jueves, 4 de junio de 2026

La Niña…

 

Él había decidido hacía unos pocos días que aquel sería el último encuentro. Esta vez, se mantendría firme en el carácter último de aquel encuentro y no le pasaría igual que en las dos o tres ocasiones anteriores en que se decidía a terminar con ella pero no lo hacía. No había cansancio ni hastío de ningún tipo sino algo peor: había nacido el amor o una especie de enamoramiento muy parecido al amor; y eso era algo que entre ellos no podían permitirse. Cada uno debía seguir en lo suyo.

Tras darle no pocas vueltas, él terminó aceptando lo que era: un cliente. Si era el mejor, el más especial, el más consentido; si era un cliente “clase aparte” no valía la pena ni considerarlo.

Cuando se concertaban para el amor se amaban con intensidad de enamorados. Así era desde el primero de sus encuentros ocurrido unos ocho años atrás. De cada encuentro -ya fuera breve o prolongado- salían ambos satisfechos. Sí, a veces podían ser las tres horas reglamentarias, o bien, podía pasar que él la solicitase por un par de días. Nunca en fin de semana.

Ocho años -se dice fácil- ocho años. Por entonces, ella a punto de cumplir veinte, y el con cincuenta y cinco muy bien llevados. De hecho, él era un hombre de muy buenos hábitos…

Ninguno guardó registrado el número telefónico del otro, ambos lo memorizaron. Para el segundo encuentro se contaron sus vidas. Ahora mismo, mientras sentado a la orilla de la cama él termina de atarse los zapatos sonríe al recordar las expresiones de ella cuando supo a qué se dedicaba él.

Entrambos tenían acordada una suerte de tarifa plana a la cual él añadía generosas propinas. A fuerza de ello no fue que la comprara, diríase más bien que la ganó. De cada viaje le traía algún recuerdo, perfumes, joyas o ropa. A instancias suyas, ella volvió a estudiar. Si quería o no seguir en el oficio era asunto de ella – le aconsejó- pero no estaba demás que se preparara para otras realidades de la vida.

En cierta ocasión se quedaron en un “camping” y ella no permitió que pidieran comida al restaurante sino que se surtieron de víveres y ella se hizo cargo de todo. Cocinaba exquisito y era en extremo aseada y cuidadosa.

A veces parecía una niña, en otras ocasiones era una señora. Alguna vez le cortó el cabello, y regularmente le ayudaba con las cejas, las uñas, los puntos negros de la nariz y otras muchas cosas de esas a los que los hombres no parece que prestaran atención. Ella estaba absolutamente desentendida de su familia. Y por parte de él, solo Miguel Ángel –el chofer- tenía conocimiento de “La Niña” que era como se referían a ella estando ausente.

Ahora mismo, mientras sentado a la orilla de la cama él termina de atarse los zapatos sonríe al oír como ella canta en la ducha. Sí, hoy es uno de esos días en que parece una niña.

No ha podido conseguir que se modere al beber, bebe como un cosaco y tiene una resistencia al alcohol que cualquier macho vernáculo envidiaría. Si consiguió, por lo menos, que cuando están juntos ella no beba. Él, por cuestiones de trabajo bebe una o dos copas cada día, pero muy poquito; de ahí no pasa. A diferencia de otros colegas no se ha emborrachado nunca.

La niña sale desnuda de la ducha y termina de secarse mientras canta por toda la habitación. Es de un color maravilloso, morena; pero morena encanto, morena bella. Una hembra menuda y firme, piernas torneadas, senos y trasero en turgencia. Pasa frente a él que ya ha terminado con los zapatos y se ha sentado en un pequeño sofá frontero. Ella viene al espejo entre la cama y el sofá y se lleva una  nalgada que disfruta.

Se perfuma, se viste, se arregla toda: jeans ajustados, zapatos de tacón alto y delgado, blusa vaporosa. “El Negro” como lo llama ella, es todo ojos y contemplación de aquella figura y personalidad encantadoras que con aires de mariposa que estrenara sus alas, va de un punto al otro del cuarto. Las joyas, el bolso, otra nalgada.

