José Dubio estaba lleno de las mayores incertidumbres, tanto, que ya no le cabía
la menor duda.
José Dubio estaba lleno de las mayores incertidumbres, tanto, que ya no le cabía
la menor duda.
“En la larga lista de los derechos humanos debía figurar
el derecho a calzarse de “Walkover” sin ningún problema. Sí, todos debíamos
tener el derecho de acceder a lo bueno, a lo mejor. Porque al final, si se
tienen los recursos ¿Qué hace a un hombre diferente de otro?”
Tal elucubraba el humilde trabajador del Ministerio de
Obras Públicas cuando saliendo de las oficinas tomaba el rumbo de la calle
Federación para seguir por ésta en sentido norte. Llevaba doblado en el
bolsillo izquierdo de la camisa el cheque de veinticinco bolívares que había
obtenido de la caja de ahorros pensando en unos zapatos nuevos; pero eso sí, no
cualquier tipo de zapato, tenía que ser una vaina buena.
Al llegar a la esquina de la calle Falcón entró en la
zapatería. Un italiano, otrora barbero, devenido ahora en comerciante de zapatos y
afines, se deshizo en atenciones y le mostró muchas ofertas y tipos de
calzado. Pero no, ni juntando a la billetera lo que llevaba en el bolsillo, alcanzaba la suma de lo que costaban los zapatos que él quería.
A la contrariedad inicial respondió el italiano con una
salomónica solución:
-¡Te los compras por apartado!
-¿Y cómo es eso?
-Hoy pagas la mitad, y cuando vuelvas por los zapatos
dentro de un mes, me pagas la otra mitad.
Casi cerraban el trato cuando el coriano retrechero
preguntó:
-¿Y vos me vas a dar un zapato hoy?
-¡No! Eso no se puede-respondió amable el italiano tan
gordo como bonachón
-¿Y por queeeeé pues? ¡Ahooooora sí! ¿Y es que vos sos más
honrado que yo?
La explicación que intentó dar el italiano quedó en el
aire porque el coriano tras decir “no me vendás un carajo” se encogió de
hombros y salió de la zapatería con rumbo a “El apagafuegos” donde el puro
cheque le bastaría para divertirse por largo rato.
II
Hay días en que esta ciudad me entristece. Entonces,
salgo por ahí y me siento a la sombra de una casona o de un árbol, y por las
veredas de la memoria huyo a otros tiempos y evoco picardías y gente noble para
reconciliarme con ella. Así me pasó ayer, sentado en los peldaños del pórtico
de una clausurada zapatería en la calle Federación, esquina calle Falcón…
CALIXTO
GUTIÉRREZ AGUILAR.
En agosto de 1986 el muy distinguido prelado Julio Urrego
Montoya, asumió el encargo de regentar la parroquia eclesiástica de Cristo
Resucitado en la urbanización Independencia donde todavía resido. La renuncia
de los salesianos causó su nombramiento y en la comunidad lo recibimos con no
pocas reticencias. El tiempo demostró fehacientemente que la tal designación resultó
muy acertada.
Pero es el caso que, cuando se iniciaba la década de 1990
hallábame yo a su servicio en calidad de Ministro extraordinario para La Comunión
y Delegado de La Palabra, encargos que cumplía desde 1988 y que me llevaron a
Las Calderas, a el barrio San José, el barrio 5 de Julio y muchos otros
sectores.
Urrego Montoya era muy afín al partido socialcristiano
COPEI y entre sus líderes locales y nacionales cultivó amistades que lo
beneficiaron mucho en lo personal y en su incansable hacer de párroco. Por mi
parte, aunque nunca he militado en ninguna organización partidista, siempre fui
simpatizante de Acción Democrática, partido al cual se oponía COPEI. Claro,
eran otros tiempos, y la mayoría estábamos en inocente ignorancia de la sombra
funesta que se nos avecinaba.
Una mañana de sábado, exudando todavía los zumos del alcohol ingerido la tarde/noche anterior, me dirigí a la casa del ya nombrado presbítero resultándome sorpresivo que la puerta del garaje se hallara abierta contra su natural uso.
