martes, 17 de marzo de 2026

La despedida…

 

a Emilis González Ordoñez, por algo que me contó.

Superado el estupor inicial, se levantó de la silla y caminó hacia la puerta del bar. Ciertamente, por ser domingo y por encontrarse a aquellas horas; nadie en el vecindario podría haberse enterado. Era muy improbable que alguien hubiese escuchado el altercado.

Como la mayoría de nosotros en un momento de crisis, buscó un culpable:

-¡Es que no debiste decírmelo! ¡Me metiste ése cuento en la sangre!

Apoyó la frente en el cristal de la puerta y lloró. Bruscamente, se volteó:

-¡Es que no debiste contármelo! ¡Me metiste ése cuento en las venas!

Volvió a apoyarse en el cristal de la puerta, y volvió a llorar. Giró:

-Saber que aquella mujer lo había hecho me dio la idea, me llenó de valor. No debiste contármelo…

Pero no era el momento de los reproches:

-Bueno, no queda más por hacer. Ya no queda más, tengo que irme…

Y Carmencita salió calle arriba de “La despedida” después de resolver dieciséis años de aburrimiento matrimonial.

Atrás quedó su marido tendido en medio del bar con un tiro en la frente…

CALIXTO GUTIÉRREZ AGUILAR

 

 

miércoles, 5 de noviembre de 2025

AGER SANGUINIS

 


El Doctor Segismundo Reyes May, natural de Santa Ana de Coro, Estado Falcón, se encontraba  totalmente convencido de la existencia de un manuscrito apócrifo llamado  “La maldición de Kerioth”  al cual mencionaban varios historiadores cristianos alrededor de los siglos segundo, tercero y cuarto.

El tal manuscrito –según se decía- contaba cómo habían sido tratadas las treinta monedas de plata que recibiera Judas  Iscariote por la traición a Jesús de Nazaret.

En el pequeño rollo original –una obra más bien breve- se hallaban una serie de consideraciones esotéricas ligadas a ciertas supersticiones de los primeros cristianos y una relación detallada de los propietarios de al menos veintinueve de las treinta  piezas que podían rastrearse hasta el año 372 de nuestra era más o menos.

En una suerte de apéndice “La maldición de Kerioth”  ofrecía las instrucciones para recibir y  pasar las monedas sin contraer la maldición que ellas contenían. Esto último consistía fundamentalmente en no tomarla de la mano de quien la ofrecía, pues la pieza debía ser arrojada al suelo por el donante y de allí levantada por el nuevo propietario repitiendo una serie de fórmulas rituales. Claro está, eso en el caso de que pudiera uno toparse con la trigésima pieza que faltaba en el inventario.

¿Qué tipo de moneda de cambio recibió Judas Iscariote? ¿Qué sucedió con la última de las treinta piezas? Esas eran cosas que ocupaban la inquieta imaginación del doctor Reyes May desde que en un viejo artículo de prensa leyó sobre “La maldición de Kerioth” 

II

Aquel enero de 1931 cuando apenas se enteró de la muerte de Ramos, Segismundo Reyes se dispuso a viajar a Suiza para averiguar una cadena de rumores que había recibido acerca de los últimos días del poeta.

Se malhayó de vivir en Coro porque las noticias llegaban ya con una cierta pátina de cosa harto sabida por el resto del mundo.

Por enésima vez pensó en que su abuelo materno, William May, tuvo mucha razón cuando lo invitó a establecerse en Inglaterra antes de empezar sus estudios de medicina.

Casi finalizaba el mes de  julio cuando recién instalado en su habitación de hotel en Ginebra, el doctor Reyes May recibió una carta del Real Instituto Británico de Numismática. Ávido de noticias sobre su investigación leyó:

“En cuanto a la suma de treinta piezas de plata que por su traición recibiese Judas Iscariote, debe entenderse concretamente los llamados “siclos” de algo así como 540 gramos de plata. Conocióse el siclo de plata con el nombre de “shekel de Tiro” porque se acuñó en aquella ciudad fenicia y era la moneda de plata que más circulaba en la Palestina de la época en cuestión”

 

-¡El Shekel de Tiro! –exclamó- ¡El siclo de plata!

