viernes, 3 de enero de 2025

EL CORONEL ABUNDIO SALVADOR, JEFE CIVIL DE LA REFORMA.

 

Hasta aquel fatídico día en que fue encontrado muerto sobre su escritorio, el coronel Abundio Salvador había sido el jefe civil de La Reforma. Pero el coronel no era sino de esos coroneles de retaguardia ascendidos a tal rango a fuerza de contribuir con hombres y vituallas a la revolución en boga o al gobierno de turno según dictara la propia conveniencia.

Luego vino el sacramento que lo hizo compadre del gobernador o presidente de estado, como por entonces se decía, y el compadre lo hizo jefe civil.

Así pues, el coronel Abundio Salvador por obra de su cartera y de su bragueta impuso su inobjetable autoridad por aquellos cantones. Doquiera que usted posase sus ojos al salir de La Reforma encontraba posesiones del jefe civil. Mejor dicho, en cosa de una década, la primera de su mandato, el coronel se había hecho con haciendas y conucos, potreros y pastizales de tal manera, que el pueblo entero vino a quedar en los predios del coronel Abundio Salvador.

Y es que en materia de terrenos decía: “Si yo lo quiero, ya es mío” fórmula similar a la que aplicaba referida a las mujeres “Yo a la que le pongo el ojo, me la cojo”

Cobraba impuestos en metálico o en especies según le dictara el apetito en cada ocasión. Se cobraba con tierras o cosechas según los sentimientos que le engendrase aquel que compareciese ante él. Inauguró la iglesia, la escuela, la casa del médico y nueve buenos calabozos a los cuáles nunca faltaron inquilinos. Sorteó cinco gobiernos distintos, y si no envejeció en el cargo, fue por aquello que ya sabemos: lo encontraron muerto (asesinado, la verdad sea dicha) la mañana de un lunes cualquiera.

Claro, tampoco es que aquel haya sido “un lunes cualquiera” porque también ese día murió el maestro Sixto.

El maestro Sixto “Sixtico” para los amigos cercanos, algunos muy cercanos, cercanísimos, íntimos más bien; rindió su alma al creador de todas las cosas a consecuencia de un infarto que dizque estuvo provocado por la traición de un ahijado suyo que de la noche a la

mañana dejó la casa cargando con una botija en la cual Sixto atesoraba áureas monedas de tiempos idos.

Habiendo corrido todos a la casa de Sixtico, perdón, del maestro Sixto, nadie admitió después haber escuchado siquiera rumor de los dos tiros que acabaron con la vida del coronel Abundio Salvador. Y esto que el suceso debió ocurrir a eso de las ocho de la mañana cuando todos o la mayoría se encuentran en la plaza, yendo a la escuela o barriendo sus tramos de acera al frente de la casa.

A los pocos días tres detectives llegaron a La Reforma y no dejaron piedra sin voltear en aras de establecer la verdad del suceso, pues desde la capital del estado, clamaba justicia el gobernador por el vil asesinato de tan eximio varón, dechado de virtudes cívicas y cuidado ejemplo del ejercicio de autoridad.

A fin de cuentas no se llegó a nada. Se estableció –eso sí- la certeza de veintisiete hijos en bastardía y se mencionaron otros cuatro individuos que tal vez sí o tal vez no porque uno nunca sabe.

Salieron a relucir las pintas en las que podía leerse “Vagabundio” y que con cierta frecuencia aparecían en La Reforma adornando las paredes de la escuela, la botica o la misma iglesia.

Interrogaron al doctor Esteban pero rápidamente fue descartado porque aunque tenía motivos no tuvo ocasión para hacerlo personalmente o medios para intentarlo por encargo. Lo de su hermana Marisela y el coronel tuvo pues que quedarse así.

Hicieron comparecer al padre Sebastián y lo único que quedó en claro fue que las muchachas de Ramonita no eran sus sobrinas ni Ramonita era su hermana. Pero como el día anterior al suceso el padre se quedó por los lados de La Ciénega en casa de otra hermana con la que tenía un sobrinito igualito a él, fue descartado. De modo que lo del embarazo de la mayor de las sobrinas, atribuido al ahora difunto coronel, debió quedarse así. Eso sí, el padre Sebastián se opuso a las exequias del jefe civil, y Abundio Salvador fue sepultado “sin Dios ni santa María”

A causa de su muerte, el maestro Sixto fue exonerado de toda sospecha. Y eso que el coronel le había expropiado el fundo heredado de sus padres alegando impuestos caídos y declaraciones vencidas. Jacinta, la hermana paterna del maestro Sixto, amancebada como estaba con Abundio Salvador, recibió “al cuido” la finca en cuestión, donde el jefe civil iba a refocilarse algunos fines de semana y en las fiestas de guardar.

