jueves, 4 de junio de 2026

La Niña…

 

Él había decidido hacía unos pocos días que aquel sería el último encuentro. Esta vez, se mantendría firme en el carácter último de aquel encuentro y no le pasaría igual que en las dos o tres ocasiones anteriores en que se decidía a terminar con ella pero no lo hacía. No había cansancio ni hastío de ningún tipo sino algo peor: había nacido el amor o una especie de enamoramiento muy parecido al amor; y eso era algo que entre ellos no podían permitirse. Cada uno debía seguir en lo suyo.

Tras darle no pocas vueltas, él terminó aceptando lo que era: un cliente. Si era el mejor, el más especial, el más consentido; si era un cliente “clase aparte” no valía la pena ni considerarlo.

Cuando se concertaban para el amor se amaban con intensidad de enamorados. Así era desde el primero de sus encuentros ocurrido unos ocho años atrás. De cada encuentro -ya fuera breve o prolongado- salían ambos satisfechos. Sí, a veces podían ser las tres horas reglamentarias, o bien, podía pasar que él la solicitase por un par de días. Nunca en fin de semana.

Ocho años -se dice fácil- ocho años. Por entonces, ella a punto de cumplir veinte, y el con cincuenta y cinco muy bien llevados. De hecho, él era un hombre de muy buenos hábitos…

Ninguno guardó registrado el número telefónico del otro, ambos lo memorizaron. Para el segundo encuentro se contaron sus vidas. Ahora mismo, mientras sentado a la orilla de la cama él termina de atarse los zapatos sonríe al recordar las expresiones de ella cuando supo a qué se dedicaba él.

Entrambos tenían acordada una suerte de tarifa plana a la cual él añadía generosas propinas. A fuerza de ello no fue que la comprara, diríase más bien que la ganó. De cada viaje le traía algún recuerdo, perfumes, joyas o ropa. A instancias suyas, ella volvió a estudiar. Si quería o no seguir en el oficio era asunto de ella – le aconsejó- pero no estaba demás que se preparara para otras realidades de la vida.

En cierta ocasión se quedaron en un “camping” y ella no permitió que pidieran comida al restaurante sino que se surtieron de víveres y ella se hizo cargo de todo. Cocinaba exquisito y era en extremo aseada y cuidadosa.

A veces parecía una niña, en otras ocasiones era una señora. Alguna vez le cortó el cabello, y regularmente le ayudaba con las cejas, las uñas, los puntos negros de la nariz y otras muchas cosas de esas a los que los hombres no parece que prestaran atención. Ella estaba absolutamente desentendida de su familia. Y por parte de él, solo Miguel Ángel –el chofer- tenía conocimiento de “La Niña” que era como se referían a ella estando ausente.

Ahora mismo, mientras sentado a la orilla de la cama él termina de atarse los zapatos sonríe al oír como ella canta en la ducha. Sí, hoy es uno de esos días en que parece una niña.

No ha podido conseguir que se modere al beber, bebe como un cosaco y tiene una resistencia al alcohol que cualquier macho vernáculo envidiaría. Sí consiguió, por lo menos, que cuando están juntos ella no beba. Él, por cuestiones de trabajo bebe una o dos copas cada día, pero muy poquito; de ahí no pasa. A diferencia de otros colegas no se ha emborrachado nunca.

La niña sale desnuda de la ducha y termina de secarse mientras canta por toda la habitación. Es de un color maravilloso, morena; pero morena encanto, morena bella. Una hembra menuda y firme, piernas torneadas, senos y trasero en turgencia. Pasa frente a él que ya ha terminado con los zapatos y se ha sentado en un pequeño sofá frontero. Ella viene al espejo entre la cama y el sofá y se lleva una  nalgada que disfruta.

Se perfuma, se viste, se arregla toda: jeans ajustados, zapatos de tacón alto y delgado, blusa vaporosa. “El Negro” como lo llama ella, es todo ojos y contemplación de aquella figura y personalidad encantadoras que con aires de mariposa que estrenara sus alas, va de un punto al otro del cuarto. Las joyas, el bolso, otra nalgada.

Ya se inclina, un beso de pico, ella lo mira tiernamente y como en cada despedida pregunta:

-¿Todo bien?

Ella sonríe cuando él, como cada vez que ella lo pregunta; responde:

-Sí… todo bien. Y eso es lo malo.

Ella sale por la puerta principal de la habitación y él, tras esperar unos minutos va por una portezuela lateral y pulsa un interruptor que abre la puerta levadiza del garaje.

De entre los bancos que están en torno de una fuente rodeada de arbustos se apresura en llegar Miguel Ángel con las llaves de carro.

Ya en camino de la ciudad él piensa en que sí, se han visto por última vez y ella no lo sabe. Se han visto hasta hoy, después de ocho años, pero él no está afligido y eso le causa cierto asombro. Absorto pensando en ella y en otros graves asuntos no escuchó la pregunta del chofer. Miguel Ángel repitió:

-Disculpe… ¿Se siente bien, monseñor?

