viernes, 3 de enero de 2025

IRREMEDIABLE...

 

Un repentino apagón acentuaba las tinieblas. Nadie pudo ver nada. Nadie quiso. Unos cuarenta y cinco minutos después del suceso llegaron los funcionarios locales de la Policía Técnica de Investigación Criminal. Los ejecutantes ya se habían marchado a pie calle abajo en medio de la oscuridad de la noche.

Llegó la luz. Unos pocos vecinos comenzaron a salir y a agruparse en la acera del frente de la casa. El aire estaba infestado de pólvora y sangre. La noche olía a diablo como recordó después el viejo Manrique.

A la señora Fina la habían dejado hospitalizada esa misma tarde. Nada serio, dijo el médico, la dejaron más bien para observarla. Era la tercera vez que enloquecido por las drogas, su hijo le maltrataba. Pero el doctor estaba equivocado porque la señora Fina tenía el alma rota y el alma no sale en las radiografías.

A diferencia de Quito, su único hermano, Pepe se dedicó a malvivir prácticamente desde la adolescencia. La muerte de su padre les hizo herederos de una modesta fortuna que él no supo aprovechar y que más bien quizá le sirviera para perderse.

Quito en cambio, con todo y ser el más joven, siempre fue juicioso, bien portado. A estas alturas de la vida por ejemplo, ya es comandante de unidad en la Policía Técnica de Investigación Criminal. De seguro apenas se enterara salía de Caracas para atender a su mamá. Los vecinos comentaban que a Pepe no le esperaba otro final sino el que había conseguido.

-¡Ah mundo si ése muchacho estaba echando vaina desde que era una criatura!

-¡Y la pobre comadre Fina, Dios me lo perdone, va a descansar por fin!

-¡Jesús! Si tenía la casa desvalijá.. ya ni olletas le quedaban a la señora Fina!

-¡Y tanto coroto bueno que dejó el finao!

-¡Ah mundo Dios, madre es madre… cuanto Pepe estuvo preso la última vez se le iban a secar las canillitas a la pobre mujer de tanto ir y venir a llevarle de todo!

-¡Pobrecita la señora Fina! Yo tuve que decirle un día que ella no había fallado en nada, que Pepe no había salido maluco a nadie. Que los hijos son como quieren ser…

-¡Ah mundo! Y cuando le den el parte al pobre Quito. Ése no va a esperar a que amanezca bien pa venirse volando…

Pero nadie pudo ver nada, nadie quiso. Ninguno reparó en los dos hombres que se fueron caminando calle abajo en medio de la oscuridad. El que cruzó a la derecha se subió a un carro y tomó lugar junto al chofer.

Cuando avanzaron un poco escuchó el llanto de otro que estaba en el asiento trasero.

-¡Tenga valor! Esto es arrecho. Pero usted sabe que no había más remedio…

Y Quito se secó las lágrimas, respiró fuerte para recomponerse y dijo:

-¡Es verdad! No había más remedio…

Ya llegaría él de Caracas al otro día para atender a su mamá.

LOS MUÑEQUITOS ESOS...

 

Cuando cumplí ocho años mi abuelo dijo que ya podía hacer mandados porque yo era un hombrecito. Aquello, inflamó de orgullo mi pecho infantil a tal punto que decidí usar únicamente pantalones largos cuando me tocara ir a cumplir algún encargo fuera de la casa. Consideré también que podría visitar a Vanesa Elena y besarla en la boca como hacían los novios en las telenovelas porque, a fin de cuentas, de “hombrecito” a “hombre” la diferencia debía ser muy poca.

No me importaba que por aquella época ella rondara los diecisiete.

Abuelito era un hombre de rituales. Cerca de las cuatro de la tarde se bañaba, iba por leche y pan, y luego de merendar se sentaba al frente de la casa hasta la hora de la cena. Yo siempre le acompañé a la panadería que estaba a cuadra y media. El dueño, un tipo muy amable, trataba de “don” a mi abuelo, y las muchachas, le decían “señor” pero lo trataban con gran cortesía. Conmigo, las muchachas se deshacían en atenciones y halagos, que si “hola papi”, que si “hola mi amor”, que si “hola mi niño”

Abuelito siempre compraba lo mismo, un litro de leche “Del lago” y diez panes salados. Él era un hombre de rituales.