Fue conminado el abogado Salas, quien hacía de juez interino eventualmente, porque no faltó quien lo señalara como posible autor, material o intelectual, por aquella ocasión en que el coronel lo hizo detener por una semana para meterse en su casa y dormir con Amanda, una catirita de Los Juncos que era mujer de Salas. Pero tampoco este hombre tuvo que ver.

No quedó varón en el pueblo y en sus caseríos circundantes que no fuera exhaustivamente interrogado para luego ser descartado.

Y al fin, después de sesenta y tres días de investigaciones y pesquisas los detectives se largaron no pudiendo dar satisfactoria respuesta a sus superiores.

A Marcelina la viuda del coronel la consumió la pena hasta que pudo liquidar todas las propiedades del difunto y juntando su dinero se largó de La Reforma antes del primer aniversario.

Mi padre tenía dieciséis años cuando la acompañó hasta la parada de autobuses para cargarle las maletas, y muchos años después, sin especificarme por qué, me aconsejaba lo mismo que según él le aconsejara Marcelina al despedirse:

-¡Pórtese bien, mijo! ¡Pórtese bien! ¡Mire que al más astuto de los hombres lo jode la mujer más pendeja!

SOTTOVOCE...

 

El lugar y las circunstancias imponían la discreción. No podían permitirse que aquel intercambio de información trascendiera el ámbito particular que formaban ellas dos. De sobra sabían que o aprovechaban el momento o habrían de pasar ocho días más para volver a encontrarse y ponerse al día.

Las voces habían de reducir su fuerza a lo apenas audible. Susurros, murmullos nada más…

-¿Supiste lo de la Marilyn? ¡Chacha! ¡Quién lo hubiera dicho! Resultó ser una bichita, toda una bichita…

-Yo no la aplaudo porque ajá… Él viene siendo como de la familia. Pero está muy bueno, muy bueno…

-Pero… ¿fue verdad que le quitó un apartamento?

-¡Ah pues! ¿No se la quiso echar de vivo?

-Ay mi madre con las criaturas…

Los circunstantes comenzaban a mostrar cierto disgusto y por unos momentos se interrumpió el diálogo para volver más directo, más concreto…

-Es que Marilyn y la hija mayor de él estudiaban juntas. Así fue que la conoció…

-Pero esa muchacha también es loca… ¡Irse a vivir así nada más con un hombre tan viejo y tan feo!

-¿Y él? Enamorando esa carajita… porque para él es una carajita. Claro, la muchacha vio la oportunidad y no la perdió.

-Pero… ¿si fue verdad que le puso un apartamento?

-¡Ah pues! Para allá era que se iba él todas las semanas. Es que él tenía ese apartamento y le dijo a ella para que se mudaran juntos. Cuando resultó que se iba a divorciar, la muchacha le dijo que si no lo quería perder lo pusiera a nombre de ella porque la esposa se lo podía quitar en la partición de bienes…

-¡Ay santísimo sacramento! ¿Y entonces se lo quitó ella?

-¡Ah pues!

Toda la asamblea se levantó y ellas no tuvieron otro recurso que cortar el diálogo, ponerse de pie, y unir sus voces a la de todos los que a su alrededor piadosamente respondían:

“El Señor reciba de tus manos este sacrificio para alabanza y gloria de su nombre, para nuestro bien; y el de toda su santa iglesia”…

EN MEDIO DEL MIEDO...

 

Siempre que pude traté de huir de dos cosas y por la misma razón: del contacto con cadáveres y de la cólera de mi tío Ibrahim. En ambos casos la razón era la misma: el miedo. Pero no se crea usted que aquello era un simple miedo básico, primitivo, común, explicable. No, no, el mío era un miedo paralizante, enfermizo; patológico que llaman algunos.

Mi tío Ibrahim no era propiamente mi tío sino que lo era de mi papá. Era el último hijo de mi bisabuelo y familiarmente se lo conocía como “Tío Baíncho”

“Tío Baíncho” era famoso por sus rabietas, por sus accesos de ciega ira destructiva. Se decía además que era iniciado en malas artes de hechicería y magia negra. Contrariarlo suponía hacer estallar aquella “cólera homérica” de imprevisibles consecuencias. ¿No iba yo a temerlo?