En la calle, unos metros antes de la casa, una camioneta de modelo reciente se hallaba estacionada. Eso no me dijo nada. Según se entra a la casa, al fondo a mano derecha, se hallaba un hombre al que juzgué jardinero o algo así.
La puerta principal de la casa también estaba abierta, con
todo y ser temprano. Aunque esto sí llamó mi atención, decidí obviar el hecho.
Gobernaba el estado Falcón el abogado Aldo Cermeño
Garrido, copeyano, amigo muy cercano del padre Julio.
Pues he aquí que yo -ignorante de lo que pasaba en la casa- para causar incordio (entiéndase: por joder) a quien era mi párroco, entro entonado la única parte que me sé del himno del partido Acción Democrática:
¡Adelante, a luchar milicianos, a la voz de la revolución..!
Sorpresa mayúscula para mí que ni bien termino de llegar
al área de la cocina –donde habitualmente se servía el desayuno- me encuentro
nada más y nada menos que al gobernador Cermeño en calidad de comensal y único compañero de
Urrego Montoya en la refección matinal.
Ni qué decir que me quedé paralizado y sin saber qué
hacer. Cermeño sorprendido demudó el rostro en una expresión de ¿Y a éste que le pasa? Urrego Montoya
alegó en mi favor:
-¡No le hagas caso! ¡Ése carajo es loco!
A lo cual ripostó
el gobernador:
-¿Loco? ¡Adeco es que es!
Y aunque ellos se rieron por la situación, yo me deshice
en zalemas y disculpas para salir de retroceso y acumular varios días sin
volver a la residencia.
Cuando volví, la consabida llamada de atención pasó
primero por una sonora mención a mi madre (que nada tenía que ver con mi
conducta) y, por supuesto, que se me hizo la advertencia de que aquella sería
la última vez que tales cosas se me tolerarían.
El tiempo, inexorable e inclemente como la muerte, pasó y
se llevó al padre Julio. Yo admito una cierta forma de orfandad con ello, pero
no puedo evitar recordarlo cuando de propósito entono la única parte que me sé
del himno de Acción Democrática...
CALIXTO
GUTIÉRREZ AGUILAR
Como cualquier otro barrio popular en cualquier otra
ciudad, el de Monteverde en Coro tiene entre sus moradores suficientes
anécdotas como para llenar generosos volúmenes. Hay en cada barrio popular
innumerables chistes que contar y otras tantas situaciones de las cuales
reírse. Aburrirse es un lujo que no pueden darse los pobres. El aburrimiento es
para los ricos y para los imbéciles.
El caso es que cuando agonizaba aquella dictadura que
marcó la década de 1950 y aún en los primeros días de la naciente democracia,
el estado venezolano tenía características netamente policiales. Los cuerpos de
seguridad marcaban la pauta en el ritmo de la vida común. La mayoría evitaba el
más mínimo roce con las fuerzas de la ley habida cuenta de la severidad de los
castigos que por entonces se infligían.
Chulito estaba en una esquina de la calle Manaure
acompañado de un par de colegas del arte de no hacer nada. No es que Chulito
fuera malo propiamente dicho, es que marcadamente propendía al ocio, le gustaba
el aguardiente en la misma proporción en la que rehuía el trabajo y era muy
amigo de piropos y “flores” para las muchachas que pasaran cerca de él.
El caso es que aquel sábado, día de la visita semanal,
tres doncellas caminaban rumbo al Cuartel General Juan Crisóstomo Falcón en
donde se halla acantonado el “Batallón Girardot” una de las muchachas era la
hija del capitán Gordillo. Chulito se abstuvo de decir comentario alguno. Uno
de sus colegas, sin embargo, ensalzó a viva voz las pantorrillas, la cintura,
el vestido, el corte y color de los cabellos de la hija del militar. Por
supuesto, todo aquello expresado en términos un tanto prosaicos. Chulito,
ciertamente el mayor del grupo, instó a los compañeros a retirarse no fuera a ser
cosa que la muchacha le contara al papá y se armara un problema por aquello. Convenida
la disolución, cada uno tomó un rumbo distinto.
