miércoles, 22 de abril de 2020

IN ILLO TEMPORE…


La feliz iniciativa del señor cura de la catedral por fin se había cristalizado en un colegio. Luego, el señor obispo destinó la nueva institución al cuidado de una congregación religiosa que lo atendiera y un pequeño rebaño de sacerdotes educadores llegó a la ciudad. Corría la década de 1950 y había entonces otra manera de hacer las cosas en el ámbito educativo. Por ejemplo, la memorización era fundamental. Eran los tiempos del “caletre”
Un cierto sacerdote de origen alemán se ocupaba de las clases de biología, y en el colegio, inicialmente para varones, “juambimbas” y “patiquines” hacían los primeros experimentos de igualdad democrática, aunque posiblemente “la palmeta” no se distribuyese entre los infractores con el mismo criterio.
Pero es el caso de que el consabido cura profesor de biología era como ninguno otro un defensor del caletre partiendo tal vez de aquel principio de que “si no lo recuerdas, no lo sabes”
Los exámenes orales eran particularmente rigurosos en aquel entonces, pero –nunca falta un pero- el padre que daba biología tenía además de su origen teutón otra interesante particularidad: era sordo, casi tan sordo como un tapia.
Habiendo llegado al tema de la clasificación de los insectos anticipó el consabido sacerdote un examen oral para la siguiente clase. El examen, consistiría en nombrar uno a uno los tipos de insectos según su clasificación. Los alumnos temblaban pues el padre además de alemán, profesor y sordo, era en extremo irascible y por ende intolerante con los alumnos negligentes.
Y llegó el día del examen. Por los pasillos del colegio, los angustiados alumnos hacían sus repasos de última hora. En algunos rostros el terror era evidente. De aquella veintena de adolescentes solamente uno se mostraba confiado. Este alumno era un vivaracho –nunca falta un vivaracho- que muy poco se había ocupado de los tales órdenes en que se clasifican los insectos. No había dudas, algo tramaba.
Entre los pupilos se escuchaba el murmullo de la clasificación de los insectos repetido casi como un rezo: odonatos, ortópteros, isópteros, hemípteros, lepidópteros, dípteros, himenópteros y coleópteros… y cómo no, alguno hubo que entró a la modesta capilla para repasar a los pies del “padre y maestro de la juventud”
Sonó el timbre que señalaba el fin del receso y los muchachos volvieron al aula para el examen de biología que ya dije en qué consistía. El padre alemán, demudado el rostro, gritaba como un loco cada vez que un alumno fallaba al no recordar el orden de la clasificación o al olvidarse de alguna de las categorías. La cólera del profesor no ayudaba a los alumnos que faltaban por pasar a escrutinio y solo el vivaracho se mantenía incólume.
A su turno, se puso en pie, el padre ya respiraba agitado previendo un nuevo fracaso, el alumno dijo en voz fuerte y clara:
-¡Odonatos!
Y levantó su mano derecha a la altura del rostro mientras extendía el meñique en ademán de contar. Acto seguido, extendió el anular y bajando un poco la voz murmuró:
-¡Coleópteros!
Poniendo énfasis en las dos últimas sílabas de la palabra. Luego extendió el dedo medio y repitió:
-¡Coleópteros!
Mientras de nuevo murmuraba al inicio de la palabra y subía el tono de voz en las dos últimas sílabas.
Y así, ante sus asombrados compañeros y su engañado profesor completó siete de las ocho categorías. Cuando iba a sentarse el padre le espetó.
-¡Falta una categoría!
Y con el mayor descaro se puso en pie y dijo a voz en cuello:
-¡Coleópteros!
Entonces el padre entre orgulloso y aliviado se levantó de su asiento aplaudiendo y voceando:
-¡Muy bien! ¡Muy bien! ¡Muy bien!