Pero a mis diecisiete años, y ya de novio con Marisela, me planteaba yo el hecho de que si podía ir de cacería o de pesca, si bien podía escaparme con Marisela por esas oscuranas del monte para hacer cosas de jóvenes enamorados; y todas éstas son cosas que entrañan peligros reales ¿por qué no podía hacer frente a mis temores?

Y me llegó la hora de mostrar valentía cuando menos lo esperaba…

Mi tía Rosario, ya centenaria, tras una larga agonía murió en la tarde de un veinticuatro de diciembre. Tía Charito, como le decíamos, se había ido reduciendo en su cama hasta quedar convertida en cuerpo chiquito y seco que seguramente no pesaba mucho. Aclaro que tía Charito no era propiamente mi tía ni tía de mi papá, en realidad, de quien sí era tía, era del tío Baíncho.

Armado de valor fui con Marisela hasta la casa donde muchas mujeres comenzaban los preparativos para el velorio. Impelido por mi novia entré en la habitación donde la diminuta anciana yacía con los brazos a los lados del cuerpo y con una pañoleta atada para sostener su quijada. Hecho el valiente me introduje a la pieza y me paré en un rincón del cuarto a enterarme con todos mis sentidos de que estaba delante de un muerto mientras mi mente me aseguraba que aquel cuerpo inerte era incapaz de hacerme algo.

Admito que a ratos me parecía que tía Charito repentinamente se sentaría o gritaría. Creía entrever su respiración agitada y me daba la impresión de que de golpe abriría los ojos y con voz de ultratumba pronunciaría mi nombre. Yo me estaba cagando de miedo.

Pero lo malo nunca anda solo…

Un ruido de mueble torpe invadió la casa y la atronadora voz del tío Baíncho fue llenando cada rincón de las estancias.

-¡Coño e la madre Charito! No pudites coger otro día pa morite…

El aroma del ron trasegado llenó el cuarto de la muerta de donde en un santiamén salieron las mujeres sin que yo tuviera tiempo de reaccionar. Torpemente, tío Baíncho descargó en el suelo un rústico cajón que habría de servir de ataúd. Yo estaba paralizado en mi rincón, entumecido, acalambrado y a punto de gritar como un loco. Me habría salido corriendo si el corpulento tío Baíncho con su cajón no hubiera estado atravesado en la puerta del cuarto. Miré hacia el ventanuco encima de la cama y juzgué imposible salir por ahí sin tener las habilidades y el cuerpo de un felino.

Todo sucedió muy rápido: el tío se dirigió hacia la cabeza de la muerta para tomarla por los hombros y con firmeza me ordenó que la tomara yo por los pies para meterla al cajón. A la orden del tío me moví hacia el cuerpo y la tomé un poco por encima de los tobillos para levantarla.

Aquella frialdad del cadáver me subió por los brazos y me llegó a la cabeza en un dos por tres, luego comenzó a invadirme todo el cuerpo y perdí el sentido víctima de un desmayo.

Lo demás son recuerdos muy vagos de aquella hora, imprecaciones de tío Baíncho, gritos de Marisela, olores de alcohol, abanicar de cartones y después yo sentado en la acera de enfrente sin saber muy bien qué había pasado y mamá diciéndome que nos fuéramos a casa para cambiarme de ropa.

Pasado un tiempo nos fugamos y nos vinimos a vivir a esta ciudad donde he sabido que por fin murió tío Baíncho tan viejo como estaba tía Charito en su momento.

Marisela se fue ayer para los actos de velorio y enterramiento.

Yo no he querido ir por quedarme escribiendo esto y así vencer de una vez por todas el miedo que le tengo a los cadáveres y a la cólera de tío Baíncho, un viejo muy capaz de sentarse aún después de muerto, abrir los ojos y pronunciar mi nombre con voz de ultratumba por el puro placer de ver cómo me desmayo y me cago del miedo…

COMPASIÓN...

 

No siempre ha de haber ternura en los actos de compasión.

María Teresa vino corriendo y abrió con la llave que se le había dado para los casos de emergencia: con aspecto derrotado, mientras ambos brazos colgaban a cada lado del sillón, presa de un gran dolor lloraba el señor Aníbal. Por el suelo, cerca de él, se observaban varias píldoras de distintos tipos, y un tanto más allá, el vaso roto y el agua derramada.

-¡Ya ni siquiera eso puedo hacer María Teresa! ¡No pude tomar mis medicinas!