Y continuó leyendo con infantil entusiasmo aquella carta que el honorable señor Bowles le había dirigido casi que a título personal debido a la amistad que le unió con el abuelo de Reyes May:

“La moneda mostraba al anverso, la efigie de Baal. Es un anverso del tipo anepígrafo, es decir sin fecha. En el reverso, deberían  apreciarse un águila y la letra “Kaph” hebrea. El reverso si tiene leyenda: “Turouieras Kaiasulou”,  lo que traduce “de la ciudad de Tiro, la sagrada”

Ceñifruncido, y con ademán de hombre estudioso, el doctor Segismundo prosiguió su lectura:

“Sobre las equivalencias que nos consulta ha de saber que un siclo equivalía a 4 dracmas y que el valor de cada tetradracma era de 4 denarios romanos, por lo que al cambio, Judas obtuvo 120 denarios de plata. Habida cuenta de que en el tiempo de Augusto un muy buen salario mensual eran 20 denarios, Judas fue muy bien pagado por su servicio…”

Obviando los detalles personales que cerraban la misiva, el doctor Segismundo la depositó sobre el pequeño escritorio y se dirigió a la ventana poseído por una especie de escalofrío. Cerró la ventana y sin cambiarse de ropa se recostó y se quedó dormido. A la hora de la cena y en vista  de que no había bajado, un joven camarero tocó a su puerta. Confundido, el doctor Reyes apenas podía hallar el interruptor de la luz y por un momento dudó acerca de en qué lugar se encontraba.

Cosa extraña, a él que nada le daba miedo, aquella sensación  de incertidumbre momentánea, lo aterró…

III

Segismundo Reyes May no quiso salir temprano a conocer entre otros atractivos la catedral de san Pedro. Pensaba en que la silla de Juan Calvino nada tendría de extraordinario y que su abuela –de haber estado allí- le habría dicho:

-“¿Venir de Coro a ver una silleta?”

Y recordó que sus primos de La Vela de Coro  las hacían muy buenas.

Claro, que tal vez nunca se habrían posado sobre los muebles de sus primos unas nalgas tan notables como las del ilustre reformador protestante –pensó en ello y sonrió-

A la hora convenida, llegó al vestíbulo del hotel el señor Brel y tras intercambiar cortesías e invitaciones pasaron a un área más discreta en el restaurante para conversar. El tal Brel hablaba con un cierto halo de misterio, y en resumidas cuentas, le informó de un señor de apellido Abenatar residente en Ginebra con quien había compartido escuela en tiempos de mocedad y de quien era cercano colaborador en asuntos de negocio. Abenatar tenía un primo poeta que se había suicidado en Coro y a cuya muerte fueron recogidas ciertas pertenencias (muy pocas en realidad) y distribuidas entre los parientes más cercanos. La mención del poeta coriano hizo erizar la piel de Reyes.

El señor Brel le contó que estando Abenatar en Nueva York, recibió a través de “La Casa S” un paquete que contenía cosas del primo suicida: un kipá, un librito en latín y un pequeño estuche de nácar donde podía leerse ACELDAMACH. Como eran cosas de un muerto Abenatar no puso mayor cuidado a aquello del paquete y partió a Suiza llevándolo consigo.