Y él, que al día siguiente saldría del país para comparecer ante sus superiores en la lejana Roma, responde:

-Sí… todo bien. Y eso es lo malo.

CALIXTO GUTIÉRREZ AGUILAR

 

 

 

lunes, 13 de abril de 2026

¡Tocado!

 

Hace tres años que llegué a este país. Me sirvieron de contacto previo algunas personas que conocí en mi época de estudiante. De mi tierra se huye por muchas razones, pero dudo que mis compañeros de viaje hayan acertado al suponer las mías. Llegué aquí para ponerme a buen resguardo teniendo todo un continente de por medio.

Hace algunas semanas me acosa la idea de ser reconocido, tal vez porque arrastro “la vergüenza de haber sido y el dolor de ya no ser”

Allá en mi tierra, el último destino que tuve fue un remoto caserío insular llamado “La Soledad” bastante lejos de todo; propicio para los desmanes y los excesos, ideal para contrabandistas y amores alquilados.

Apenas desembarqué en “La Soledad” me informaron que el jefe militar permanecía arrestado por embriaguez y exposición indecente en vía pública. El jefe civil, había ido a tierra firme para ocuparse de sus negocios de contrabando y trata de blancas.

Mi llegada pasó desapercibida, y, al menos en los seis primeros meses de mi estancia, no signifiqué nada para nadie. Con el tiempo me integré perfectamente a la vida de la comunidad y en menos de un año ya era prácticamente un isleño más.

Para el segundo año, habiendo superado ciertos escrúpulos iniciales, ya me emborrachaba con los lugareños en la plaza o en el burdel de “La Tigra”. Poco después, dormía a crédito con algunas de las muchachas que recién llegaban, y a poco de eso, ya ni pagaba.

Al principio tuve que hacerme de la vista gorda ante las marañas en que se entretejían el comandante y el jefe civil. Pero un día, el comandante me dijo “donde comen dos, comen tres” y así vine a meterme en ciertos asuntos de los cuales no estoy orgulloso. Fui muchas veces a tierra firme para concretar negocios, para hacer compras, para hacer pagos, para buscar muchachas, para entregar paquetes, para transmitir órdenes; y así, casi que sin quererlo, me vi metido hasta el cuello en la más podrida red de corrupción.

Teniendo en cuenta mi posición, la esposa y la hija de Agustín -que así se llamaba el jefe civil- me recibían en tierra firme con las más espléndidas atenciones inocentes de cuanto sucedía en “La Soledad”. Pero fui desleal con Agustín…

No sabría calcular cuál de las dos traiciones le habrá dolido más.

Una noche de lunes tuve que defenderme de Agustín y pasó lo que pasó. Estoy seguro de que nadie nos vio. Y como los martes muy de mañana iba yo hasta tierra firme por un día o dos, dudo que alguien haya sospechado algo hasta que se dieron cuenta de que había desaparecido.

Me agobia la idea de ser identificado de un momento a otro y debo calmarme. Por eso vengo a este café que no es muy concurrido. La camarera me ha entregado un papelito doblado:

-¡Aquí le envían!

II

Hace tres años que llegué a este país y hoy hace cuarenta días que no salgo de casa. Estoy al borde de la locura. Voy a comerme este papel. Por última vez lo reviso, y sí, sí dice lo que todos estos días he leído una y otra vez:

-Sin barba y sin sotana me costó reconocerte…

CALIXTO GUTIÉRREZ AGUILAR

martes, 17 de marzo de 2026

La despedida…

 

a Emilis González Ordoñez, por algo que me contó.

Superado el estupor inicial, se levantó de la silla y caminó hacia la puerta del bar. Ciertamente, por ser domingo y por encontrarse a aquellas horas; nadie en el vecindario podría haberse enterado. Era muy improbable que alguien hubiese escuchado el altercado.

Como la mayoría de nosotros en un momento de crisis, buscó un culpable:

-¡Es que no debiste decírmelo! ¡Me metiste ése cuento en la sangre!

Apoyó la frente en el cristal de la puerta y lloró. Bruscamente, se volteó:

-¡Es que no debiste contármelo! ¡Me metiste ése cuento en las venas!

Volvió a apoyarse en el cristal de la puerta, y volvió a llorar. Giró:

-Saber que aquella mujer lo había hecho me dio la idea, me llenó de valor. No debiste contármelo…

Pero no era el momento de los reproches:

-Bueno, no queda más por hacer. Ya no queda más, tengo que irme…

Y Carmencita salió calle arriba de “La despedida” después de resolver dieciséis años de aburrimiento matrimonial.

Atrás quedó su marido tendido en medio del bar con un tiro en la frente…

CALIXTO GUTIÉRREZ AGUILAR