Cuando apenas tuvo conciencia de que había fracasado en su intento de invadir al país por la costa falconiana el “bandolero” tomó el rumbo de La Sierra evitando las cabeceras de distrito para no caer en manos de las fuerzas militares que se habían lanzado en su persecución. El Benemérito General Restaurador de La República hizo multiplicar inmediatamente los bandos con su retrato y redobló la recompensa que se ofrecía por su captura. Pero en La Sierra, el bandolero y su causa tenían muchos amigos, muchos…
De día dormía y de noche caminaba o se arrastraba de un lugar a otro. No llevaba más equipaje que una carabina Máuser y el infaltable revólver de seis tiros.
Casi caía la noche cuando logró llegar hasta una casucha, donde una familia amiga lo hospedaba al resguardo de los ojos curiosos y de las lenguas que padecían de afán informativo.
-¿Y usted que piensa hacer ahora? –preguntó el anfitrión- ¡Porque la cosa está muy alborotada! ¡Imagínese que trajeron a un capitán con setenta diablos que ni hablan pero que no mascan para voltearle a uno la casita y el conuco!
-¡Qué buena vaina! –dijo el bandolero- ¡Yo me voy para Churuguara y de allí me paso a Barquisimeto en un dos por tres!
-¿Churuguara? ¡Jum! Tenga cuidado por el camino. En la casa de su compadre Carmelo ya he visto yo dos veces al capitán ése. Ellos conversan en el conuco, nunca por el frente de la casa –advirtió el anfitrión-
-¿Así es la cosa? ¡Vean pues a Carmelito! –sonrió el bandolero-
Al rescoldo del fogón departieron otro tanto los amigos y el bandolero resolvió que aquella noche no viajaría pese al riesgo que implicaba detenerse, pues debía pensar con mayor claridad la estrategia a seguir. Cuando se despedían para dormir, señaló a su anfitrión:
¡No tenga miedo, que algo va a pasar que me ayude a salir con bien de todo esto! Por el capitancito ése no se preocupe. Mire, si usted pone a un capitán a elegir entre salvar el honor y salvar el pellejo… ¡Se deshonra el mismo! – y celebró la ocurrencia con una sonora carcajada-
Muy de mañana el anfitrión conversaba a la puerta de la casa con el negro Santiago. El bandolero escuchaba tras una de las ventanas. Cuando el anfitrión entró a la casa el bandolero le preguntó:
- ¿De qué madera es esa que estabas hablando con el negro?
- Unos estantillos que el negro Santiago está cortando para Don Expedito, el de la hacienda “Mi porvenir”. Por aquí nadie como el negro Santiago para cortar palos tan derechitos y de buen largo… Dijo que ya por la tarde me los debe traer. Doce burros con cuarenta y ocho estantillos cada uno. Saque usted la cuenta… ¡Es que ése negro es un comején, carajo!
La cara del bandolero se iluminó con una idea. En apenas segundos fraguó un plan y resolvió seguir esa misma noche con su marcha no sin antes dispensarle una gentil visita a su compadre Carmelo, quien ahora estaba de tan buenas migas con el capitán de los setenta diablos que venían mordiéndole los talones.
Por la tarde hizo su llegada el negro Santiago y uno por uno comenzó a descargar los burros y a contar con el anfitrión el total de los estantillos encargados. Cuando hubo terminado y se disponía a marchar, un raído trapo que presumía de cortina se levantó de repente y el bandolero, revólver en mano, salió del cuarto donde se ocultaba:
-¡Negro Santiago Pereira, caracha! Igualito a tu padre que en paz descanse…
Recuperado de la primera impresión y pálido aun a causa del susto, Santiago no necesito que le presentaran al bandolero y rápidamente se quitó el sombrero que ya se había calado.
La conversación fue muy rápida pues se avecinaba la noche y el negro convino sin mayores rodeos en alquilarle al bandolero la mitad de los burros y la mitad de la madera. Sería sólo por unos días. Ya después podría ir a Churuguara a retirar las bestias y los palos junto con el dinero del alquiler.