Una de las muchachas al presentar la queja ante el
capitán dijo que no sabía quiénes eran los groseros, pero que en el grupo pudo
reconocer a uno de Monteverde que le dicen “Chulito” Gordillo dijo que esa
pista era suficiente para iniciar las averiguaciones y vengar la afrenta
sufrida, por lo que inmediatamente salió del cuartel a bordo de un Jeep del
ejército. Un soldado le hacía de chofer y otro de escolta. Copiloto iba el
enfurecido capitán cuando a las diez y media de la mañana llegaron a
Monteverde.
Chulito estaba por entrar a su casa cuando la patrulla
del ejército frenó bruscamente y le conminaron a detenerse.
-¡Buenos días ciudadano!
-¡Buenos días! A sus órdenes…
-¿Usted vive por aquí mismo? ¿Conoce a un individuo al
que apodan Chulito?
El interrogado admitió que era de las inmediaciones y que
sí, que aunque no era su amigo ni tenía tratos con él, bien podría identificar
al tal Chulito si lo veía aunque fuera de lejos.
Entonces el capitán le hizo subir al asiento trasero de
la patrulla y calle a calle, callejón a callejón recorrieron el barrio una y
otra vez sin que pudiera el baquiano dar una identificación positiva del
elemento requerido.
Llegó el mediodía y las horas del sopor comenzaron a caer
llenando a las calles de brillo de sol y soledad. Cansado, hambriento, furioso
y sediento, el capitán hizo detener el Jeep frente a una pequeña tienda de
abasto para tomar al menos un refresco porque así lo reclamaba aquel sol de las
dos de la tarde.
Le siguió el escolta mientras Chulito y el chofer
aguardaban en el carro.
La vieja Sabina, muy amiga de chismes y de averiguaciones
irrelevantes, venía de su casa camino de la pequeña tienda más por darse al
chisme que por comprar algo. Al pasar junto al carro militar -que obviamente
llamó su atención- se fijó que un hombre en el asiento trasero se inclinaba hacia
adelante como para ocultar su rostro. Una maniobra bastante inútil porque doña
Sabina reconociendo al individuo chilló con su habitual retintín:
-¡Chuliiiiiiiito! ¡Muchacho! ¿Estás trabajando con el
gobierno ahora?
Ni bien oyó el nombre, el chofer hizo sonar la bocina y
el capitán con su escolta salieron de la bodeguita rápidamente,
-¡Aquí está el hombre mi capitán! Este es el tal Chulito que buscamos desde
esta mañana.
El viaje hasta el cuartel fue en silencio y a muy alta
velocidad. Formaron la soldadesca que había quedado en el batallón (unos
treinta y seis hombres) y el capitán Gordillo les arengó una vez más sobre el respeto
debido a las damas, tanto más si éstas son criaturas que recién abandonan la
pubertad. Porque irrespetar a una dama es algo impropio para un hombre
verdaderamente hombre, afirmó el capitán Gordillo.
Para que sirviera de escarmiento, hizo formar dos
columnas de dieciocho hombres. Cuando cada uno tuvo en sus manos la
correspondiente “peinilla” hizo pasar a Chulito con las manos entrelazadas
sobre la cabeza por la calle de soldados que le saludaban las nalgas a planazos
mientras le repetían la odiosa cantinela:
-¡Pa que respete, carajo!
Maltrecho y avergonzado lo arrojaron a un calabozo de
donde lo hicieron salir como a las siete de la noche sin reconvenirlo
mayormente.
Llegó a la plaza de El Tenis y en El Parque buscó un
banco lejos de las luces y se echó de boca abajo a llorar su fatalidad.
Abruptamente, recordó el rostro encolerizado del capitán al saberse burlado, la
cara de hambre de los soldados que lo cargaban en el Jeep y la expresión de la
vieja Sabina. Entonces, una risa de locos se apoderó de él y exclamó:
-¡Coño e la madre! Nunca falta un entrépito…
Y cansado, se quedó dormido. Ya clareaba el domingo
cuando despertó y se levantó del banco. Se encaminó a su casa renqueando y
sosteniéndose de las paredes ajenas de tanto en tanto. Oyó a un vecino gritarle
que pusiera de su parte y que ya no bebiera tanto aguardiente, pero él no
estaba de ánimos para dar explicaciones.