Según Brel, Abenatar puso aquel paquetito en su caja fuerte por un tiempo. Pero en ocasión de ofrecer un agasajo a funcionarios diplomáticos en  julio de 1930 lo regaló a un poeta que era también traductor quien se sintió halagado porque ya conocía de oídas al poeta coriano de trágico final. Días después, ese poeta traductor se comunicó con Abenatar para decirle que había comenzado la lectura del librito pero que el estuche de nácar contenía una moneda que a él se le antojaba antigua y por ende valiosa. Abenatar no quiso saber más por algo que el poeta le dijo sobre una cierta maldición que se describía en el librito. Eso sí, le adelantó el traductor, que ACELDAMACH es una forma latinizada que debe entenderse como AGER SANGUINIS o “Campo de Sangre” en español.

Según Brel, un día cualquiera, Abenatar lo llamó para decirle que aquel  poeta traductor se había suicidado allí en Ginebra el mismo día en que cumplía cuarenta años. Abenatar, con permiso de los familiares recogió de nuevo el paquete pero ya no estaba el librito, solo el estuche con la moneda y lo llevó a un banco.

Brel se lamentó de no llevar a Reyes May con Abenatar, pero de aquel no había vuelto a saberse. Eso sí, el señor Brel se encargaba de todos los asuntos de Abenatar y hacía las veces de su  apoderado, por lo que al día siguiente irían al banco para sacar el estuche con la  moneda.

IV

-¡Siempre existirá esa duda sobre si Allan Poe se suicidó –dijo el profesor Smith- Hay que recordar que un año antes tuvo una sobredosis de láudano y que en torno a su muerte nadie aclaró muchas circunstancias, ni siquiera el médico que lo asistió al final..!

La conversación con Smith era algo que el doctor Reyes May había buscado insistentemente apenas volver a Coro a comienzos de 1933.

Halando los recuerdos, el anciano profesor Smith, prosiguió:

 -Yo tenía dieciséis años cuando trabajé para la “La Casa S” y  recuerdo que unos judíos de Baltimore le enviaron a Elías David un paquete pequeño con algunas cosas personales de Poe que se subastaron en 1909 al conmemorar los sesenta años de su muerte… Elías David sentía fascinación por Allan Poe - concluyó-

Y el profesor Smith se levantó para ir a sus aposentos. Un par de minutos después volvía con una vieja libreta. La puso sobre la mesa y la fue hurgando hasta dar con una hojita suelta, amarillenta, corroída en un extremo; la extendió al doctor Reyes y éste leyó:

“Oh tú, la maldita. Oh nosotros, que no pudimos ser parte del tesoro del templo. Malditos tú y yo…”

-Esto –dijo Smith- fue lo único que hallamos en la casa de Elías David cuando pudimos entrar el día de su muerte. No había notas de nada… ¡Nada, solo esta nota sin sentido! ¡Y ni siquiera estaba cerca del cuerpo!

El doctor Segismundo Reyes se retiró a su casa. Tras hablar con Smith un extraño pánico se apoderó de él de manera creciente.

Sintió nauseas mientras caminaba. A pocos metros de su puerta sintió desvanecerse y se apoyó en la pared. Reyes sudaba y temblaba. Pensaba y se aterraba, pensaba y no dejaba de pensar…

V

-Esta obra, señor Presidente de la República, es el fruto  de años y años de recopilación exhaustiva y de generosas donaciones que fui recibiendo por algo más de cuarenta años. Quiero legarla a Coro y no pude hallar mejores espacios que estos ni mejor nombre para distinguirla y darla a la posteridad –dijo el obispo emérito- -

-¡Museo diocesano! ¡Museo de Coro la ciudad-museo!

Y estallaron los aplausos y los “vivas” mientras el anciano prelado ofrecía a un selecto grupo de asistentes el recorrido inicial por las quince salas en que se organizó el museo. En la sala “Platería y objetos diversos” alguien del grupo preguntó:

-¿Y esa moneda que está allí, sola?

-No pudimos clasificarla hasta ahora –dijo el obispo- ¡Ni siquiera la familia donante sabe de qué se trata! ¡Pobre Segismundo Reyes!