Y sin luna se cerró la noche serrana…
Al sentir que una mano le apretaba nariz y boca Carmelo se despertó sobresaltado cuando faltaba muy poco para la media noche. Una voz conocida le susurró al oído:
-Párese compadre, párese que nos vamos para Churuguara. Aliste unas poquitas cosas nomás que lo espero afuera.
Carmelo reconoció la voz y descontroló su vejiga al temer lo peor. La sombra, que ya lo había soltado rayó, un fosforo y encendió una lámpara de keroseno, acercó la lámpara al chinchorro y preguntó entre murmullos:
- ¿Te measte compadre? ¿Qué vaina es esta?
- ¡Coño, compadre! No es para menos –respondió Carmelo- mientras pensaba en cómo librarse de aquel predicamento en que se encontraba.
Una vez fuera de la casa, los dos hombres continuaron murmurando su diálogo. Carmelo se quedó paralizado al ver las bestias de carga y los bultos que llevaban, cubiertos de grandes lonas, y atados con sumo cuidado. El bandolero hacía como que revisaba las amarras y paseaba entre los jumentos el candil que finalmente entregó a Carmelo. En el umbral de su casa, Carmelo preguntó:
-¿Compadre? ¿Qué vaina es esta? ¿Qué carga usted ahí?
El bandolero fue hasta el último de los burros seguro de que la luz no lo alcanzaba pese a los esfuerzos de Carmelo, hizo como que soltaba las cuerdas y regresó con el revólver en la mano:
-¡Setenta y dos bichos de estos! –dijo mientras lo blandía ante su atónito compadre-
Luego corrió hasta el primero de los asnos cargados, al cual ni siquiera llegaba el reflejo de la lámpara, y repitiendo el ademán, regresó a la puerta donde tembloroso esperaba Carmelo:
-¡Cinco burros a cuarenta y ocho máuseres cada uno, saque la cuenta! –dijo mientras sostenía su única carabina delante del compadre-
¡Vámonos compadre Carmelo, coja el monte conmigo que ahora si cae el gobierno! ¡A mí me están esperando en Churuguara con esta carga que era el resto del parque que faltaba! -dijo el bandolero-
Hecho un millón de excusas, Carmelo rechazó la oferta y despidió a su compadre.
El día y el capitán de los setenta diablos lo encontraron en el umbral donde había quedado la noche anterior. A buen seguro, su compadre estaría en Churuguara desde hacía mucho rato. Inmediatamente pasó al conuco a conferenciar con el comandante.
Tras breves minutos, el militar salió de la casa y volvió a su montura, desde la cual con elegante aire marcial anunció:
¡Compañía! No se tienen noticias del criminal que buscamos y las informaciones que lo ubicaban por estos predios no resultaron más que infundios tal vez urdidos por el mismo bandolero para desviarnos del verdadero rastro que puede llevarnos a él… ¡Atención! ¡Media vuelta!
Unos cuantos metros más allá, en el espeso monte, un hombre que sostenía una carabina Máuser y llevaba un revolver a la cintura, sonreía pensando en que al final es más fácil recuperar el honor que el pellejo.
Esa noche, aunque él no estaba ahí, se quemó la casa de Carmelo…
CALIXTO GUTIÉRREZ AGUILAR…
domingo, 17 de mayo de 2020
miércoles, 22 de abril de 2020
IN ILLO TEMPORE…
La feliz iniciativa del señor cura de la catedral por
fin se había cristalizado en un colegio. Luego, el señor obispo destinó la
nueva institución al cuidado de una congregación religiosa que lo atendiera y
un pequeño rebaño de sacerdotes educadores llegó a la ciudad. Corría la década
de 1950 y había entonces otra manera de hacer las cosas en el ámbito educativo.
Por ejemplo, la memorización era fundamental. Eran los tiempos del “caletre”
Un cierto sacerdote de origen alemán se ocupaba de las
clases de biología, y en el colegio, inicialmente para varones, “juambimbas” y
“patiquines” hacían los primeros experimentos de igualdad democrática, aunque
posiblemente “la palmeta” no se distribuyese entre los infractores con el mismo
criterio.