Una semana de reposo le bastó para reponerse totalmente y
en poco volvió a ser Chulito, aquel que no es que fuera malo propiamente dicho,
sino que marcadamente propendía al ocio. Al que le gustaba el aguardiente en la
misma proporción en la que rehuía el trabajo y era muy amigo de piropos y
“flores” para las muchachas que pasaran cerca de él. Pero que ya no se iba por
lados de la calle Manaure…
CALIXTO
GUTIÉRREZ AGUILAR
Entre los corianos de otros tiempos era muy popular la práctica deportiva del boxeo. En cualquier lugar se improvisaba un cuadrilátero y se organizaban combates amateurs para deleite de hombres y mujeres que se desgañitaban aupando al púgil de su preferencia.
En las inmediaciones de la calle “El Sol” se organizaba
un “ring” con cierta frecuencia y, entre otros, allí combatía el célebre
“Cachano” por mucho tiempo invicto en la plaza local. Retador que le
presentaban, retador que vencía.
La indumentaria boxística consistía simplemente en
quitarse la camisa y en dejarse vendar las manos con trapos de diversa índole
que eran revisados acuciosamente por quien habría de hacer de árbitro.
A Cachano le acompañaba un preparador físico con el que
solía verse únicamente en el momento de la pelea. Cachano era un hombre no muy
alto pero robusto y macizo aunque sin exageraciones.
El que hacía de empresario boxístico le dijo un día:
-¡Mirá Cachano, voy a tener que traer un retador de otra
parte! Ya nadie de por aquí quiere pelear contigo.
Y así fue, de “la
tierra del sol amada” trajeron un improvisado boxeador para enfrentarlo a
Cachano el campeón. No se conocieron sino hasta el momento de la pelea. Eran
ambos de la misma estatura y probablemente del mismo peso. Pero al retador
maracucho se le notaba una barriga de no muy firme consistencia.
Y por el altavoz se anunció el premio:
-¡Dos bolívares para el ganador! ¡Un real para el
perdedor!
Dijo el preparador físico:
-Mirá Cachano, buscale la barriga siempre. Dale en la
barriga y lo tumbarás…
Ni bien sonó la campana ambos combatientes buscaron el
centro del cuadrilátero y Cachano saltaba con pequeños brincos que asemejaban
una danza buscando su oportunidad de pegar en la barriga del contrincante.
De pronto, el zuliano, asestó un fuerte golpe en el pecho
del coriano. Un solo golpe, sólido, seco, contundente, que lo hizo caer de espaldas
en la lona. Cachano tosía y parpadeaba una y otra vez. El árbitro vino a
contar. El entrenador se acercó también:
-¡Parate Cachano! Tú podés con ese hombre…
El aturdido campeón ripostó desde el suelo:
-¡No jooooooda! ¿Por dos bolívares?
Y con una sonrisita imposible de ocultar oyó al “referee” terminar la cuenta: ocho, nueve,
diez.
Entonces sí se levantó, se retiró del ring y del boxeo. Con él se
fue también una constelación de adalides de barrio que soñaba con alcanzar la
gloria a puñetazo limpio.
CALIXTO
GUTIÉRREZ AGUILAR
En
tiempos de “La cunaguara” era Santa Ana de Coro un pueblote pretencioso que se
creía una ciudad. Y aunque al núcleo central de aquel puñado de casas, casonas
y templos, ya comenzaba a cercarlo su cordón de barrios populares,
la otrora primera capital de Venezuela conservaba al sureste las huertas de
familias pudientes, lo que le prolongaba el aire rural.
Irrigaban
aquellos cultivos, unas acequias que derivaban las aguas del río Coro,
represado en El Malecón de Caujarao por los hijos del mismísimo general Rafael
Urdaneta.
La
cunaguara y sus hermanas, avecindadas en lo aledaño a las huertas, ya por necesidad
o ya por vicio, optaron por abandonar muy temprano la idea de concertarse en
alguna casona o de iniciarse en las primeras letras con miras a obtener un
oficio decente. Ellas fueron putas, desde jovencitas, así de sencillo.
De
la cunaguara y sus hermanas nadie guardó sus nombres, de ellas solo se guardó
el recuerdo del oficio que ejercían.