Luego el obispo dijo a los presentes que no estaban claras las circunstancias en las que había muerto el doctor Reyes May hacía ya una cincuentena de años porque  él no había llegado a conocerlo. Pero haya sido por ahorcamiento o envenenamiento, -puesto que hubo dos versiones- dijeron que apuñaba ésa moneda en la mano izquierda. Algo que tampoco podía certificar como verdadero.

Y mientras los brindis y las congratulaciones se sucedían dentro del museo; afuera, el sol de julio dibujaba en el cielo un crepúsculo hermoso y rojo que asemejaba praderas de un campo.

El cielo coriano parecía un campo de sangre…

 

jueves, 11 de septiembre de 2025

¡Pas plus!

 

 

La primera en notar el siniestro cambio que se operaba en Manuel Antonio fue su mamá. Ella fue la primera en presagiar un desastroso final. Desde los primeros indicios la poseyó un miedo inquietante e informe, creciente y constante.

A la generalizada inconformidad manifestada al principio, sucedió una marcada misantropía y luego la mudanza de habitación para ocupar el último cuarto del viejo caserón familiar. Manuel Antonio rechazaba toda compañía y se encerraba por largos períodos. Optaron por dejarle las comidas en una mesilla junto a la puerta y no fueron pocas las ocasiones en las que se recogieron las viandas prácticamente intactas.

Ése día, el hijo no percibió que la madre lo espiaba. Receloso, retiró el candado que había puesto en las argollas exteriores mirando a uno y otro lado. La madre sospechó inmediatamente que algo malo pasaría al ver que Manuel Antonio no entraba solo en el cuarto; pero, de tan horrorizada que estaba, resistió al impulso inicial de intervenir.

Caminó por el largo corredor sin hacer el menor ruido para evitar ser notada por el hijo. Aguzando el oído se acercó discretamente a la puerta. El ánimo de Manuel Antonio iba de los murmullos a los reclamos airados, de los ruegos a las invectivas, de las suplicas a los reproches. Por lo que podía percibir, él había decidido que éste día pondría un trágico fin a todo aquel asunto.

Manuel Antonio estaba junto a “ella” en la cama. Le reprochaba una y otra vez el hecho de que no lo dejara tocarla como antes y le recordaba momentos felices de tiempos pasados. Él recorría una y otra vez, ya con mano suave o bruscamente; aquel costado tan conocido para él. Ella permanecía impávida, silente.

Manuel Antonio se debatía entre cerrarle la boca con alguna mordaza o atacarla a la cabeza directamente con el martillo que desde hacía semanas ocultaba bajo la cama. Nada quedaría intacto, nada se salvaría.

-Bien sé que tú eres de las que no tienen alma… -espetó Manuel Antonio.

Y dicho esto le propinó un primer martillazo a la cabeza. Luego atacó la boca y golpeó con fuerza el sinuoso costado que apenas unos segundos antes había acariciado con deleite, mientras gritaba maldiciones y horrendos improperios.

Acallando el llanto con la palma derecha la madre corrió por el pasillo a ocultarse en su habitación.

En el cuarto nada más quedaron ellos dos: Manuel Antonio despatarrado en un sillón agotado tras el paroxismo que lo condujo al desastre, y allí en la cama, hecha un desastre; la guitarra convertida en astillas…

 

CALIXTO GUTIÉRREZ AGUILAR.

 

viernes, 6 de junio de 2025

¡No darles vergüenza!

 

Ni bien aterrizaba en Coro y se instalaba en la casa paterna por allá por los lados de la plaza El Tenis, Manche buscaba la ocasión para reunirse con sus hermanos, para convocar a los amigos, y para darse al sano disfrute de copiosas libaciones.

Si de algo disfrutaba Manche en compañía de sus amigos y allegados, era del dominó. Bien jugado, eso sí, al estilo Monteverde; si Monteverde fuera un estilo de jugar dominó, claro está.