Pero es el caso de que el consabido cura profesor de
biología era como ninguno otro un defensor del caletre partiendo tal vez de
aquel principio de que “si no lo recuerdas, no lo sabes”
Los exámenes orales eran particularmente rigurosos en
aquel entonces, pero –nunca falta un pero- el padre que daba biología tenía
además de su origen teutón otra interesante particularidad: era sordo, casi tan
sordo como un tapia.
Habiendo llegado al tema de la clasificación de los
insectos anticipó el consabido sacerdote un examen oral para la siguiente
clase. El examen, consistiría en nombrar uno a uno los tipos de insectos según
su clasificación. Los alumnos temblaban pues el padre además de alemán, profesor
y sordo, era en extremo irascible y por ende intolerante con los alumnos
negligentes.
Y llegó el día del examen. Por los pasillos del
colegio, los angustiados alumnos hacían sus repasos de última hora. En algunos
rostros el terror era evidente. De aquella veintena de adolescentes solamente uno
se mostraba confiado. Este alumno era un vivaracho –nunca falta un vivaracho-
que muy poco se había ocupado de los tales órdenes en que se clasifican los
insectos. No había dudas, algo tramaba.
Entre los pupilos se escuchaba el murmullo de la
clasificación de los insectos repetido casi como un rezo: odonatos, ortópteros,
isópteros, hemípteros, lepidópteros, dípteros, himenópteros y coleópteros… y
cómo no, alguno hubo que entró a la modesta capilla para repasar a los pies del
“padre y maestro de la juventud”
Sonó el timbre que señalaba el fin del receso y los
muchachos volvieron al aula para el examen de biología que ya dije en qué
consistía. El padre alemán, demudado el rostro, gritaba como un loco cada vez
que un alumno fallaba al no recordar el orden de la clasificación o al
olvidarse de alguna de las categorías. La cólera del profesor no ayudaba a los
alumnos que faltaban por pasar a escrutinio y solo el vivaracho se mantenía
incólume.
A su turno, se puso en pie, el padre ya respiraba
agitado previendo un nuevo fracaso, el alumno dijo en voz fuerte y clara:
-¡Odonatos!
Y levantó su mano derecha a la altura del rostro
mientras extendía el meñique en ademán de contar. Acto seguido, extendió el
anular y bajando un poco la voz murmuró:
-¡Coleópteros!
Poniendo énfasis en las dos últimas sílabas de la
palabra. Luego extendió el dedo medio y repitió:
-¡Coleópteros!
Mientras de nuevo murmuraba al inicio de la palabra y
subía el tono de voz en las dos últimas sílabas.
Y así, ante sus asombrados compañeros y su engañado
profesor completó siete de las ocho categorías. Cuando iba a sentarse el padre
le espetó.
-¡Falta una categoría!
Y con el mayor descaro se puso en pie y dijo a voz en
cuello:
-¡Coleópteros!
Entonces el padre entre orgulloso y aliviado se
levantó de su asiento aplaudiendo y voceando:
-¡Muy bien! ¡Muy bien! ¡Muy bien!
Eran los tiempos del caletre y en aquel tiempo las
cosas se hacían de otra manera…
CALIXTO GUTIERREZ AGUILAR
sábado, 21 de marzo de 2020
LIKE A MIRROR…
“Cada libro que me atrae,
cada cuadro o pieza de música, me recuerdan todo lo que no he podido crear, y
me recuerdan que no tenemos la eternidad de nuestra parte”
Miguel
Gomes. EL SILENCIO DE LA NOCHE
Desde que se me da esto de escribir relatos salgo
eventualmente por las calles a hacer nada. Cuando nada me viene a la mente y la
inspiración no me llega, voy a su encuentro en la gente que frecuenta plazas y
cafés. A veces, me subo a un autobús y hago todo el recorrido de la ruta nada
más que por ver gente y comenzar a imaginar sus historias. Eso sí, evito las
conversaciones, no salgo a entrevistar a nadie. Con algunos transeúntes me pasa
que coincido más de lo que quisiera y entonces esbozan sonrisas y gestos
cordiales. Afortunadamente siempre frustro sus intentos de saludarme y
conversar. No me interesa lo que quieran decir…
Cada tanto vengo a este café donde me encuentro ahora
y no es la primera vez que veo a aquel tipo que me mira como si me estuviera dibujando
y hace apuntes -al menos eso me parece- en una suerte de block para cartas de
esos que ya no salen. Por mi parte, yo apenas levanto la mirada de mi
computador portátil.