No recuerdo claramente mi primera incursión fuera de la casa para ir a la panadería, pero de lunes a domingo estuve asistiendo cumplidamente por varios meses a realizar mi encargo de un litro de leche “Del lago” y diez panes salados. Una tarde, el dueño salía de la panadería y al notarme sostuvo la puerta para que yo entrara:

-¡Pase adelante, caballero!

Y como las muchachas ya no me decían “papi” o “mi niño” la convicción de que era un hombre se afianzaba cada vez más en mí. Qué vaina. No sé cómo no me fui a casa de Vanessa Elena para besarla en la boca como hacían los novios en las telenovelas.

El caso es que una tarde, al entrar en la panadería algo llamó mi atención: una marca extranjera anunciaba que por la compra de un litro de leche te obsequiarían un muñequito. En realidad, las figuritas representaban a unos niños disfrazados de animales.

Cuando me dirigí al mostrador, ahí estaban, brillantes, hermosos, incitantes, llamativos, convocantes y provocadores los muñequitos. Era de esperarse: ipso facto, cambié de marca y me llevé un litro de aquella leche y diez panes salados. Pensaba que al final todas las leches saben igual.

Noté a mi abuelito un tanto contrariado en cuanto vio la leche. Pero yo tenía en mi bolsillo al pequeño león y soñaba ya con el tigre, el panda, el elefante, la cebra y otros tantos animales como pudiera conseguir para el cabecero de mi cama. Al siguiente día, volví a la panadería, traje los panes, la leche de aquella marca y un oso panda en mi bolsillo que rápidamente fue a parar al cabecero de mi cama junto al león.

Cuando salí de mi cuarto me esperaba abuelito en la sala con una taza en la mano y la leche aquella aun sin abrir. A su orden, me senté frente a él, abrió la leche, colmó la taza y me la extendió. Ni bien me bebí la taza de leche, volvió a colmarla y me la extendió. La tomé pero con más pausa, y, cuando hice ademán de levantarme, abuelito me conminó y tuve sentarme de nuevo.

-¡Se la va a tomar toda, carajo! ¡Usted trae esta leche porque es la que le gusta! ¡Entonces se la toma toda!

La tercera vez que mi abuelo sirvió la taza no alcancé a tomarla toda porque me sobrevino el vómito. Tras el vómito, el llanto copioso de mi niño de ocho años, la intervención de mi madre, la defensa de mis tías, y el regazo generoso de mi abuela que me consolaba.

La basura que se acumulaba en un terreno baldío detrás de nuestra casa sumó aquella noche un pequeño león y un osito panda que yo hice volar por los aires con espíritu vengativo.

La tarde siguiente volví a la panadería, y allí estaban cerca del mostrador, burlones, afeados, sarcásticos, despreciables y más plásticos que nunca, los muñequitos esos.

Con firme voz ordené leche “Del lago” y diez panes salados.

Ya en la calle, una vez traspuesto el cristal de la puerta, y muy seguro de que ellos me escucharían, grité a todo pulmón, como solamente un hombre de ocho años podría hacerlo:

- ¡Muñequitos de mieeeeeerda!

jueves, 23 de noviembre de 2023

Crónica: vainas del padre Emilio.

 

Habiendo nacido en abril de 1922, tenía cincuenta años cuando fue destinado a Santa Ana de Coro el año en que yo nací. Salesiano al fin, tuvo como destino el Colegio Pio XII. Aunque no era su perfil, debió especializarse en biología para ser profesor de ésa catedra por muchos años. Regentó la iglesia de San Gabriel, levantó el moderno templo parroquial de san Juan Bosco y jugó un papel determinante en la constitución de la comunidad parroquial de Cristo Resucitado en la urbanización Independencia donde yo lo conocí alrededor de 1978.

Era caraqueño, de San Juan, y se llamaba Emilio Rodríguez Regalado; aunque se lo conocía simplemente como el padre Emilio.

Escribió y publicó dos folletines: “Encontré a mi madre” una serie de testimonios y afirmaciones piadosas sobre la virgen María, y “Un cura chévere” sobre san Juan Bosco.

En sus clases llevó hasta el extremo aquella afirmación según la cual si uno no lo recuerda es porque no lo sabe y derivó en un verdadero fanático del “caletre”

Tenía fama de poseer un carácter brusco, cortante; era poquito de paciencia y solía tener siempre a mano una salida ocurrente. Amén de ser conocido por contar chistes malos y hacer charadas peores.