Pues bien, se dio el caso de que en cierta ocasión se encontraba en compañía de su hermano Mingo ahí mismo a las puertas de su casa en las inmediaciones del parque, desesperado y desesperando por no tener con quien formar otra dupla que sirviera de oponentes para jugar al dominó. Eso sí “unas manitos nada más” poca cosa, por distraerse un rato.

Tras el almuerzo, una partida de dominó parecía mejor opción que una siesta.

Entonces, de súbito, aparecen por la calle Ampíes, Diego “El Ratón” y el muy popular León Camacho. Diego, Manche y Mingo eran hermanos, por lo que la alegría del reencuentro surgió espontanea; borbotaba, diríase mejor.

Pero debo advertir un par de condiciones que no pueden obviarse para seguir adelante: León Camacho, amén de ser conocido por su afición alcohólica, padecía un severo y rebelde estrabismo; Diego, a causa de un accidente llevaba una prótesis ocular, pues había perdido un ojo.

Tras un corto debate convinieron acercarse hasta el  “Club Concordia” para una partida de dominó. Apenas entrar formaron parejas: Manche y Mingo, León y Diego.

Pero eso de jugar por jugar no resultaba muy atractivo, y Manche  “por ponerle sabor a la cosa” lanzó el reto de apostar media botella de whisky cuyo coste debía ser pagado por el binomio perdedor. 

Y empezó la partida…

El sonido característico de las veintiocho albinegras al ser revueltas sobre la mesa llenó la sala y luego se produjo el acompasado golpeteo clásico seguido de alguna que otra interjección o exclamación procaz. Y de nuevo, el sonido característico de las veintiocho albinegras al ser revueltas sobre la mesa…

Así, en pocas jornadas León y Diego se alzaron con la victoria, recayendo en sus rivales la obligación de pagar al cantinero. Herido en su orgullo Manche exclamó:

-                 ¡Va otra media botella! ¡Por la revancha!

Y así fue. Aceptado el reto volvieron a la mesa formando las mismas parejas que al llegar. Pero Manche y Mingo sufrieron una segunda derrota. Tras la subsecuente discusión para dirimir las responsabilidades, el grupo recuperó la calma cuando el sol; cansado del día, cogía rumbo a su casa.

Para honrar la deuda y salvar el honor Manche se dirigió a la barra en busca del cantinero, mientras León, sacando su billetera, se colocaba bajo una bombilla encendida para poder hurgar mejor entre los pliegues de su cartera en claro ademán de quien busca dinero. De pronto y como sobresaltado, cerró la billetera y la puso de nuevo en su bolsillo.

Entonces, con un burlesco mohín de indignación exclamó:

-¡Yo iba a poner cobres pero mejor no! En una vaina que requiere tanta vista como el dominó, ustedes con sus ojos buenos se dejaron ganar por un tuerto y un bizco… ¡Carajo! ¡No darles vergüenza!

Por supuesto, ante la disparatada ocurrencia las risas llenaron el lugar.

Graneaítos, como aquella tarde en que llegaron al parque, han ido dejando este mundo para habitar en la memoria convertidos en recuerdos indelebles, inevitables; sobre todo cuando llega el sonido característico de las veintiocho albinegras al ser revueltas sobre la mesa…

CALIXTO GUTIÉRREZ AGUILAR

 

 

sábado, 4 de enero de 2025

ENTRE DOS AMARRAN UNO...

 

El viejo empleado del telégrafo llegó a la casa de Dámaso y le extendió la escueta nota conminatoria: CASO URGENTE. PRESENTARSE EN ESTA. COMPADRE JUANCHO.

Al igual que el remitente, Dámaso era faculto en artes curativas y en deshacer ensalmos. Curaba el mal de ojo y combatía denodadamente a los espíritus malignos con oraciones y rituales recibidos en herencia de su abuelo.