El hombre que me mira es más bien un sujeto, un tipo,
con aire de personalidad irrelevante que apenas si pasaría percibido. Asumo que
trabaja en alguna dependencia oficial de las que abundan alrededor de este
lugar. No debe ser el muchacho de los mandados, pero, por su apariencia, juzgo
que tampoco sea el gerente o director. Es un simple tipo…
Contrario a mí, viste de jeans y zapatos casuales,
lleva una especie de suéter azul y pende alrededor de su cuello lo que asumo
será una escarapela con su nombre, número de cédula y descripción del cargo.
Por mi parte, sin que yo sea una suerte de Petronio, cuido de vestir
formalmente la mayoría del tiempo, lo cual incluye llevar pañuelo planchado y
zapatos pulidos, ocasionalmente, como no, voy de corbata.
¿Qué tanto me mira este tipo? Cuando levanto la mirada vuelve la suya al
block y esboza o garabatea. Trato de sorprenderlo y siempre hace el mismo
gesto. Confieso que ya me tiene un poco inquieto. Noto que tanto como yo, el
tipo evita el contacto con otros, no saluda, no responde.
Me parece que apenas gruñe sus órdenes al que atiende
y con imperceptibles monosílabos responde si le pregunta algo. Algo trama, no
tengo dudas, algo que tiene que ver conmigo.
Estoy decidido a darle el mismo trato que a cualquier
otro extraño si intenta acercarse a mí: fingiré estar escribiendo algo muy
importante y apenas me oferte su compañía y conversación le responderé
–evocando a Melville- como si yo fuera el mismísimo Bartleby.
¡Coño! Tal como yo lo había calculado, el tipo se
levanta y viene hacia mí…
Por alguna extraña razón, ahora este tipo con cara de
irrelevante parece sonreír mientras llega a mi mesa. Hago que escribo mientras
pienso qué debo hacer para evitar a toda costa una conversación con él.
Llega, afortunadamente no me dice nada. Y pone frente
a mí su hoja con este relato…
CALIXTO
GUTIERREZ AGUILAR
sábado, 4 de enero de 2020
Un asunto de alcurnia...
Amigo como era Don
Pancho de dar fiestas y ofrecer opíparos banquetes para alardear de su rancio abolengo
y de sus inagotables haberes, terminó por conocer en cierta ocasión a un fulano
español certificador de linajes que solía vivir entre Caracas, Cartagena de
Indias y Sevilla. El tal, se hacía creíble por mostrar hermosas tarjetas de
presentación elaboradas en cartulina de hilo y bellamente escritas en dorados
altorrelieves que mostraban además el emblema de un real instituto de vaya
usted a saber qué cosa.
-No
conviene que un hombre como usted que habita en una de las construcciones más
emblemáticas de esta ciudad, y cuyo apellido se enlaza a los mismísimos conquistadores
vaya por ahí desconociendo su prosapia, Don Panchito –dijo el español-
Notando el efecto que
tales palabras habían causado en el natural vanidoso de su interlocutor, el
español remató:
-¿Qué
tal que corresponda a usted por justo derecho el ostentar algún título
nobiliario de aquellos que a perpetuidad concedía el reino de España?
Don Pancho por un
momento se vio a sí mismo correctamente trajeado y usando alguna insignia
propia de quien sabe cuál marquesado, ducado o condado. Se vio a sí mismo
siendo objeto de disculpas por parte del nieto de Alfonso XIII y en ese
brevísimo instante casi ensaya la forma en que diría: ¡No se preocupe, no ha
sido voluntario error de Vuestra Majestad! ¡Le perdono!