El sentimiento de incapacidad que lo invadía le hacía llorar inconsolablemente y acentuaba los temblores que padecía desde poco más de un año a causa del mal de Parkinson.

La preocupada vecina en trance de hija y asistenta intentaba consolarlo. Rápidamente recogió el reguero, fue por otro vaso de agua, secó el piso, y a instancias de él, le proporcionó uno a uno de nuevo los medicamentos.

El llanto inicial fue convirtiéndose en sollozos y poco a poco el señor Aníbal recuperó la calma.

-¿Y ella?

-Ella no se ha levantado. Yo iba a desayunarme para llamarla y asearla.

-¡No hombre! ¡No se preocupe que yo lo ayudo con eso! ¿Y los muchachos?

-Los muchachos no han llegado. Si vienen será más tarde. Hoy es sábado…

Ya en la habitación, el señor Aníbal remeció suavemente el hombro de la esposa mientras María Teresa corría las cortinas para iluminar la estancia. Entre ambos la hicieron sentar en la cama.

A pesar de la evidente ancianidad, ella conservaba claros rasgos de la belleza ostentada en tiempos pasados. El mal de Alzheimer que había borrado su memoria nada pudo hacer contra su hermosura. Hoy como en otras ocasiones, el pañal no había bastado para contener las micciones nocturnas.

Como mejor pudieron la llevaron al baño y María Teresa la aseó con filial paciencia. El señor Aníbal retiró las sábanas para llevarlas al cuarto de lavado. Cuando ella estuvo lista la llevaron a la cocina para desayunar.

El señor Aníbal se deshizo en gratitudes, lloró al reconocer nuevamente que sin la ayuda de la vecina la vida sería insoportable. Admitió que a estas alturas una muerte rápida sería muestra incontestable de compasión divina.

-No diga eso señor Aníbal. Además, espere un poquito nada más. Hoy es sábado y seguro que los muchachos empiezan a llegar de aquí a un rato.

Cuando ya en su casa puso a cargar por segunda vez la maquina lavadora, María Teresa se extrañó de que el señor Aníbal estuviese tan bien vestido, como en los mejores días; y que insistiese en que a ella la vistieran con aquel vestido azul que le quedaba tan bien.

El recuerdo de unos víveres que faltaban sacó a María Teresa de su abstracción y fue corriendo a comprar lo que le faltaba para el almuerzo.

María Teresa volvía de la tienda y notó a lo lejos la conmoción y el gentío. La consternación tenía consistencia, era palpable en el aire:

-¡Ay María Teresa hija! ¡Ay María Teresa hija! –gritaba la señora Ramona caminando hacia ella.

-Yo oí los dos disparos, uno primero y al ratico el otro… ¡Pero qué me iba a imaginar! –dijo una voz sin rostro ni corazón que brotaba del tumulto.

Ella vestida de azul yacía en la cama con una fuente carmesí del lado del corazón y como dormida. Él había estado manando dolores, angustias y miedos por la sien derecha pero ahora se lo veía tranquilo.

María Teresa cayó de rodillas sin poder hablar, sin poder llorar, pensando en que era sábado y que los muchachos llegarían tarde, ya muy tarde…

MATACÁN...

 

Noche sin viento ni luna, noche negra, selvática, sofocante. César vigila, otea hacia El Alto emboscado entre los zarzales. Las cosas apenas tienen su forma a ésa hora. César suda copiosamente y excita su ambición para vencer al miedo.

Aunque recuerda la conversación de ésta mañana piensa que nada puede salir mal:

-¡Yo lo vi, papa, yo lo vi anoche cerca del alto!

-¡María Purísima! –se santigua el viejo- ¡Ése es un animal del maligno!

-¡No hombre papa no diga eso! Esos son cuentos de la época de papabuelo para meterles miedo a los muchachos…

-¡Nadie que haya salido a cazarlo ha vuelto!

-¡No papa! Eso no es verdad, eso son leyendas de cuando no había electricidad.

Ahora César, emboscado en los zarzales piensa, tiembla, se repone, suda y se seca; suspira y juega con la escopeta, tienta el puñal que lleva al cinto. Sube hasta El Alto y está seguro de que ya ha pasado la medianoche y que está a poco de volver sobre sus pasos con destino al hogar. Baja adivinando el camino con una linterna cuyo haz de luz parece un remedo de luciérnaga.

Noche sin cocuyos ni sapos cantando, noche sin ranas ni grillos. A la orilla de la represa se refresca la frente. Cambia el color del cielo y sabe que de ahora en poco amanecerá.