Ya se inclina, un beso de pico, ella lo mira tiernamente y como en cada despedida pregunta:

-¿Todo bien?

Ella sonríe cuando él, como cada vez que ella lo pregunta; responde:

-Sí… todo bien. Y eso es lo malo.

Ella sale por la puerta principal de la habitación y él, tras esperar unos minutos va por una portezuela lateral y pulsa un interruptor que abre la puerta levadiza del garaje.

De entre los bancos que están en torno de una fuente rodeada de arbustos se apresura en llegar Miguel Ángel con las llaves de carro.

Ya en camino de la ciudad él piensa en que sí, se han visto por última vez y ella no lo sabe. Se han visto hasta hoy, después de ocho años, pero él no está afligido y eso le causa cierto asombro. Absorto pensando en ella y en otros graves asuntos no escuchó la pregunta del chofer. Miguel Ángel repitió:

-Disculpe… ¿Se siente bien, monseñor?

Y él, que al día siguiente saldría del país para comparecer ante sus superiores en la lejana Roma, responde:

-Sí… todo bien. Y eso es lo malo.

CALIXTO GUTIÉRREZ AGUILAR

 

 

 

lunes, 13 de abril de 2026

¡Tocado!

 

Hace tres años que llegué a este país. Me sirvieron de contacto previo algunas personas que conocí en mi época de estudiante. De mi tierra se huye por muchas razones, pero dudo que mis compañeros de viaje hayan acertado al suponer las mías. Llegué aquí para ponerme a buen resguardo teniendo todo un continente de por medio.

Hace algunas semanas me acosa la idea de ser reconocido, tal vez porque arrastro “la vergüenza de haber sido y el dolor de ya no ser”

Allá en mi tierra, el último destino que tuve fue un remoto caserío insular llamado “La Soledad” bastante lejos de todo; propicio para los desmanes y los excesos, ideal para contrabandistas y amores alquilados.

Apenas desembarqué en “La Soledad” me informaron que el jefe militar permanecía arrestado por embriaguez y exposición indecente en vía pública. El jefe civil, había ido a tierra firme para ocuparse de sus negocios de contrabando y trata de blancas.

Mi llegada pasó desapercibida, y, al menos en los seis primeros meses de mi estancia, no signifiqué nada para nadie. Con el tiempo me integré perfectamente a la vida de la comunidad y en menos de un año ya era prácticamente un isleño más.

Para el segundo año, habiendo superado ciertos escrúpulos iniciales, ya me emborrachaba con los lugareños en la plaza o en el burdel de “La Tigra”. Poco después, dormía a crédito con algunas de las muchachas que recién llegaban, y a poco de eso, ya ni pagaba.

Al principio tuve que hacerme de la vista gorda ante las marañas en que se entretejían el comandante y el jefe civil. Pero un día, el comandante me dijo “donde comen dos, comen tres” y así vine a meterme en ciertos asuntos de los cuales no estoy orgulloso. Fui muchas veces a tierra firme para concretar negocios, para hacer compras, para hacer pagos, para buscar muchachas, para entregar paquetes, para transmitir órdenes; y así, casi que sin quererlo, me vi metido hasta el cuello en la más podrida red de corrupción.

Teniendo en cuenta mi posición, la esposa y la hija de Agustín -que así se llamaba el jefe civil- me recibían en tierra firme con las más espléndidas atenciones inocentes de cuanto sucedía en “La Soledad”. Pero fui desleal con Agustín…

No sabría calcular cuál de las dos traiciones le habrá dolido más.

Una noche de lunes tuve que defenderme de Agustín y pasó lo que pasó. Estoy seguro de que nadie nos vio. Y como los martes muy de mañana iba yo hasta tierra firme por un día o dos, dudo que alguien haya sospechado algo hasta que se dieron cuenta de que había desaparecido.