Eran los tiempos del caletre y en aquel tiempo las cosas se hacían de otra manera…

CALIXTO GUTIERREZ AGUILAR



sábado, 21 de marzo de 2020

LIKE A MIRROR…


 “Cada libro que me atrae, cada cuadro o pieza de música, me recuerdan todo lo que no he podido crear, y me recuerdan que no tenemos la eternidad de nuestra parte”
Miguel Gomes. EL SILENCIO DE LA NOCHE

Desde que se me da esto de escribir relatos salgo eventualmente por las calles a hacer nada. Cuando nada me viene a la mente y la inspiración no me llega, voy a su encuentro en la gente que frecuenta plazas y cafés. A veces, me subo a un autobús y hago todo el recorrido de la ruta nada más que por ver gente y comenzar a imaginar sus historias. Eso sí, evito las conversaciones, no salgo a entrevistar a nadie. Con algunos transeúntes me pasa que coincido más de lo que quisiera y entonces esbozan sonrisas y gestos cordiales. Afortunadamente siempre frustro sus intentos de saludarme y conversar. No me interesa lo que quieran decir…
Cada tanto vengo a este café donde me encuentro ahora y no es la primera vez que veo a aquel tipo que me mira como si me estuviera dibujando y hace apuntes -al menos eso me parece- en una suerte de block para cartas de esos que ya no salen. Por mi parte, yo apenas levanto la mirada de mi computador portátil.
El hombre que me mira es más bien un sujeto, un tipo, con aire de personalidad irrelevante que apenas si pasaría percibido. Asumo que trabaja en alguna dependencia oficial de las que abundan alrededor de este lugar. No debe ser el muchacho de los mandados, pero, por su apariencia, juzgo que tampoco sea el gerente o director. Es un simple tipo…
Contrario a mí, viste de jeans y zapatos casuales, lleva una especie de suéter azul y pende alrededor de su cuello lo que asumo será una escarapela con su nombre, número de cédula y descripción del cargo. Por mi parte, sin que yo sea una suerte de Petronio, cuido de vestir formalmente la mayoría del tiempo, lo cual incluye llevar pañuelo planchado y zapatos pulidos, ocasionalmente, como no, voy de corbata.
¿Qué tanto me mira este tipo?  Cuando levanto la mirada vuelve la suya al block y esboza o garabatea. Trato de sorprenderlo y siempre hace el mismo gesto. Confieso que ya me tiene un poco inquieto. Noto que tanto como yo, el tipo evita el contacto con otros, no saluda, no responde.
Me parece que apenas gruñe sus órdenes al que atiende y con imperceptibles monosílabos responde si le pregunta algo. Algo trama, no tengo dudas, algo que tiene que ver conmigo.
Estoy decidido a darle el mismo trato que a cualquier otro extraño si intenta acercarse a mí: fingiré estar escribiendo algo muy importante y apenas me oferte su compañía y conversación le responderé –evocando a Melville- como si yo fuera el mismísimo Bartleby.
¡Coño! Tal como yo lo había calculado, el tipo se levanta y viene hacia mí…
Por alguna extraña razón, ahora este tipo con cara de irrelevante parece sonreír mientras llega a mi mesa. Hago que escribo mientras pienso qué debo hacer para evitar a toda costa una conversación con él.
Llega, afortunadamente no me dice nada. Y pone frente a mí su hoja con este relato…
CALIXTO GUTIERREZ AGUILAR





sábado, 4 de enero de 2020

Un asunto de alcurnia...


Amigo como era Don Pancho de dar fiestas y ofrecer opíparos banquetes para alardear de su rancio abolengo y de sus inagotables haberes, terminó por conocer en cierta ocasión a un fulano español certificador de linajes que solía vivir entre Caracas, Cartagena de Indias y Sevilla. El tal, se hacía creíble por mostrar hermosas tarjetas de presentación elaboradas en cartulina de hilo y bellamente escritas en dorados altorrelieves que mostraban además el emblema de un real instituto de vaya usted a saber qué cosa.
-No conviene que un hombre como usted que habita en una de las construcciones más emblemáticas de esta ciudad, y cuyo apellido se enlaza a los mismísimos conquistadores vaya por ahí desconociendo su prosapia, Don Panchito –dijo el español-

Notando el efecto que tales palabras habían causado en el natural vanidoso de su interlocutor, el español remató:
-¿Qué tal que corresponda a usted por justo derecho el ostentar algún título nobiliario de aquellos que a perpetuidad concedía el reino de España?