Un ruido casi imperceptible le hace levantar la cara. Aguzando sus sentidos intenta horadar las tinieblas y mira al otro extremo de la represa. Su corazón se agita, intenta calmarse, echa mano de la escopeta porque ahí, justo al otro lado, está, elegante y con aire insolente: el matacán.

César repta para bordear el agua y acortar la distancia que lo separa de la tan anhelada presa. No puede creer que será él quien cobre semejante premio.

Seguro de haber avanzado lo suficiente como para estar muy cerca del blanco se incorpora sobre sus rodillas. No puede errar el tiro, acertaría aún con los ojos cerrados, y entonces dispara…

Tenía razón, sabía que acertaría aún con los ojos cerrados. El animal herido patalea, convulsiona.

César triunfador sale en carrera soltando la escopeta mientras se busca el puñal para el remate. El animal lucha, se revuelca. El apuñalamiento se hace urgente. César busca el corazón y acierta el golpe…

Pero entonces, sólo ahora que las tinieblas han regresado más negras que antes lo comprende todo.

Sólo ahora que se levanta del suelo con aire victorioso y con tristeza de víctima al mismo tiempo; solamente ahora que horrorizado quiere gritar y llorar a todo pulmón pero no puede hacerlo por más que lo intenta una y otra vez, César lo entiende todo.

Y hecho uno con la oscuridad huye al bosque…

Ahora, en otra noche sin viento ni luna, noche negra; selvática, sofocante; percibe a un hombre incauto que está emboscado entre los zarzales, y se va hasta la represa por un poco de agua…

IRREMEDIABLE...

 

Un repentino apagón acentuaba las tinieblas. Nadie pudo ver nada. Nadie quiso. Unos cuarenta y cinco minutos después del suceso llegaron los funcionarios locales de la Policía Técnica de Investigación Criminal. Los ejecutantes ya se habían marchado a pie calle abajo en medio de la oscuridad de la noche.

Llegó la luz. Unos pocos vecinos comenzaron a salir y a agruparse en la acera del frente de la casa. El aire estaba infestado de pólvora y sangre. La noche olía a diablo como recordó después el viejo Manrique.

A la señora Fina la habían dejado hospitalizada esa misma tarde. Nada serio, dijo el médico, la dejaron más bien para observarla. Era la tercera vez que enloquecido por las drogas, su hijo le maltrataba. Pero el doctor estaba equivocado porque la señora Fina tenía el alma rota y el alma no sale en las radiografías.

A diferencia de Quito, su único hermano, Pepe se dedicó a malvivir prácticamente desde la adolescencia. La muerte de su padre les hizo herederos de una modesta fortuna que él no supo aprovechar y que más bien quizá le sirviera para perderse.

Quito en cambio, con todo y ser el más joven, siempre fue juicioso, bien portado. A estas alturas de la vida por ejemplo, ya es comandante de unidad en la Policía Técnica de Investigación Criminal. De seguro apenas se enterara salía de Caracas para atender a su mamá. Los vecinos comentaban que a Pepe no le esperaba otro final sino el que había conseguido.

-¡Ah mundo si ése muchacho estaba echando vaina desde que era una criatura!

-¡Y la pobre comadre Fina, Dios me lo perdone, va a descansar por fin!

-¡Jesús! Si tenía la casa desvalijá.. ya ni olletas le quedaban a la señora Fina!

-¡Y tanto coroto bueno que dejó el finao!

-¡Ah mundo Dios, madre es madre… cuanto Pepe estuvo preso la última vez se le iban a secar las canillitas a la pobre mujer de tanto ir y venir a llevarle de todo!

-¡Pobrecita la señora Fina! Yo tuve que decirle un día que ella no había fallado en nada, que Pepe no había salido maluco a nadie. Que los hijos son como quieren ser…

-¡Ah mundo! Y cuando le den el parte al pobre Quito. Ése no va a esperar a que amanezca bien pa venirse volando…

Pero nadie pudo ver nada, nadie quiso. Ninguno reparó en los dos hombres que se fueron caminando calle abajo en medio de la oscuridad. El que cruzó a la derecha se subió a un carro y tomó lugar junto al chofer.

Cuando avanzaron un poco escuchó el llanto de otro que estaba en el asiento trasero.

-¡Tenga valor! Esto es arrecho. Pero usted sabe que no había más remedio…

Y Quito se secó las lágrimas, respiró fuerte para recomponerse y dijo:

-¡Es verdad! No había más remedio…

Ya llegaría él de Caracas al otro día para atender a su mamá.

