miércoles, 9 de mayo de 2018

ESO DICEN…(microcuento)



Tendido cuán largo era formando en el suelo una gran equis,  estaba el cadáver del capataz. Desnudo de la cintura hacia arriba, había quedado dentro del mísero rancho junto a la portezuela que da al patio trasero. Una herida fatal le hizo florecer vísceras y sangre.
Afuera, la numerosa peonada intercambiaba saludos, conversaciones y apreciaciones despreocupadas dando  la impresión de que aquella fatalidad los aliviaba.
El comisario salió del rancho, arrojó la colilla del cigarrillo y exhaló ruidosamente una gran cantidad de humo. Tras él, sacaron al hombrecito esposado y lo condujeron al vehículo policial. Mirándolo, dijo el comisario: -El valiente vive hasta que el cobarde quiere…
Y allá en la casa de su mamá una muchacha aliviaba la enrojecida mejilla poniéndose hielo envuelto en una camisa que no era de su marido.
CALIXTO GUTIERREZ AGUILAR
09/05/2018

jueves, 12 de abril de 2018

Trashumante, peregrino...


Dedicado a … F.C.T.
Poso mi boca sobre tu frente y dejo en ella un beso suave, cálido, un beso que me inunda de ti…
Como si fueras un país al que ansiaba volver, al que soñaba con regresar; desciendo por la breve colina de tu nariz perfecta y encuentro la gloria de tu boca que de alguna manera presintió que yo venía.
Y te beso, y me besas… y me siento fuera de mi cuerpo, convertido en aire, espíritu, qué se yo…
Resbalo a besos por tu cuello, pero otra vez vuelvo a tu boca que me atrapa como una dulce trampa de la cual aunque se pueda; no quiero escapar…
¡Huyo! ¡Huyo de tu boca que me quita la vida en cada beso que nos damos!
Y vuelvo a descender por las laderas de tu cuello para detenerme en el prado de tu pecho donde me inclino como agotado y feliz, inmensamente feliz; feliz como nunca antes…
Entonces, la inminencia de tus senos me convoca con urgencia y llego a ellos maravillado. Me sobrecoge la belleza de las rosadas areolas donde apenas se distinguen tus dormidos pezones que comienzan a advertir mi presencia de intruso adorador…
Y los rozo suavemente con besos fugaces, con mi lengua hecha ligero colibrí en torno a ellos, y los tomo entre mis dedos contemplando la erizada piel que rodea lo que ahora son dos torrecillas erectas…
No quiero irme de aquí. No quiero abandonar este paraje y sin embargo mi devoción peregrina me obliga a seguir bajando por la llanura de tu plano abdomen.
Como un animal sediento rodeo a besos el estanque de tu ombligo.  Vuelo alrededor de él como un ave que dio al fin con el manantial para su sed milenaria…
Y te ríes, cosquillosa te ríes y te ves adorable…
Y te sonrojas y me invitas a subir de nuevo a la gloria de tu boca, dulce trampa…
Y cuando emprendo el camino a tu boca, despierto… para entonces no desear otra cosa que la noche.
Esa noche que me hace soñar contigo como si fueras un país al que ansiaba volver, al que soñaba con regresar.
10 de abril de 2018

