estas alturas de la vida por ejemplo, ya es comandante de unidad en la Policía Técnica de Investigación Criminal. De seguro apenas se enterara salía de Caracas para atender a su mamá. Los vecinos comentaban que a Pepe no le esperaba otro final sino el que había conseguido.

-¡Ah mundo si ése muchacho estaba echando vaina desde que era una criatura!

-¡Y la pobre comadre Fina, Dios me lo perdone, va a descansar por fin!

-¡Jesús! Si tenía la casa desvalijá.. ya ni olletas le quedaban a la señora Fina!

-¡Y tanto coroto bueno que dejó el finao!

-¡Ah mundo Dios, madre es madre… cuanto Pepe estuvo preso la última vez se le iban a secar las canillitas a la pobre mujer de tanto ir y venir a llevarle de todo!

-¡Pobrecita la señora Fina! Yo tuve que decirle un día que ella no había fallado en nada, que Pepe no había salido maluco a nadie. Que los hijos son como quieren ser…

-¡Ah mundo! Y cuando le den el parte al pobre Quito. Ése no va a esperar a que amanezca bien pa venirse volando…

Pero nadie pudo ver nada, nadie quiso. Ninguno reparó en los dos hombres que se fueron caminando calle abajo en medio de la oscuridad. El que cruzó a la derecha se subió a un carro y tomó lugar junto al chofer.

Cuando avanzaron un poco escuchó el llanto de otro que estaba en el asiento trasero.

-¡Tenga valor! Esto es arrecho. Pero usted sabe que no había más remedio…

Y Quito se secó las lágrimas, respiró fuerte para recomponerse y dijo:

-¡Es verdad! No había más remedio…

Ya llegaría él de Caracas al otro día para atender a su mamá.

LOS MUÑEQUITOS ESOS...

 

Cuando cumplí ocho años mi abuelo dijo que ya podía hacer mandados porque yo era un hombrecito. Aquello, inflamó de orgullo mi pecho infantil a tal punto que decidí usar únicamente pantalones largos cuando me tocara ir a cumplir algún encargo fuera de la casa. Consideré también que podría visitar a Vanesa Elena y besarla en la boca como hacían los novios en las telenovelas porque, a fin de cuentas, de “hombrecito” a “hombre” la diferencia debía ser muy poca.

No me importaba que por aquella época ella rondara los diecisiete.

Abuelito era un hombre de rituales. Cerca de las cuatro de la tarde se bañaba, iba por leche y pan, y luego de merendar se sentaba al frente de la casa hasta la hora de la cena. Yo siempre le acompañé a la panadería que estaba a cuadra y media. El dueño, un tipo muy amable, trataba de “don” a mi abuelo, y las muchachas, le decían “señor” pero lo trataban con gran cortesía. Conmigo, las muchachas se deshacían en atenciones y halagos, que si “hola papi”, que si “hola mi amor”, que si “hola mi niño”

Abuelito siempre compraba lo mismo, un litro de leche “Del lago” y diez panes salados. Él era un hombre de rituales.

No recuerdo claramente mi primera incursión fuera de la casa para ir a la panadería, pero de lunes a domingo estuve asistiendo cumplidamente por varios meses a realizar mi encargo de un litro de leche “Del lago” y diez panes salados. Una tarde, el dueño salía de la panadería y al notarme sostuvo la puerta para que yo entrara:

-¡Pase adelante, caballero!

Y como las muchachas ya no me decían “papi” o “mi niño” la convicción de que era un hombre se afianzaba cada vez más en mí. Qué vaina. No sé cómo no me fui a casa de Vanessa Elena para besarla en la boca como hacían los novios en las telenovelas.

El caso es que una tarde, al entrar en la panadería algo llamó mi atención: una marca extranjera anunciaba que por la compra de un litro de leche te obsequiarían un muñequito. En realidad, las figuritas representaban a unos niños disfrazados de animales.

Cuando me dirigí al mostrador, ahí estaban, brillantes, hermosos, incitantes, llamativos, convocantes y provocadores los muñequitos. Era de esperarse: ipso facto, cambié de marca y me llevé un litro de aquella leche y diez panes salados. Pensaba que al final todas las leches saben igual.

Noté a mi abuelito un tanto contrariado en cuanto vio la leche. Pero yo tenía en mi bolsillo al pequeño león y soñaba ya con el tigre, el panda, el elefante, la cebra y otros tantos animales como pudiera conseguir para el cabecero de mi cama. Al siguiente día, volví a la panadería, traje los panes, la leche de aquella marca y un oso panda en mi bolsillo que rápidamente fue a parar al cabecero de mi cama junto al león.

Cuando salí de mi cuarto me esperaba abuelito en la sala con una taza en la mano y la leche aquella aun sin abrir. A su orden, me senté frente a él, abrió la leche, colmó la taza y me la extendió. Ni bien me bebí la taza de leche, volvió a colmarla y me la extendió. La tomé pero con más pausa, y, cuando hice ademán de levantarme, abuelito me conminó y tuve sentarme de nuevo.

-¡Se la va a tomar toda, carajo! ¡Usted trae esta leche porque es la que le gusta! ¡Entonces se la toma toda!

La tercera vez que mi abuelo sirvió la taza no alcancé a tomarla toda porque me sobrevino el vómito. Tras el vómito, el llanto copioso de mi niño de ocho años, la intervención de mi madre, la defensa de mis tías, y el regazo generoso de mi abuela que me consolaba.

La basura que se acumulaba en un terreno baldío detrás de nuestra casa sumó aquella noche un pequeño león y un osito panda que yo hice volar por los aires con espíritu vengativo.

La tarde siguiente volví a la panadería, y allí estaban cerca del mostrador, burlones, afeados, sarcásticos, despreciables y más plásticos que nunca, los muñequitos esos.

Con firme voz ordené leche “Del lago” y diez panes salados.

Ya en la calle, una vez traspuesto el cristal de la puerta, y muy seguro de que ellos me escucharían, grité a todo pulmón, como solamente un hombre de ocho años podría hacerlo:

- ¡Muñequitos de mieeeeeerda!