Ni bien llegó a la ciudad puso rumbo a la casa del compadre cuando la siesta el viernes recién terminaba. Un conveniente baño y una ligera refección completaron las ceremonias de bienvenida.

Bien informado por el compadre Juancho esperó la llegada de “el hombre del caso” y pasaron al cuarto de los santos en cuanto éste llegó.

El angustiado paciente de aspecto demacrado y nervioso, víctima de un acoso infernal, relató desde el inicio el espantoso sufrimiento que padecía según sus cálculos desde hacía unas diez semanas.

Al principio solo fueron toques a la puerta que se sucedían a medianoche, y aunque él acudía de inmediato a los insistentes llamados, a nadie conseguía. Acechaba los toques para abrir rápidamente y nadie estaba por allí. A esto siguió el ruido de pisadas provenientes del techo y los fétidos olores sulfúricos que en la penumbra invadían toda la casa.

Sobresaltado, una noche lo despertó el horrendo maullido de un gato negro que apareció en la sala sentado y con una mueca de sonrisa.

Percibía en las tinieblas el reptar de interminables serpientes que todo lo tumbaban a su paso. Escuchaba el gruñido de fieras invisibles y, en una ocasión, el doliente balido de una cabra que estuviera como herida o moribunda.

Más recientemente era atormentado por el horroroso graznido de un ave nocturna que metía la cabeza por los respiraderos de la chimenea del fogón en la vieja casona, y hacía resonar su espeluznante eco por todas las habitaciones.

Los facultos escucharon atentamente el doliente relato de aquel hombre que evidenciaba estar al borde del colapso nervioso. Consolaron e intentaron calmar al paciente y le ofrecieron la seguridad de una solución definitiva que llegaría la noche siguiente.

Juancho intuyó que el fenómeno volvería a suceder en la medianoche del día que precede al domingo y que sería algo intenso y muy rápido.

Una vez ido el paciente conferenciaron los compadres sobre la urgencia del caso. Convinieron en que era “un trabajo de trece” y que al cabo de tal número de semanas el paciente podría enloquecer definitivamente o morir de manera trágica. Dedujeron que el objetivo de la sañuda maldad era apropiarse de la casa antes que cobrar la vida de su único habitante.

Llegada la tarde del sábado, Juancho y Dámaso tomaron posada en la casa de junto al paciente a quien se cuidaron de advertir cosa alguna. Tejieron sendas sogas de purísimo y blanco algodón mientras rezaban trisagios a la Santísima Trinidad y luego procedieron a bendecirse el uno al otro imprecando a San Miguel Arcángel, príncipe de las milicias divinas. Y todo esto es el más absoluto secreto encerrados como estaban en la habitación que compartirían hasta la hora de su apocalíptica aventura.

Rociaron sus improvisados cabestros con agua y sal bendita para acostarse apenas se hubo ocultado el sol. La anfitriona, previamente advertida y en extremo feliz de hospedar a tan reconocidos personajes, los llamó cuando ya faltaba poco para la medianoche…

¡Y empezó la minúscula versión del Armagedón!

Llegó el pájaro graznador, y ni bien se había posado sobre la techumbre, se dirigió a saltos –algo propio de los carroñeros- hacia los huecos de la chimenea para meter la cabeza y comenzar con los horrendos graznidos que erizaban la piel a cualquier valiente. Con ímpetu juvenil pese a sus años, Dámaso hizo gala de insospechada agilidad y trepando al techo capturó al pájaro, lo ató con su cabestro bendito y lo arrojó al suelo donde esperaba Juancho para darle inicio a una increíble azotaina. Dámaso soltó las amarras al pajarraco y se unió a los azotes. El animal no pudo alzar el vuelo y se fue renqueando por la calle hasta perderse en la oscuridad de un callejón.

II

Cuando un enfermo no podía acudir a la casa de Don Juancho él se ofrecía por modesta suma a consultarlo a domicilio. Y así las cosas, acudió el miércoles a la casa de Julita La Tuerta para auscultar al mayor de sus hijos quien yacía en cama.