Pero es el caso de que cuando se acercaba la década de mil novecientos noventa comenzó a padecer molestias en una de sus piernas que lo convirtieron en un visitante recurrente del consultorio de un reputado traumatólogo coriano con fama de buen médico y de católico piadoso. La pierna se hinchaba sin dolor alguno desde la cadera hasta la totalidad del pie.

Grageas e inyecciones, unturas y flexiones, reposo y hasta una media elástica de compresión se utilizaron en vano porque tras una mejoría aparente, aquí volvía la inflamación de la extremidad inferior como si nada se hubiera hecho por remediarla.

Según me refirió él mismo, cansado ya de tanto tratamiento infructuoso increpó al doctor sobre el origen de aquel mal, y el médico, agotadas sus copiosas lecturas, sus hondas investigaciones y sus sesudas reflexiones se decantó porque aquello era atribuible a meras cuestiones de la edad.

-Se equivoca usted, mi querido doctor –aseveró sereno el padre Emilio dispuesto a salir de la consulta.

-¿Por qué no habría de serlo? –preguntó el médico.

-¡Porque la otra pierna tiene los mismos años que ésta y no se me hincha! –respondió el padre.

En 1989 se le ordenó al padre Emilio dejar  el colegio Pío XII e irse a la Escuela Agronómica de Barinas y de allí pasó a Caracas.

Tristemente, en la ciudad capital le abandonaron la cordura y la alegría y fue apagándose de a poco hasta que murió un día de mayo lejos de su querida Coro, ésta ciudad cada día más achacosa dizque por cuestiones de la edad…

CALIXTO GUTIÉRREZ AGUILAR.

 

 

domingo, 10 de septiembre de 2023

¡A muerte!

 Esperas la noche para atacar.

¡Pérfido! ¡Maligno! ¡Artero!

Lo tuyo es ir sobre seguro, 

por eso prefieres lo oscuro,

¡Infame! ¡Desleal! ¡Traicionero!


¡Osas venir a mi cuarto!

¡Profanas impune mi habitación!

Aquí estás y no te muestras, 

son tus intenciones siniestras

y te gozas en mi confusión.


¡Decreto tu muerte para hoy!

Nos batiremos en último duelo,

Tú a lo tuyo ¡Sabandija!

que una misma tiniebla nos cobija

y daremos los dos al mismo suelo.


¡Yo cantaré victoria!

¡Qué importa al fin lo que yo pierda!

Dejaré mi cama, dejaré mi paz;

Y de un cotizazo… ¡Zas!

¡Yo te mataré, grillo de mierda!


 CALIXTO GUTIÉRREZ AGUILAR

viernes, 14 de julio de 2023

Dubio...

 

José Dubio estaba lleno de las mayores incertidumbres, tanto, que ya no le cabía la menor duda.

miércoles, 5 de octubre de 2022

Calle Federación, esquina calle Falcón...

 

 

“En la larga lista de los derechos humanos debía figurar el derecho a calzarse de “Walkover” sin ningún problema. Sí, todos debíamos tener el derecho de acceder a lo bueno, a lo mejor. Porque al final, si se tienen los recursos ¿Qué hace a un hombre diferente de otro?”

Tal elucubraba el humilde trabajador del Ministerio de Obras Públicas cuando saliendo de las oficinas tomaba el rumbo de la calle Federación para seguir por ésta en sentido norte. Llevaba doblado en el bolsillo izquierdo de la camisa el cheque de veinticinco bolívares que había obtenido de la caja de ahorros pensando en unos zapatos nuevos; pero eso sí, no cualquier tipo de zapato, tenía que ser una vaina buena.

Al llegar a la esquina de la calle Falcón entró en la zapatería. Un italiano, otrora barbero, devenido ahora en comerciante de zapatos y afines, se deshizo en atenciones y le mostró muchas ofertas y tipos de calzado. Pero no, ni juntando a la billetera lo que llevaba en el bolsillo, alcanzaba la suma de lo que costaban los zapatos que él quería.

A la contrariedad inicial respondió el italiano con una salomónica solución:

-¡Te los compras por apartado!

-¿Y cómo es eso?

-Hoy pagas la mitad, y cuando vuelvas por los zapatos dentro de un mes, me pagas la otra mitad.

Casi cerraban el trato cuando el coriano retrechero preguntó:

-¿Y vos me vas a dar un zapato hoy?