Me agobia la idea de ser identificado de un momento a otro y debo calmarme. Por eso vengo a este café que no es muy concurrido. La camarera me ha entregado un papelito doblado:

-¡Aquí le envían!

II

Hace tres años que llegué a este país y hoy hace cuarenta días que no salgo de casa. Estoy al borde de la locura. Voy a comerme este papel. Por última vez lo reviso, y sí, sí dice lo que todos estos días he leído una y otra vez:

-Sin barba y sin sotana me costó reconocerte…

CALIXTO GUTIÉRREZ AGUILAR

martes, 17 de marzo de 2026

La despedida…

 

a Emilis González Ordoñez, por algo que me contó.

Superado el estupor inicial, se levantó de la silla y caminó hacia la puerta del bar. Ciertamente, por ser domingo y por encontrarse a aquellas horas; nadie en el vecindario podría haberse enterado. Era muy improbable que alguien hubiese escuchado el altercado.

Como la mayoría de nosotros en un momento de crisis, buscó un culpable:

-¡Es que no debiste decírmelo! ¡Me metiste ése cuento en la sangre!

Apoyó la frente en el cristal de la puerta y lloró. Bruscamente, se volteó:

-¡Es que no debiste contármelo! ¡Me metiste ése cuento en las venas!

Volvió a apoyarse en el cristal de la puerta, y volvió a llorar. Giró:

-Saber que aquella mujer lo había hecho me dio la idea, me llenó de valor. No debiste contármelo…

Pero no era el momento de los reproches:

-Bueno, no queda más por hacer. Ya no queda más, tengo que irme…

Y Carmencita salió calle arriba de “La despedida” después de resolver dieciséis años de aburrimiento matrimonial.

Atrás quedó su marido tendido en medio del bar con un tiro en la frente…

CALIXTO GUTIÉRREZ AGUILAR

 

 

miércoles, 5 de noviembre de 2025

AGER SANGUINIS

 


El Doctor Segismundo Reyes May, natural de Santa Ana de Coro, Estado Falcón, se encontraba  totalmente convencido de la existencia de un manuscrito apócrifo llamado  “La maldición de Kerioth”  al cual mencionaban varios historiadores cristianos alrededor de los siglos segundo, tercero y cuarto.

El tal manuscrito –según se decía- contaba cómo habían sido tratadas las treinta monedas de plata que recibiera Judas  Iscariote por la traición a Jesús de Nazaret.

En el pequeño rollo original –una obra más bien breve- se hallaban una serie de consideraciones esotéricas ligadas a ciertas supersticiones de los primeros cristianos y una relación detallada de los propietarios de al menos veintinueve de las treinta  piezas que podían rastrearse hasta el año 372 de nuestra era más o menos.

En una suerte de apéndice “La maldición de Kerioth”  ofrecía las instrucciones para recibir y  pasar las monedas sin contraer la maldición que ellas contenían. Esto último consistía fundamentalmente en no tomarla de la mano de quien la ofrecía, pues la pieza debía ser arrojada al suelo por el donante y de allí levantada por el nuevo propietario repitiendo una serie de fórmulas rituales. Claro está, eso en el caso de que pudiera uno toparse con la trigésima pieza que faltaba en el inventario.

¿Qué tipo de moneda de cambio recibió Judas Iscariote? ¿Qué sucedió con la última de las treinta piezas? Esas eran cosas que ocupaban la inquieta imaginación del doctor Reyes May desde que en un viejo artículo de prensa leyó sobre “La maldición de Kerioth” 

II

Aquel enero de 1931 cuando apenas se enteró de la muerte de Ramos, Segismundo Reyes se dispuso a viajar a Suiza para averiguar una cadena de rumores que había recibido acerca de los últimos días del poeta.

Se malhayó de vivir en Coro porque las noticias llegaban ya con una cierta pátina de cosa harto sabida por el resto del mundo.