Apenas se vieron médico y paciente, el muchacho comenzó a temblar de tal manera que hacia rechinar el catre en que se encontraba de boca abajo únicamente vestido con sus calzoncillos.

El hijo de Julita mostraba marcas de azotes y su madre contaba que unos bandoleros le dieron “una cueriza” para robarlo, dejándolo tendido en un callejón cerca de la casa donde lo hallaron maltrecho e inconsciente la mañana del domingo.

Don Juancho no pasó al cuarto y le recomendó a Juanita unos guarapos de concha de cedro y unas unturas de árnica.

¿Y no me le va a rezar? –preguntó la acongojada madre

Juancho, solemne y con los ojos entornados caminó hacia el catre y se inclinó sobre el paciente musitándole al oído:

¡Negro pendejo! Que te sirva de escarmiento y pa que aprendás a no andar echando vaina. Amén…

CHOFER…

 

Cuidadosamente desenrolló el papelito y leyó las instrucciones. Memorizó cada palabra y sacó cuenta en su mente de los horarios y las fechas. El traslado sería la noche siguiente en punto de las nueve. Para ese día tendría guardia y a nadie extrañaría su presencia en el hospital.

Llegado el momento recibió su turno y fue impuesto de las novedades: no había de qué preocuparse para esta noche. Sin embargo, y pese a las consoladoras expectativas del jefe de obreros, él se encontraba agitado. No tenía miedo propiamente, diríase más bien que se hallaba en estado de exaltación. Tanto, que por primera vez había llevado el revólver al hospital. Pensó: los que estamos metidos en esto debemos estar siempre preparados por si algo sale mal, por si acaso una vaina…

Cerca de la hora convenida salió al frente del hospital y vino a sentarse en la acera por la esquina oeste. Alternativa pero pausadamente miraba hacia la Ermita de San Nicolás y hacia el Palacio Mármol. Encendió un cigarrillo y palpó el empaque constatando con asombro que desde las primeras horas de la tarde cuando lo adquirió, casi lo había fumado todo.

¿Cómo iban a hacer para traer al muchacho? ¿Cuál era la señal? Por un momento dudó de si se trataba del mismo joven, pues era de dominio público que su padre lo había llevado por Líbano e Inglaterra para enfriarlo un poco y que allá lo había dejado. La idea de que todo aquello fuera una trampa lo hizo levantarse de la acera. Un carro con dos agentes de la DIGEPOL pasó lentamente frente al hospital. El chofer saludó con desgano…

Faltando diez minutos para las nueve fue hasta el garaje y comenzó a revisar los fluidos y a chequear otras tonterías de la ambulancia. Él era el chofer y tal acción de seguro no levantaría sospechas. Los minutos se hacían pesados y parecían haber triplicado la cantidad de segundos que originalmente contenían. Cuando al fin faltaron cinco para las nueve encendió el motor, se acomodó en su lugar y sacó el arma que mediante un apropiado artilugio llevaba ajustada a la pantorrilla izquierda, la sostuvo un segundo y luego decidió ocultarla bajo el asiento.

Una acuciante ansiedad le enardecía los deseos de fumar pero sabía que ya no había tiempo porque la aventura de aquella noche había comenzado.

Sintió como las puertas traseras de la ambulancia se abrían de par en par y escuchó los ajustes con que la camilla era asegurada al piso justo en el espacio central. Una vez cerradas las puertas salió del hospital siguiendo la calle Falcón en dirección Este para luego buscar al Sur el rumbo de La Sierra. No fue requisado en la alcabala de Caujarao y varios kilómetros más adelante abandonó la carretera por un estrecho camino de tierra. Se detuvo y apagó las luces y el motor.