Don Pancho por un momento se vio a sí mismo correctamente trajeado y usando alguna insignia propia de quien sabe cuál marquesado, ducado o condado. Se vio a sí mismo siendo objeto de disculpas por parte del nieto de Alfonso XIII y en ese brevísimo instante casi ensaya la forma en que diría: ¡No se preocupe, no ha sido voluntario error de Vuestra Majestad! ¡Le perdono!
Al término de la conversación extendió el correspondiente cheque y el agente de blasones se marchó con la promesa de volver pronto con un primer informe.
Un par de meses después, el investigador de alcurnias se presentó con algunos papeles certificados y notificó a su cliente que había conseguido datar hasta el siglo nueve al más lejano de sus parientes a quién con toda razón debía considerarse el  fundador del linaje. El tal, fue un hombre de armas al servicio de Alfonso III de Asturias que en pago de sus servicios habría recibido tierras de señorío y título de señor absoluto de aquellos predios. Don Pancho no cabía dentro de sí mismo a causa del orgullo y sin embargo hizo un gran esfuerzo por escuchar pacientemente la relación de sus antepasados hasta el siglo trece: señores, barones, condes, marqueses, generales, arzobispos…
-¡Ir más allá del siglo trece requerirá de una inversión mayor Don Pancho pues son mayores los problemas y más delicados los asuntos. Yo tendría que buscar en los anales de La Casa de Contratación y en Los Archivos de Indias… ¡Y allí no se puede ir sin un duro!  –afirmó taxativamente el español-
-¡Siga usted adelante que este asunto me está gustando! -exclamó Don Pancho-

Convenida la suma un segundo cheque fue a parar a las manos del gestor de linajes y una nueva promesa de volver dejó en ascuas a Don Pancho por otro par de meses.
En la fecha anunciada hete aquí al investigador:
-¡Me encontrado un par de cosillas que no sé si sean de vuestro agrado pero igual pasaré adelante con ellas!-dijo el español
Y fue contando cómo a partir del siglo trece se perdían las noticias del linaje hasta que reaparecían dos individuos  en el siglo dieciséis. El uno juzgado y encarcelado por ser amigo de usar muchos afeites y perfumes, mostrando además ademanes femeniles; y el otro, mencionado como pertiguero mayor de la iglesia de san Francisco de Asís en una lejana y empobrecida comarca. Sobre el oficio de pertiguero preguntó Don Pancho y el español respondió que se trataba de alguien que lleva una vara larga y fina en las procesiones pero que sin ser clérigo va ataviado con ropajes litúrgicos. El español aseveró:
-¡Claro que ahora esas varas van recubiertas de plata! Pero antes no. El pertiguero vigilaba que los animales no entrasen al templo abierto durante la semana santa. Básicamente azotaba con la pértiga a los canes y otras especies intrusas…
El ademán pensativo  que había mostrado Don Pancho durante la exposición del gestor se mudó repentinamente en una expresión de cólera terrible. Se levantó de la silla abruptamente e interrumpió al español:
-¡Debo pedirle que se retire de mi casa en este preciso instante!
Al pobre español contrariado no le quedó de otra que abandonar la sala puesto que su ofendido cliente salió de la misma dejándolo solo. Ya en la calle, tomó el rumbo de su hotel y al día siguiente se marchó a la capital para no volver.
En su habitación, Don Pancho dijo para sí con rabia:
¡Solo esto me faltaba! ¡Venir yo de un maricón y de un monaguillo espantaperros! ¡Quién me manda a estar averiguando pendejadas!


Muchos años después convertido en un venerable nonagenario Don Pancho fue asaltado por uno de sus nietos:
-Abuelito… ¿Nuestro apellido es español?
Y el viejo zorro contestó:
-No mijito, nosotros somos de La Sierra de Coro, de Curimagua para ser exactos…

Y así quedaron satisfechas para siempre la curiosidad del niño y la malicia del viejo…

martes, 10 de diciembre de 2019

Epilepsia...

Al poeta César Seco
Me sucede como a los viejos marineros:
adivino en el horizonte la tormenta.
Me aterro, transpiro, me apuro.
Tengo la agitación de un viejo barco:
Todo en mí es arriar de velas y rugir de jarcias.
Todo en mí es grito de espantada tripulación.
Tengo miedo a mi tormenta…

Vivo con una tormenta dentro de mí.
Llevo conmigo una furia de tifón,
me azota una tempestad particular, mía.

Apuro el paso por la calle, advierto la tormenta en mi horizonte interno.
Tengo el tiempo justo para entrar a casa.
Sucumbo…
Oigo o escucho o recuerdo: convulsión, dolor,
graznido, lengua, ataque… ¡Dios mío!
Me poseyó la tormenta…

Me eleva con su fuerza ciclónica:
Miro desde arriba que estoy allá abajo, vuelo en la tormenta…
Cual cetáceo gigante  me engulle la tormenta, soy Jonás.
Desde el vientre oscuro de esta fuerza miro hacia arriba y estoy allá.