Por enésima vez pensó en que su abuelo materno, William May, tuvo mucha razón cuando lo invitó a establecerse en Inglaterra antes de empezar sus estudios de medicina.

Casi finalizaba el mes de  julio cuando recién instalado en su habitación de hotel en Ginebra, el doctor Reyes May recibió una carta del Real Instituto Británico de Numismática. Ávido de noticias sobre su investigación leyó:

“En cuanto a la suma de treinta piezas de plata que por su traición recibiese Judas Iscariote, debe entenderse concretamente los llamados “siclos” de algo así como 540 gramos de plata. Conocióse el siclo de plata con el nombre de “shekel de Tiro” porque se acuñó en aquella ciudad fenicia y era la moneda de plata que más circulaba en la Palestina de la época en cuestión”

 

-¡El Shekel de Tiro! –exclamó- ¡El siclo de plata!

Y continuó leyendo con infantil entusiasmo aquella carta que el honorable señor Bowles le había dirigido casi que a título personal debido a la amistad que le unió con el abuelo de Reyes May:

“La moneda mostraba al anverso, la efigie de Baal. Es un anverso del tipo anepígrafo, es decir sin fecha. En el reverso, deberían  apreciarse un águila y la letra “Kaph” hebrea. El reverso si tiene leyenda: “Turouieras Kaiasulou”,  lo que traduce “de la ciudad de Tiro, la sagrada”

Ceñifruncido, y con ademán de hombre estudioso, el doctor Segismundo prosiguió su lectura:

“Sobre las equivalencias que nos consulta ha de saber que un siclo equivalía a 4 dracmas y que el valor de cada tetradracma era de 4 denarios romanos, por lo que al cambio, Judas obtuvo 120 denarios de plata. Habida cuenta de que en el tiempo de Augusto un muy buen salario mensual eran 20 denarios, Judas fue muy bien pagado por su servicio…”

Obviando los detalles personales que cerraban la misiva, el doctor Segismundo la depositó sobre el pequeño escritorio y se dirigió a la ventana poseído por una especie de escalofrío. Cerró la ventana y sin cambiarse de ropa se recostó y se quedó dormido. A la hora de la cena y en vista  de que no había bajado, un joven camarero tocó a su puerta. Confundido, el doctor Reyes apenas podía hallar el interruptor de la luz y por un momento dudó acerca de en qué lugar se encontraba.

Cosa extraña, a él que nada le daba miedo, aquella sensación  de incertidumbre momentánea, lo aterró…

III

Segismundo Reyes May no quiso salir temprano a conocer entre otros atractivos la catedral de san Pedro. Pensaba en que la silla de Juan Calvino nada tendría de extraordinario y que su abuela –de haber estado allí- le habría dicho:

-“¿Venir de Coro a ver una silleta?”

Y recordó que sus primos de La Vela de Coro  las hacían muy buenas.

Claro, que tal vez nunca se habrían posado sobre los muebles de sus primos unas nalgas tan notables como las del ilustre reformador protestante –pensó en ello y sonrió-

A la hora convenida, llegó al vestíbulo del hotel el señor Brel y tras intercambiar cortesías e invitaciones pasaron a un área más discreta en el restaurante para conversar. El tal Brel hablaba con un cierto halo de misterio, y en resumidas cuentas, le informó de un señor de apellido Abenatar residente en Ginebra con quien había compartido escuela en tiempos de mocedad y de quien era cercano colaborador en asuntos de negocio. Abenatar tenía un primo poeta que se había suicidado en Coro y a cuya muerte fueron recogidas ciertas pertenencias (muy pocas en realidad) y distribuidas entre los parientes más cercanos. La mención del poeta coriano hizo erizar la piel de Reyes.

El señor Brel le contó que estando Abenatar en Nueva York, recibió a través de “La Casa S” un paquete que contenía cosas del primo suicida: un kipá, un librito en latín y un pequeño estuche de nácar donde podía leerse ACELDAMACH. Como eran cosas de un muerto Abenatar no puso mayor cuidado a aquello del paquete y partió a Suiza llevándolo consigo.