-¡No! Eso no se puede-respondió amable el italiano tan gordo como bonachón

-¿Y por queeeeé pues? ¡Ahooooora sí! ¿Y es que vos sos más honrado que yo?

La explicación que intentó dar el italiano quedó en el aire porque el coriano tras decir “no me vendás un carajo” se encogió de hombros y salió de la zapatería con rumbo a “El apagafuegos” donde el puro cheque le bastaría para divertirse por largo rato.

II

Hay días en que esta ciudad me entristece. Entonces, salgo por ahí y me siento a la sombra de una casona o de un árbol, y por las veredas de la memoria huyo a otros tiempos y evoco picardías y gente noble para reconciliarme con ella. Así me pasó ayer, sentado en los peldaños del pórtico de una clausurada zapatería en la calle Federación, esquina calle Falcón…

CALIXTO GUTIÉRREZ AGUILAR.

 

viernes, 1 de julio de 2022

Crónica: Alegato de demencia…

 

En agosto de 1986 el muy distinguido prelado Julio Urrego Montoya, asumió el encargo de regentar la parroquia eclesiástica de Cristo Resucitado en la urbanización Independencia donde todavía resido. La renuncia de los salesianos causó su nombramiento y en la comunidad lo recibimos con no pocas reticencias. El tiempo demostró fehacientemente que la tal designación resultó muy acertada.

Pero es el caso que, cuando se iniciaba la década de 1990 hallábame yo a su servicio en calidad de Ministro extraordinario para La Comunión y Delegado de La Palabra, encargos que cumplía desde 1988 y que me llevaron a Las Calderas, a el barrio San José, el barrio 5 de Julio y muchos otros sectores.

Urrego Montoya era muy afín al partido socialcristiano COPEI y entre sus líderes locales y nacionales cultivó amistades que lo beneficiaron mucho en lo personal y en su incansable hacer de párroco. Por mi parte, aunque nunca he militado en ninguna organización partidista, siempre fui simpatizante de Acción Democrática, partido al cual se oponía COPEI. Claro, eran otros tiempos, y la mayoría estábamos en inocente ignorancia de la sombra funesta que se nos avecinaba.

Una mañana de sábado, exudando todavía los zumos del alcohol ingerido la tarde/noche anterior, me dirigí a la casa del ya nombrado presbítero resultándome sorpresivo que la puerta del garaje se hallara abierta contra su natural uso. 

En la calle, unos metros antes de la casa, una camioneta de modelo reciente se hallaba estacionada. Eso no me dijo nada. Según se entra a la casa, al fondo a mano derecha, se hallaba un hombre al que juzgué jardinero o algo así. 

La puerta principal de la casa también estaba abierta, con todo y ser temprano. Aunque esto sí llamó mi atención, decidí obviar el hecho.

Gobernaba el estado Falcón el abogado Aldo Cermeño Garrido, copeyano, amigo muy cercano del padre Julio.

Pues he aquí que yo -ignorante de lo que pasaba en la casa-  para causar incordio (entiéndase: por joder) a quien era mi párroco, entro entonado la única parte que me sé del himno del partido Acción Democrática:

¡Adelante, a luchar milicianos, a la voz de la revolución..!

Sorpresa mayúscula para mí que ni bien termino de llegar al área de la cocina –donde habitualmente se servía el desayuno- me encuentro nada más y nada menos que al gobernador Cermeño en  calidad de comensal y único compañero de Urrego Montoya en la refección matinal.

Ni qué decir que me quedé paralizado y sin saber qué hacer. Cermeño sorprendido demudó el rostro en una expresión de ¿Y a éste que le pasa? Urrego Montoya alegó en mi favor:

-¡No le hagas caso! ¡Ése carajo es loco!

 A lo cual ripostó el gobernador:

-¿Loco? ¡Adeco es que es!

Y aunque ellos se rieron por la situación, yo me deshice en zalemas y disculpas para salir de retroceso y acumular varios días sin volver a la residencia.

Cuando volví, la consabida llamada de atención pasó primero por una sonora mención a mi madre (que nada tenía que ver con mi conducta) y, por supuesto, que se me hizo la advertencia de que aquella sería la última vez que tales cosas se me tolerarían.

El tiempo, inexorable e inclemente como la muerte, pasó y se llevó al padre Julio. Yo admito una cierta forma de orfandad con ello, pero no puedo evitar recordarlo cuando de propósito entono la única parte que me sé del himno de Acción Democrática...

CALIXTO GUTIÉRREZ AGUILAR