En poco se vio rodeado de algunas sombras que avanzaban hacia él y rodeaban la ambulancia. Tras unos minutos sintió movimiento en la parte posterior del vehículo y el inconfundible sonido de dos puertas que se abrían.

A una señal le permitieron bajar y lo primero que hizo fue encender un cigarrillo. El que había sido trasladado fue recibido con evidentes muestras de alegría. Hubo muchos abrazos y buenos augurios, ofertas de cigarrillo, breves reportes de las últimas acciones, propuestas de combate y festejo.

El que comandaba pidió que dejaran que el joven recién trasladado se vistiera con el nuevo uniforme. Con las escasas luces que había, el chofer constató que de verdad aquel era un muchacho apenas.

Se dio la orden de partir enseguida y todos formaron una columna. Antes de partir, el comandante se acercó al chofer:

-¡Gracias, compañero!

El chofer se limitó a asentir. De entre la columna se desprendió el que recién había sido trasladado y extendiendo la mano le dijo:

-Muchas gracias. Mucho gusto, soy Chema…

Y la columna se perdió en la noche de La Sierra de Coro, en la noche la historia…

EL PERDIDO…

 

Al pobre señor Ramiro le salían muy caras las parrandas que ocasionalmente se formaban en las cercanías de su casa. Y esto que el señor Ramiro no tomaba parte de ellas. Pero sucede que el caballero en cuestión, fiel a sus orígenes rurales, había traído a la ciudad su costumbre de criar aves de corral. Patos, gallinas y pavos llenaban el patio de su casa y le proveían de huevos y carne, y cómo no, también de algún dinerillo de vez en cuando. Por ello, el señor Ramiro era particularmente cuidadoso y delicado con la condición y el número de sus aves.

Es criterio generalizado entre borrachos trasnochadores que “nada hay más sabroso que el caldo de gallina robada” y por ello le advertía a usted que las parrandas del sector le salían particularmente caras a Ramiro sin tomar parte de ellas. Cada vez que en su vecindario amanecía una parranda faltaba una gallina en el patio del señor Ramiro.

Una noche de viernes, enterado de que un grupito muy animado festejaba quién sabe qué cosa a unas cuantas cuadras de su casa, Ramiro sospechó que algún zorro bípedo vendría a su patio pasada la medianoche y se dispuso a esperarlo montando guardia en un rincón oscuro sentado en una silla recostada a la pared y armado de una reseca verga de toro. Ramiro se quedó dormido por no estar acostumbrado a eso de velar…

Tal vez cerca de la una de la madrugada, Ramiro gritó asustado al sentir un gran peso que había caído sobre él, y sin mediar mayores contemplaciones ni averiguaciones empezó a soltar una andanada de vergazos sobre lo que rápidamente había comprendido que era el cuerpo del malogrado ladrón de gallinas. El sujeto había tenido la mala suerte de que al saltarse la pared vino a caer sobre el inusitado pastor aviar…

Insultos y gritos, ayes e improperios, hicieron salir a todos de la casa y pusieron en fuga a los compañeros del ladrón que amparados en las tinieblas esperaban en la calle.

De repente, una voz conocida gritó en tono suplicante:

-¡Tío! ¡Por Dios ¡ ¡No me mate!

Y Ramiro al distinguir la voz del sobrino, abruptamente detuvo la azotaina…

-Luisito ¿Qué estás haciendo vos aquí?

-Es que me perdí, tío…

-¿Cómo es la vaina?

-¡Sí! Estoy perdido…

Furibundo, Ramiro exclamó:

-¿Perdido? ¡Claro que estás perdido! ¡Estás perdido de ladrón, coño de tu madre!

Y con nuevos bríos retomó la paliza que a no ser por la oportuna intervención de los de la casa habría tenido peores consecuencias.

Unos días después Ramiro vendió las aves y volvió a su pueblo donde murió muy anciano.

 “Luisito” vive todavía y poca gente sabe ahora por qué lo llaman “Luis el perdido”