Según Brel, Abenatar puso aquel paquetito en su caja fuerte por un tiempo. Pero en ocasión de ofrecer un agasajo a funcionarios diplomáticos en  julio de 1930 lo regaló a un poeta que era también traductor quien se sintió halagado porque ya conocía de oídas al poeta coriano de trágico final. Días después, ese poeta traductor se comunicó con Abenatar para decirle que había comenzado la lectura del librito pero que el estuche de nácar contenía una moneda que a él se le antojaba antigua y por ende valiosa. Abenatar no quiso saber más por algo que el poeta le dijo sobre una cierta maldición que se describía en el librito. Eso sí, le adelantó el traductor, que ACELDAMACH es una forma latinizada que debe entenderse como AGER SANGUINIS o “Campo de Sangre” en español.

Según Brel, un día cualquiera, Abenatar lo llamó para decirle que aquel  poeta traductor se había suicidado allí en Ginebra el mismo día en que cumplía cuarenta años. Abenatar, con permiso de los familiares recogió de nuevo el paquete pero ya no estaba el librito, solo el estuche con la moneda y lo llevó a un banco.

Brel se lamentó de no llevar a Reyes May con Abenatar, pero de aquel no había vuelto a saberse. Eso sí, el señor Brel se encargaba de todos los asuntos de Abenatar y hacía las veces de su  apoderado, por lo que al día siguiente irían al banco para sacar el estuche con la  moneda.

IV

-¡Siempre existirá esa duda sobre si Allan Poe se suicidó –dijo el profesor Smith- Hay que recordar que un año antes tuvo una sobredosis de láudano y que en torno a su muerte nadie aclaró muchas circunstancias, ni siquiera el médico que lo asistió al final..!

La conversación con Smith era algo que el doctor Reyes May había buscado insistentemente apenas volver a Coro a comienzos de 1933.

Halando los recuerdos, el anciano profesor Smith, prosiguió:

 -Yo tenía dieciséis años cuando trabajé para la “La Casa S” y  recuerdo que unos judíos de Baltimore le enviaron a Elías David un paquete pequeño con algunas cosas personales de Poe que se subastaron en 1909 al conmemorar los sesenta años de su muerte… Elías David sentía fascinación por Allan Poe - concluyó-

Y el profesor Smith se levantó para ir a sus aposentos. Un par de minutos después volvía con una vieja libreta. La puso sobre la mesa y la fue hurgando hasta dar con una hojita suelta, amarillenta, corroída en un extremo; la extendió al doctor Reyes y éste leyó:

“Oh tú, la maldita. Oh nosotros, que no pudimos ser parte del tesoro del templo. Malditos tú y yo…”

-Esto –dijo Smith- fue lo único que hallamos en la casa de Elías David cuando pudimos entrar el día de su muerte. No había notas de nada… ¡Nada, solo esta nota sin sentido! ¡Y ni siquiera estaba cerca del cuerpo!

El doctor Segismundo Reyes se retiró a su casa. Tras hablar con Smith un extraño pánico se apoderó de él de manera creciente.

Sintió nauseas mientras caminaba. A pocos metros de su puerta sintió desvanecerse y se apoyó en la pared. Reyes sudaba y temblaba. Pensaba y se aterraba, pensaba y no dejaba de pensar…

V

-Esta obra, señor Presidente de la República, es el fruto  de años y años de recopilación exhaustiva y de generosas donaciones que fui recibiendo por algo más de cuarenta años. Quiero legarla a Coro y no pude hallar mejores espacios que estos ni mejor nombre para distinguirla y darla a la posteridad –dijo el obispo emérito- -

-¡Museo diocesano! ¡Museo de Coro la ciudad-museo!