Al término de la
conversación extendió el correspondiente cheque y el agente de blasones se
marchó con la promesa de volver pronto con un primer informe.
Un par de meses después,
el investigador de alcurnias se presentó con algunos papeles certificados y
notificó a su cliente que había conseguido datar hasta el siglo nueve al más
lejano de sus parientes a quién con toda razón debía considerarse el fundador del linaje. El tal, fue un hombre de
armas al servicio de Alfonso III de Asturias que en pago de sus servicios
habría recibido tierras de señorío y título de señor absoluto de aquellos predios.
Don Pancho no cabía dentro de sí mismo a causa del orgullo y sin embargo hizo
un gran esfuerzo por escuchar pacientemente la relación de sus antepasados
hasta el siglo trece: señores, barones, condes, marqueses, generales,
arzobispos…
-¡Ir
más allá del siglo trece requerirá de una inversión mayor Don Pancho pues son
mayores los problemas y más delicados los asuntos. Yo tendría que buscar en los
anales de La Casa de Contratación y en Los Archivos de Indias… ¡Y allí no se
puede ir sin un duro! –afirmó
taxativamente el español-
-¡Siga
usted adelante que este asunto me está gustando! -exclamó Don Pancho-
Convenida la suma un
segundo cheque fue a parar a las manos del gestor de linajes y una nueva
promesa de volver dejó en ascuas a Don Pancho por otro par de meses.
En la fecha anunciada
hete aquí al investigador:
-¡Me
encontrado un par de cosillas que no sé si sean de vuestro agrado pero igual
pasaré adelante con ellas!-dijo el español
Y fue contando cómo a
partir del siglo trece se perdían las noticias del linaje hasta que reaparecían
dos individuos en el siglo dieciséis. El
uno juzgado y encarcelado por ser amigo de usar muchos afeites y perfumes,
mostrando además ademanes femeniles; y el otro, mencionado como pertiguero
mayor de la iglesia de san Francisco de Asís en una lejana y empobrecida
comarca. Sobre el oficio de pertiguero preguntó Don Pancho y el español respondió
que se trataba de alguien que lleva una vara larga y fina en las procesiones
pero que sin ser clérigo va ataviado con ropajes litúrgicos. El español
aseveró:
-¡Claro
que ahora esas varas van recubiertas de plata! Pero antes no. El pertiguero
vigilaba que los animales no entrasen al templo abierto durante la semana
santa. Básicamente azotaba con la pértiga a los canes y otras especies
intrusas…
El ademán
pensativo que había mostrado Don Pancho durante
la exposición del gestor se mudó repentinamente en una expresión de cólera
terrible. Se levantó de la silla abruptamente e interrumpió al español:
-¡Debo
pedirle que se retire de mi casa en este preciso instante!
Al pobre español
contrariado no le quedó de otra que abandonar la sala puesto que su ofendido
cliente salió de la misma dejándolo solo. Ya en la calle, tomó el rumbo de su
hotel y al día siguiente se marchó a la capital para no volver.
En su habitación, Don
Pancho dijo para sí con rabia:
¡Solo
esto me faltaba! ¡Venir yo de un maricón y de un monaguillo espantaperros!
¡Quién me manda a estar averiguando pendejadas!
Muchos años después
convertido en un venerable nonagenario Don Pancho fue asaltado por uno de sus
nietos:
-Abuelito…
¿Nuestro apellido es español?
Y el viejo zorro
contestó:
-No
mijito, nosotros somos de La Sierra de Coro, de Curimagua para ser exactos…
Y así quedaron
satisfechas para siempre la curiosidad del niño y la malicia del viejo…
martes, 10 de diciembre de 2019
Epilepsia...
Al poeta César Seco
Me sucede como a los
viejos marineros:
adivino en el horizonte
la tormenta.
Me aterro, transpiro,
me apuro.
Tengo la agitación de
un viejo barco:
Todo en mí es arriar de
velas y rugir de jarcias.
Todo en mí es grito de
espantada tripulación.
Tengo miedo a mi
tormenta…
Vivo con una tormenta
dentro de mí.