viernes, 16 de marzo de 2018

PASOPI…


Por la puerta que da al fondo de la Casa Hogar “Fray Romualdo de Renedo” entra un domingo cualquiera El Loco Ignacio.
Vestido con varias mudas de ropa al mismo tiempo, y todas mugrientas a más no poder, descalzo y despeinado viene Ignacio el loco (Pasopi, dirían los Yukpas) flanqueado por un perro de cobrizo pelaje.
Ignacio me pide comida extendiendo su mano y mostrándome un envase de margarina que alguna vez estuvo limpio. A la puerta del comedor le pido que aguarde y él, obediente, va a sentarse al pie de uno de los pilares del claustro. Un par de metros cerca, el perro entiende mi orden como si también hubiera sido dicha para él, y se echa sobre su panza en un gesto que me recuerda a la gran efigie egipcia.
Cuando traigo la comida (arroz con carne y algunos vegetales) pregunto en su lengua al loco Ignacio:
-¿Otnái yose píru? (¿Cómo se llama el perro?) y sonriendo me responde:
-¡Ámusha! (chigüire), y el  can,  que no se ha movido siquiera un poco, agita ahora su cola… ¿Sabe que hablamos de él?
Cuando ha recibido su vianda, Ignacio se levanta y corta una hoja de “Bastón del Emperador” para regresar a su puesto. La mugrienta y corta mano de Ignacio pasa una y otra vez sobre la superficie de la hoja y siento que pone cariño en lo que hace. Primorosamente la hoja reluce bajo el tratamiento de la áspera y sucia manita del loco.
Mirándolo bien, menudo y ennegrecido, Ignacio se me antoja prófugo huido de una fantástica fábrica de chocolates donde un acaudalado resentido lo sometía a trabajos exagerados. Aunque luego pienso que tal vez no huyó sino que solo salió a pasear y se perdió…
Ámusha, impávido, sigue el ritual de Ignacio y percibo en su perruno rostro un indicio de alegría.
El loco, mete ahora su mano dentro de su propia vianda y toma una gran porción que deposita justo en el centro de la hoja que abrillantó con tanto esmero. Coloca en el suelo la hoja que ahora es plato y va a sentarse con su envase al mismo lugar en que estaba antes.
A una señal suya –creo intuirla- el perro viene y come de la hoja mientras Ignacio hace lo propio un metro más allá. Comen con calma, se miran y comparten la victoria temporal que han cobrado sobre el hambre del mediodía.
Despachadas las viandas, Ámusha e Ignacio toman la ruta por la que vinieron, a medio corredor el loco eructa y el perro de nuevo agita la cola…
Días después aun pienso en Ignacio El Loco (Pasopi, dirían los Yukpas) quien perdió la cordura, pero no la bondad.
 Y me parece que ahora habría que estar un poco locos para seguir siendo buenos…


viernes, 2 de febrero de 2018

EL CUENTO DEL GATO…


¿Cómo demonios había llegado este sapo a uno de mis zapatos de domingo? No es cosa que yo haya podido determinar con facilidad. Bajo la puerta de mi habitación, raras veces abierta, apenas si podría introducirse un naipe o cualquier otra hoja de papel, pero ¿un sapo?  Abandonando todo razonamiento a este respecto me di a profundas cavilaciones en torno a la forma en cómo deshacerme de aquel amenazante animal que con anfibia tranquilidad se había apoderado de mi apreciada prenda hebdomadaria.
Impávido, el asqueroso batracio permanecía instalado hecho dueño y señor de mi zapato. La sola idea de su fría panza puesta sobre el lugar donde yo debía colocar mi planta me resultaba emética. Superado el asco inicial, y habiendo luchado con mi memoria para traer a ella la Oración de San Pablo –la cual según mi abuela ahuyenta a todo animal ponzoñoso- trepado a mi cama  me puse a buen resguardo del infame animalillo sin dejar de mirarlo en momento alguno. Recordé mi estatura, recordé que los sapos no tienen dientes ni uñas y entonces me vi a mí mismo con algo de ventaja sobre el horrendo enemigo.
De un salto caí a centímetros de la puerta y la abrí para ir al pasillo por  una escoba. ¡Qué vaina con las cosas que se pierden cuando más las necesitas! ¡No había una sola escoba! Y para mayor desgracia mi llave para abrir la reja que da al patio se había quedado en el cuarto donde la peligrosa bestezuela me esperaba.
No sabía si aún estaba dentro del zapato o si por el contrario me acechaba desde otro rincón. Esta idea aumentó mis temores y una vez más hube de hacerme el fuerte. Respiré hondamente y entreabrí de nuevo la puerta, miré hacia los zapatos y ahí estaba el desgraciado sapo como si nada. Vi las llaves sobre la cama y supuse que su asquerosa lengua no me alcanzaría si intentaba tomar el llavero. No podía apartar de mi mente la vieja conseja: “Si te lame un sapo te contagia las verrugas, si hieres con hueso de sapo, jamás te curas”
Claro, tampoco es que fuera una especie de mega-sapo. Si se lo veía bien, es posible que hinchado al máximo alcanzara las dimensiones estandarizadas de una gran pelota de ping-pong…
Cogí las llaves, fui al patio, hallé la escoba y la traje para usarla como lanza y zaherir al adormecido animal que yo me figuraba en una suerte de trance para concentrar toda su maligna fuerza en agraviarme de un modo que yo no podría prevenir.
Como si fuese un jugador de polo a caballo, de un certero golpe saqué el zapato al pasillo y del zapato salió el sapo excretando no sé si sus orines o algún peligroso humor tóxico. Hallándome en tan delicado lance llegó la solución del modo más inesperado: “Cuco” el gato de la casa, velozmente tomo el pequeño saurio entre sus felinos dientes y salió con él al patio perdiéndose por entre las matas.
¿Se lo comió? ¡No sé!  Pero eternamente agradecido le dediqué este cuento…
CALIXTO GUTIERRREZ AGUILAR