Y estallaron los aplausos y los “vivas” mientras el anciano prelado ofrecía a un selecto grupo de asistentes el recorrido inicial por las quince salas en que se organizó el museo. En la sala “Platería y objetos diversos” alguien del grupo preguntó:

-¿Y esa moneda que está allí, sola?

-No pudimos clasificarla hasta ahora –dijo el obispo- ¡Ni siquiera la familia donante sabe de qué se trata! ¡Pobre Segismundo Reyes!

Luego el obispo dijo a los presentes que no estaban claras las circunstancias en las que había muerto el doctor Reyes May hacía ya una cincuentena de años porque  él no había llegado a conocerlo. Pero haya sido por ahorcamiento o envenenamiento, -puesto que hubo dos versiones- dijeron que apuñaba ésa moneda en la mano izquierda. Algo que tampoco podía certificar como verdadero.

Y mientras los brindis y las congratulaciones se sucedían dentro del museo; afuera, el sol de julio dibujaba en el cielo un crepúsculo hermoso y rojo que asemejaba praderas de un campo.

El cielo coriano parecía un campo de sangre…

 

viernes, 19 de septiembre de 2025

On/Off

 

Medina, calibrando el carácter delicado de la situación, grabadora en mano entró para proceder con el interrogatorio inicial que daría pie a las primeras fases de la investigación. Encendiendo el pequeño aparato lo puso sobre la mesa:

-¿Qué edad tienes?

-Dieciocho… los cumplí hace una semana.

Medina hizo un esfuerzo por sobreponerse a la mezcla de sentimientos que lo azoraba. Oír que eran apenas dieciocho años lo transportó a su pueblo natal y trató de recordar qué cosas le ocupaban a él por aquel entonces. Tiene la edad de mi sobrina Julia –pensó Medina-

-¿Y hace tiempo que estás en estas cosas?

- Sí, más o menos… yo la primera vez que lo hice no tenía ni quince años.

Medina recorría discretamente aquel rostro juvenil guardándose  de que la mirada delatara su asombro, su consternación.

-Pero… ¿andabas con alguien?

-Sí… con un señor que le decían “El Mocho Miguel”

-¿Y cómo fue que llegaste con ese hombre?

-Yo andaba en la calle: dormía en la calle, pedía comida, a veces robaba. El mocho me dio donde vivir, y bueno… lo demás vino solo.

Medina contemplaba que aquel rostro mostraba todavía eso que llaman “las redondeces de la niñez” y que de la recién superada pubertad aún se conservaban ligeros vestigios.

-¿Cómo fue tu primera vez? ¿Cómo te sentiste?

-Fatal… Sin más que me muero. Menos mal que ya en la casa El Mocho me dio ron. Tomamos mucho ron, como dos días. El Mocho decía que el ron no ahoga las penas sino las culpas. Entonces cada vez que yo hacía el trabajo, bebía con él…

-¿Trabajo?

-Sí señor. Esto también es un trabajo. Es un trabajo sucio, pero alguien tiene que hacerlo ¿No cree usted?

Medina no respondió a eso

-¿Por qué te metiste en esto?

- ¿Por qué cree usted? ¡Por la plata! ¡Por la necesidad!

-Podrías haber trabajado en otra cosa…

-No se gana igual. Ni se gana tan rápido…

El rostro, hasta hace poco inocente, cobró dureza y frialdad. Medina apagó la grabadora e hizo señas al espejo de doble vista para que le abrieran la puerta. Lo había invadido una sensación de derrota que le hacía pesado moverse para salir: nunca antes había conocido un sicario tan joven.

CALIXTO GUTIÉRREZ AGUILAR

 

jueves, 11 de septiembre de 2025

¡Pas plus!

 

 

La primera en notar el siniestro cambio que se operaba en Manuel Antonio fue su mamá. Ella fue la primera en presagiar un desastroso final. Desde los primeros indicios la poseyó un miedo inquietante e informe, creciente y constante.