Poseedor
de tantas morocotas como años, caminaba Don Manuelito rumbo a su huerta en
compañía de un joven ahijado de unos doce
años, de quien sospechaba, ya quería iniciarse en la muy coriana
práctica de la zoofilia. Con aire grave, Don Manuelito al pasar frente a la
iglesia de San Antonio, se quitó el sombrero y se santiguó solemnemente para
dar con ello inicio a la perorata que lo traía por los predios de su huerta un
domingo. Esto contra su natural costumbre de descansar en “el día del Señor”
Advertía
al pequeño ahijado, quien como a un divino oráculo lo escuchaba, que eso de
andar en pos de cabras y marranas, detrás de vacas y burras, era cosa de gente
depravada y primitiva. Además, por si fuera poco, eso iba contra la voluntad de Dios y exponía al
perpetrador a contraer enfermedades incurables, existiendo siempre la
posibilidad -¡Dios no lo permita!- de engendrar una criatura híbrida como presagio
del inminente fin del mundo. Sobre la masturbación no le prevenía, pero le machacó
una y otra vez:
-¡Para
el hombre, la mujer!
Huir
de la zoofilia y del ocio son dos cosas que un hombre decente debería hacer con
ahínco. Por dar un ejemplo, en la huerta estaba uno de sus nietos “El catire”
trabajando como cualquiera de los peones porque se resistía a estudiar pese a
tener también unos doce años. Si no quería ir a la escuela debía trabajar,
porque la vagancia, ofende a Dios que dio a los hombres extremidades y fuerzas
para conseguirse el pan. Se empieza por ser un holgazán y se termina por ser un
delincuente, razonaba Don Manuelito.
Al
fin llegaron a la huerta, sin mayor ruido abrieron el portón y entraron. Nadie
se veía por los alrededores. Don Manuelito, perspicaz como todos los viejos y
desconfiado como todos los ricos, rodeó la casa sin llamar. Nadie andaba por
allí.
Se
dirigió a las vaqueras bordeando el
estanque y allí estaba “El catire” desnudo, de espaldas a él, y montado sobre
una vaquilla en afán copulador, sudando,
bufando y lanzando exclamaciones en la
inocultable proximidad de la eyaculación.
Don
Manuelito y el ahijado retrocedieron en silencio para ingresar a la casa. Una
vez dentro, Don Manuelito dispuso todo para hacer café, y tomar, con panes y
queso, una merienda de media mañana para reponerse y volver a casa.
Oloroso
a “Lifebuoy” y bien peinado entró al mucho rato “El catire” disculpándose por
no haber venido antes al encuentro del abuelo. Lucía sus ropas limpias de
domingo y venía de bañarse. Por eso se había tardado tanto.
La
breve refección transcurrió sin sobresaltos hasta que el viejo dio la noticia
de volver a casa. El ahijado se adelantó hasta el portón y “El catire” venía
tras el abuelo que caminaba intencionalmente a paso demorado. Traspuesto
el portón el ahijado se alejó un poco, pero no tanto como para no ver el
momento en que Don Manuelito sacaba una moneda de cinco bolívares:
-¡Tome
catire! Agarre ése fuerte ¡Vaya a coger
a La cunaguara! ¡Pero déjeme los animales quietos!
La
última parte de la advertencia la acompañó de un poderoso coscorrón que hizo
trastabillar al nieto, y hasta el día de hoy, hace reír al ahijado al evocar
los tiempos de “La cunaguara” cuando Santa Ana de Coro era un pueblote con
pretensiones de ciudad.
CALIXTO GUTIÉRREZ AGUILAR.
No saben del otoño,
que con sus gélidas brisas en tardes grises,
clava flechas de nostalgia en las almas.
Nunca han
visto la nieve,
que con sus heladas sepulta la vida,
y siembra en los corazones anhelos de fuego y calor;
ansias de hogar.
Jamás se han rendido abrasadas por el verano
inclemente,
que a gentes
y animales, a hierbas y árboles,
doblega sitibundos…
¡No! ¡Las plantas del jardín mi mamá son todas
tropicales!
Las matas de mi mamá, todas gritan ¡Caribe!
Y sin embargo…
O más bien por eso…
¡Cómo entiende de primaveras el jardín de mi casa!
CALIXTO GUTIÉRREZ AGUILAR