LOS MUÑEQUITOS ESOS...

 

Cuando cumplí ocho años mi abuelo dijo que ya podía hacer mandados porque yo era un hombrecito. Aquello, inflamó de orgullo mi pecho infantil a tal punto que decidí usar únicamente pantalones largos cuando me tocara ir a cumplir algún encargo fuera de la casa. Consideré también que podría visitar a Vanesa Elena y besarla en la boca como hacían los novios en las telenovelas porque, a fin de cuentas, de “hombrecito” a “hombre” la diferencia debía ser muy poca.

No me importaba que por aquella época ella rondara los diecisiete.

Abuelito era un hombre de rituales. Cerca de las cuatro de la tarde se bañaba, iba por leche y pan, y luego de merendar se sentaba al frente de la casa hasta la hora de la cena. Yo siempre le acompañé a la panadería que estaba a cuadra y media. El dueño, un tipo muy amable, trataba de “don” a mi abuelo, y las muchachas, le decían “señor” pero lo trataban con gran cortesía. Conmigo, las muchachas se deshacían en atenciones y halagos, que si “hola papi”, que si “hola mi amor”, que si “hola mi niño”

Abuelito siempre compraba lo mismo, un litro de leche “Del lago” y diez panes salados. Él era un hombre de rituales.

No recuerdo claramente mi primera incursión fuera de la casa para ir a la panadería, pero de lunes a domingo estuve asistiendo cumplidamente por varios meses a realizar mi encargo de un litro de leche “Del lago” y diez panes salados. Una tarde, el dueño salía de la panadería y al notarme sostuvo la puerta para que yo entrara:

-¡Pase adelante, caballero!

Y como las muchachas ya no me decían “papi” o “mi niño” la convicción de que era un hombre se afianzaba cada vez más en mí. Qué vaina. No sé cómo no me fui a casa de Vanessa Elena para besarla en la boca como hacían los novios en las telenovelas.

El caso es que una tarde, al entrar en la panadería algo llamó mi atención: una marca extranjera anunciaba que por la compra de un litro de leche te obsequiarían un muñequito. En realidad, las figuritas representaban a unos niños disfrazados de animales.

Cuando me dirigí al mostrador, ahí estaban, brillantes, hermosos, incitantes, llamativos, convocantes y provocadores los muñequitos. Era de esperarse: ipso facto, cambié de marca y me llevé un litro de aquella leche y diez panes salados. Pensaba que al final todas las leches saben igual.

Noté a mi abuelito un tanto contrariado en cuanto vio la leche. Pero yo tenía en mi bolsillo al pequeño león y soñaba ya con el tigre, el panda, el elefante, la cebra y otros tantos animales como pudiera conseguir para el cabecero de mi cama. Al siguiente día, volví a la panadería, traje los panes, la leche de aquella marca y un oso panda en mi bolsillo que rápidamente fue a parar al cabecero de mi cama junto al león.

Cuando salí de mi cuarto me esperaba abuelito en la sala con una taza en la mano y la leche aquella aun sin abrir. A su orden, me senté frente a él, abrió la leche, colmó la taza y me la extendió. Ni bien me bebí la taza de leche, volvió a colmarla y me la extendió. La tomé pero con más pausa, y, cuando hice ademán de levantarme, abuelito me conminó y tuve sentarme de nuevo.

-¡Se la va a tomar toda, carajo! ¡Usted trae esta leche porque es la que le gusta! ¡Entonces se la toma toda!

La tercera vez que mi abuelo sirvió la taza no alcancé a tomarla toda porque me sobrevino el vómito. Tras el vómito, el llanto copioso de mi niño de ocho años, la intervención de mi madre, la defensa de mis tías, y el regazo generoso de mi abuela que me consolaba.

La basura que se acumulaba en un terreno baldío detrás de nuestra casa sumó aquella noche un pequeño león y un osito panda que yo hice volar por los aires con espíritu vengativo.

La tarde siguiente volví a la panadería, y allí estaban cerca del mostrador, burlones, afeados, sarcásticos, despreciables y más plásticos que nunca, los muñequitos esos.

Con firme voz ordené leche “Del lago” y diez panes salados.

Ya en la calle, una vez traspuesto el cristal de la puerta, y muy seguro de que ellos me escucharían, grité a todo pulmón, como solamente un hombre de ocho años podría hacerlo:

- ¡Muñequitos de mieeeeeerda!