A la generalizada inconformidad manifestada al principio, sucedió una marcada misantropía y luego la mudanza de habitación para ocupar el último cuarto del viejo caserón familiar. Manuel Antonio rechazaba toda compañía y se encerraba por largos períodos. Optaron por dejarle las comidas en una mesilla junto a la puerta y no fueron pocas las ocasiones en las que se recogieron las viandas prácticamente intactas.

Ése día, el hijo no percibió que la madre lo espiaba. Receloso, retiró el candado que había puesto en las argollas exteriores mirando a uno y otro lado. La madre sospechó inmediatamente que algo malo pasaría al ver que Manuel Antonio no entraba solo en el cuarto; pero, de tan horrorizada que estaba, resistió al impulso inicial de intervenir.

Caminó por el largo corredor sin hacer el menor ruido para evitar ser notada por el hijo. Aguzando el oído se acercó discretamente a la puerta. El ánimo de Manuel Antonio iba de los murmullos a los reclamos airados, de los ruegos a las invectivas, de las suplicas a los reproches. Por lo que podía percibir, él había decidido que éste día pondría un trágico fin a todo aquel asunto.

Manuel Antonio estaba junto a “ella” en la cama. Le reprochaba una y otra vez el hecho de que no lo dejara tocarla como antes y le recordaba momentos felices de tiempos pasados. Él recorría una y otra vez, ya con mano suave o bruscamente; aquel costado tan conocido para él. Ella permanecía impávida, silente.

Manuel Antonio se debatía entre cerrarle la boca con alguna mordaza o atacarla a la cabeza directamente con el martillo que desde hacía semanas ocultaba bajo la cama. Nada quedaría intacto, nada se salvaría.

-Bien sé que tú eres de las que no tienen alma… -espetó Manuel Antonio.

Y dicho esto le propinó un primer martillazo a la cabeza. Luego atacó la boca y golpeó con fuerza el sinuoso costado que apenas unos segundos antes había acariciado con deleite, mientras gritaba maldiciones y horrendos improperios.

Acallando el llanto con la palma derecha la madre corrió por el pasillo a ocultarse en su habitación.

En el cuarto nada más quedaron ellos dos: Manuel Antonio despatarrado en un sillón agotado tras el paroxismo que lo condujo al desastre, y allí en la cama, hecha un desastre; la guitarra convertida en astillas…

 

CALIXTO GUTIÉRREZ AGUILAR.

 

miércoles, 13 de agosto de 2025

Flashback...

Constantemente repito la escena: estoy ahí, derrotado, cansado, consternado y profundamente adolorido; años de capacitación y práctica profesional no pudieron prepararme para esto. Eso, así me sentía, consternado. Y no era para menos.

Sentía un zumbido en las sienes y como un regusto a sangre en la lengua, producto más bien de los olores del ambiente.

El cuadro no podía ser peor, años de capacitación y práctica profesional no pudieron prepararme para esto. 

Como a lo lejos, escuchaba que me llamaban para hacerme salir de aquel estado en el que me encontraba absorto, como alelado:

-¡Detective, detective, por favor!

Recuerdo que recordaba, recuerdo qué recordaba.

Entonces, de pronto, pensé en mi hijo: ¡José Andrés! ¡Por Dios!

No quería que viera aquello: en su sillita de comer, mi pequeña hija muerta de un balazo. En el suelo, muerta junto a la cocina en un charco de sangre, Amalia, mi mujer. No quería que José Andrés viera aquello...

Reconocí la voz junto a mí, era Martínez:

-¡Detective, jefe, detective, por favor!

Aquello debió consternarlo también a él, pobre muchacho, tendría unos veinte años entonces.

Con un hondo suspiro volví a la realidad y comencé a llorar, no era para menos. Lo miré, todavía hoy no sé describir su expresión:

-¡Ten cuidado Martínez! Cuídate mucho, por favor. Mira que este trabajo nos vuelve locos...

Dejé el arma sobre la mesa, me arrodillé y me esposaron...

 

CALIXTO GUTIÉRREZ AGUILAR