Llevo conmigo una furia
de tifón,
me azota una tempestad
particular, mía.
Apuro el paso por la
calle, advierto la tormenta en mi horizonte interno.
Tengo el tiempo justo
para entrar a casa.
Sucumbo…
Oigo o escucho o
recuerdo: convulsión, dolor,
graznido, lengua,
ataque… ¡Dios mío!
Me poseyó la tormenta…
Me eleva con su fuerza
ciclónica:
Miro desde arriba que
estoy allá abajo, vuelo en la tormenta…
Cual cetáceo gigante me engulle la tormenta, soy Jonás.
Desde el vientre oscuro
de esta fuerza miro hacia arriba y estoy allá.
Soy hoja frágil en
medio del huracán.
Soy también pesado
lastre.
El viento no puede
conmigo mientras sucede la tormenta.
Y la tormenta pasa, al
fin pasa.
Como la tierra, tardo
días en recuperarme,
Como la tierra, he
quedado herido.
Entonces intento la
alabanza,
me niego al reproche y a
la invectiva,
y oigo o escucho o
recuerdo:
“Elí, Elí…¿Lamá
sabactaní?”
Muchos días después,
tecleo frente al ordenador:
cauteloso me levanto,
busco la cama, transpiro, me aterro;
un ángel compasivo me
acompaña, se conduele…
Me sucede como a los
viejos marineros: adivino en el horizonte una nueva tormenta…
CALIXTO GUTIÉRREZ AGUILAR.
martes, 27 de agosto de 2019
Un viudo de Monteverde…
En Santa Ana de Coro y sus alrededores era hasta hace
poco muy común el hecho de que los varones se iniciasen en la actividad sexual
no reproductiva mediante prácticas de bestialismo. Sí señor, tal cual se lee.
De hecho, entre muchos corianos era muy común el refrán la primera mujer del hombre es la burra…
Uno del barrio Monteverde, dado como muchos otros de sus
coetáneos a la zoofilia, se halló de pronto ante un gran predicamento: en la
cercana huerta que frecuentaba se había muerto la burra que era objeto de sus
tan abominables como placenteras prácticas. Unas complicaciones derivadas del
parto habían acabado con la vida de la complaciente acémila que domingo a
domingo se dejaba hacer “esas cosas”
Como no tenía noticias de que la noble bestia tuviera nombre alguno, irónicamente él la había apodado “Cielito lindo” y así, tras desfogarse
con ella, salía de allí cantando por lo bajo la conocida tonada mejicana que
suspira: ¡Cuando será domingo para
volver! Ay, ay, ay… canta y no llores…
Es el caso de que nuestro Tarzán pervertido se llegó un día hasta la barbería del barrio necesitado de un corte y acumulando ya cinco
domingos en que “nada de nada”
Cuando llegó su turno pasó a la silla. Entre las sucesivas cepilladas del cabello,
el proceder pausado del barbero y la ausencia de conversación, fue entrando en
un estado letárgico en el que estuvo a punto de llegar al sueño de no
ser porque entonces tuvo una repentina iluminación que le hizo recordar que
la burra había parido una hembrita.
Casi se levanta de la silla al pensar en que la hija podía sustituir
a la madre en la prestación de los favores sexuales que él requería. Era
cuestión de acostumbrarla.
En esto, el barbero tomó un peine y le hizo caer sobre la
frente el cabello del flequillo para preguntarle:
-¿Te quito la pollina?
¡Noooooooo chico!- respondió el cliente- ¿Me querés dejar
viudo otra vez?
Y al desconcierto del barbero se unió la carcajada de
buena parte de la clientela que por conocer bastante bien al interpelado cliente, sabían de qué
estaba hablando nuestro amigo del gusto asnal.
CALIXTO
GUTIERREZ AGUILAR
miércoles, 21 de agosto de 2019
Q.E.P.D.
¡Esto ya resulta irrespirable! –suspiró ella-
¡Debo reconocer que me sofocas! –admitió él-
Y ambos murieron por asfixia, dijo el forense…
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