a
Emilis González Ordoñez, por algo que me contó.
Superado
el estupor inicial, se levantó de la silla y caminó hacia la puerta del bar. Ciertamente,
por ser domingo y por encontrarse a aquellas horas; nadie en el vecindario
podría haberse enterado. Era muy improbable que alguien hubiese escuchado el
altercado.
Como
la mayoría de nosotros en un momento de crisis, buscó un culpable:
-¡Es
que no debiste decírmelo! ¡Me metiste ése cuento en la sangre!
Apoyó
la frente en el cristal de la puerta y lloró. Bruscamente, se volteó:
-¡Es
que no debiste contármelo! ¡Me metiste ése cuento en las venas!
Volvió
a apoyarse en el cristal de la puerta, y volvió a llorar. Giró:
-Saber
que aquella mujer lo había hecho me dio la idea, me llenó de valor. No debiste contármelo…
Pero
no era el momento de los reproches:
-Bueno,
no queda más por hacer. Ya no queda más, tengo que irme…
Y
Carmencita salió calle arriba de “La despedida” después de resolver dieciséis
años de aburrimiento matrimonial.
Atrás
quedó su marido tendido en medio del bar con un tiro en la frente…
CALIXTO GUTIÉRREZ AGUILAR
No hay comentarios.:
Publicar un comentario