Él
había decidido hacía unos pocos días que aquel sería el último encuentro. Esta
vez, se mantendría firme en el carácter último de aquel encuentro y no le
pasaría igual que en las dos o tres ocasiones anteriores en que se decidía a
terminar con ella pero no lo hacía. No había cansancio ni hastío de ningún tipo
sino algo peor: había nacido el amor o una especie de enamoramiento muy
parecido al amor; y eso era algo que entre ellos no podían permitirse. Cada uno
debía seguir en lo suyo.
Tras
darle no pocas vueltas, él terminó aceptando lo que era: un cliente. Si era el
mejor, el más especial, el más consentido; si era un cliente “clase aparte” no valía la pena ni
considerarlo.
Cuando
se concertaban para el amor se amaban con intensidad de enamorados. Así era desde
el primero de sus encuentros ocurrido unos ocho años atrás. De cada encuentro -ya
fuera breve o prolongado- salían ambos satisfechos. Sí, a veces podían ser las
tres horas reglamentarias, o bien, podía pasar que él la solicitase por un par
de días. Nunca en fin de semana.
Ocho
años -se dice fácil- ocho años. Por entonces, ella a punto de cumplir veinte, y
el con cincuenta y cinco muy bien llevados. De hecho, él era un hombre de muy
buenos hábitos…
Ninguno
guardó registrado el número telefónico del otro, ambos lo memorizaron. Para el
segundo encuentro se contaron sus vidas. Ahora mismo, mientras sentado a la
orilla de la cama él termina de atarse los zapatos sonríe al recordar las expresiones
de ella cuando supo a qué se dedicaba él.
Entrambos
tenían acordada una suerte de tarifa plana a la cual él añadía generosas
propinas. A fuerza de ello no fue que la comprara, diríase más bien que la
ganó. De cada viaje le traía algún recuerdo, perfumes, joyas o ropa. A instancias
suyas, ella volvió a estudiar. Si quería o no seguir en el oficio era asunto de
ella – le aconsejó- pero no estaba demás que se preparara para otras realidades
de la vida.
En
cierta ocasión se quedaron en un “camping” y ella no permitió que pidieran
comida al restaurante sino que se surtieron de víveres y ella se hizo cargo de
todo. Cocinaba exquisito y era en extremo aseada y cuidadosa.
A
veces parecía una niña, en otras ocasiones era una señora. Alguna vez le cortó
el cabello, y regularmente le ayudaba con las cejas, las uñas, los puntos
negros de la nariz y otras muchas cosas de esas a los que los hombres no parece
que prestaran atención. Ella estaba absolutamente desentendida de su familia. Y
por parte de él, solo Miguel Ángel –el chofer- tenía conocimiento de “La Niña”
que era como se referían a ella estando ausente.
Ahora
mismo, mientras sentado a la orilla de la cama él termina de atarse los zapatos
sonríe al oír como ella canta en la ducha. Sí, hoy es uno de esos días en que
parece una niña.
No
ha podido conseguir que se modere al beber, bebe como un cosaco y tiene una
resistencia al alcohol que cualquier macho vernáculo envidiaría. Si consiguió,
por lo menos, que cuando están juntos ella no beba. Él, por cuestiones de
trabajo bebe una o dos copas cada día, pero muy poquito; de ahí no pasa. A diferencia
de otros colegas no se ha emborrachado nunca.
La
niña sale desnuda de la ducha y termina de secarse mientras canta por toda la
habitación. Es de un color maravilloso, morena; pero morena encanto, morena
bella. Una hembra menuda y firme, piernas torneadas, senos y trasero en
turgencia. Pasa frente a él que ya ha terminado con los zapatos y se ha sentado
en un pequeño sofá frontero. Ella viene al espejo entre la cama y el sofá y se
lleva una nalgada que disfruta.
Se
perfuma, se viste, se arregla toda: jeans ajustados, zapatos de tacón alto y
delgado, blusa vaporosa. “El Negro” como lo llama ella, es todo ojos y
contemplación de aquella figura y personalidad encantadoras que con aires de
mariposa que estrenara sus alas, va de un punto al otro del cuarto. Las joyas,
el bolso, otra nalgada.
Ya
se inclina, un beso de pico, ella lo mira tiernamente y como en cada despedida
pregunta:
-¿Todo
bien?
Ella
sonríe cuando él, como cada vez que ella lo pregunta; responde:
-Sí…
todo bien. Y eso es lo malo.
Ella
sale por la puerta principal de la habitación y él, tras esperar unos minutos
va por una portezuela lateral y pulsa un interruptor que abre la puerta
levadiza del garaje.
De
entre los bancos que están en torno de una fuente rodeada de arbustos se
apresura en llegar Miguel Ángel con las llaves de carro.
Ya
en camino de la ciudad él piensa en que sí, se han visto por última vez y ella
no lo sabe. Se han visto hasta hoy, después de ocho años, pero él no está
afligido y eso le causa cierto asombro. Absorto pensando en ella y en otros
graves asuntos no escuchó la pregunta del chofer. Miguel Ángel repitió:
-Disculpe…
¿Se siente bien, monseñor?
Y
él, que al día siguiente saldría del país para comparecer ante sus superiores
en la lejana Roma, responde:
-Sí…
todo bien. Y eso es lo malo.
CALIXTO
GUTIÉRREZ AGUILAR