Soy hoja frágil en medio del huracán.
Soy también pesado lastre.
El viento no puede conmigo mientras sucede la tormenta.

Y la tormenta pasa, al fin pasa.
Como la tierra, tardo días en recuperarme,
Como la tierra, he quedado herido.
Entonces intento la alabanza,
me niego al reproche y a la invectiva,
y oigo o escucho o recuerdo:
“Elí, Elí…¿Lamá sabactaní?”

Muchos días después, tecleo frente al ordenador:
cauteloso me levanto, busco la cama, transpiro, me aterro;
un ángel compasivo me acompaña, se conduele…
Me sucede como a los viejos marineros: adivino en el horizonte una nueva tormenta…
CALIXTO GUTIÉRREZ AGUILAR.


martes, 27 de agosto de 2019

Un viudo de Monteverde…


En Santa Ana de Coro y sus alrededores era hasta hace poco muy común el hecho de que los varones se iniciasen en la actividad sexual no reproductiva mediante prácticas de bestialismo. Sí señor, tal cual se lee. De hecho, entre muchos corianos era muy común el refrán la primera mujer del hombre es la burra…
Uno del barrio Monteverde, dado como muchos otros de sus coetáneos a la zoofilia, se halló de pronto ante un gran predicamento: en la cercana huerta que frecuentaba se había muerto la burra que era objeto de sus tan abominables como placenteras prácticas. Unas complicaciones derivadas del parto habían acabado con la vida de la complaciente acémila que domingo a domingo se dejaba hacer “esas cosas”
Como no tenía noticias de que  la noble bestia tuviera nombre alguno,  irónicamente él la había apodado “Cielito lindo” y así, tras desfogarse con ella, salía de allí cantando por lo bajo la conocida tonada mejicana que suspira: ¡Cuando será domingo para volver! Ay, ay, ay… canta y no llores…
Es el caso de que nuestro Tarzán pervertido se llegó un día hasta la barbería del barrio necesitado de un corte y acumulando ya cinco domingos en que “nada de nada”
Cuando llegó su turno pasó a la silla.  Entre las sucesivas cepilladas del cabello, el proceder pausado del barbero y la ausencia de conversación, fue entrando en un estado letárgico en el que estuvo a punto de llegar al sueño de no ser porque entonces tuvo una repentina iluminación que le hizo recordar que la burra había parido una hembrita.
Casi se levanta de la silla al pensar en que la hija podía sustituir a la madre en la prestación de los favores sexuales que él requería. Era cuestión de acostumbrarla.
En esto, el barbero tomó un peine y le hizo caer sobre la frente el cabello del flequillo para preguntarle:
-¿Te quito la pollina?
¡Noooooooo chico!- respondió el cliente- ¿Me querés dejar viudo otra vez?

Y al desconcierto del barbero se unió la carcajada de buena parte de la clientela que por conocer bastante  bien al interpelado cliente, sabían de qué estaba hablando nuestro amigo del gusto asnal.
CALIXTO GUTIERREZ AGUILAR


miércoles, 21 de agosto de 2019

Q.E.P.D.


¡Esto ya resulta irrespirable! –suspiró ella-
¡Debo reconocer que me sofocas! –admitió él-
Y ambos murieron por asfixia, dijo el forense…

miércoles, 24 de julio de 2019

ELISEO…


La ciudad estaba alarmada. La ciudad era toda tensión en la calma del presagio.
Era grande la tensión, era pequeña la ciudad.
En el viejo hospital, cerca de la Ermita de san Nicolás, casi al frente de aquel palacete donde un cura  soñaba que ceñía sus sienes la mitra episcopal; Eliseo convalecía.
Era grande la tensión, era pequeña la ciudad. Eran las tres de la tarde
Eliseo convalecía. En la puerta un par de agentes, bajo la almohada el revólver.
Nada sabía el director de aquel albañil que vistiendo un overol pasó con una escalera al hombro frente a la oficina como si fuera hacia la salida.
Nada había que temer, Eliseo, en la puerta un par de agentes y bajo la almohada el revólver.
Uno, dos, tres…
Y los agentes que entran y Eliseo que está muerto. Y una escalera apoyada sobre la ventana, un overol en la calle y el revólver muy lejos, bajo la almohada...
¿Habrá sido Juan Bautista?
Y la pregunta sigue rebotando como eco interminable contra las paredes del viejo edificio Antonio Smith…