domingo, 5 de marzo de 2017

Por la calle Sucre...

Dedicado a Fray Nelson Sandoval Zambrano…

Pedro Luís iba a su pueblo y cada lunes muy temprano volvía a la ciudad. Para ir a la parada del transporte colectivo salía  de su casa por la calle Sucre o bien por la calle Bolívar. Ésta última siempre le resultó más atractiva. Un lunes cualquiera, cuando apenas amanecía, salió y encontróse con Doña Isabelita quien a esas horas barría el tramo de calle frente a su casa.
-¡Buenos días, señora Isabelita!
-¡Buenos días, mijo!
La anciana dejó su mano izquierda apoyada en el palo de la escoba e hizo con la derecha una visera, luego preguntó:
-¿Y tú quién eres?
-¡Soy Pedro Luís! El de Jacinto y María Teresa…
-Gusto en verte de nuevo mijo, saludos por tu casa…Y le dio la espalda para seguir barriendo.
Pasados quince días, aquí va Pedro Luís  por la misma calle camino de la parada a la misma hora y coincide con la misma señora puesta en el mismo oficio:
-¡Buenos días, señora  Isabelita!
-¡Buenos días, mijo!
Y la anciana dejando su mano izquierda apoyada en el palo de la escoba y haciendo con la derecha una visera, preguntó:
-¿Y tú quién eres?
-¡Soy Pedro Luís! El de Jacinto y María Teresa…
-Gusto en verte de nuevo mijo, saludos por tu casa… Y el joven contrariado por la rapidez del olvido de la señora, le dijo adiós con la mano aun cuando ella ya  le había dado la espalda.
Quien iba a decirte, querido lector, que el tan extraño suceso tuvo lugar una tercera, una cuarta y una quinta vez. Por ello Pedro Luis resolvió gastarle una broma a la señora en su sexto encuentro:
-¡Buenos días, señora  Isabelita!
-¡Buenos días, mijo!
Y la anciana repitió sus gestos y la ya acostumbrada pregunta:
-¿Y tú quién eres?
Rápido, Pedro Luís contestó:
¡Soy el hijo de Jorge Negrete y María Félix!
Indignada, la vieja chilló:
¿Siiiiiiiiii? ¡Desgraciado! ¡Le voy a decir a Jacinto y a María Teresa que los estás negando por la calle!

…Y desde entonces, Pedro Luis caminó por la calle Sucre.

CALIXTO GUTIERREZ AGUILAR



miércoles, 7 de diciembre de 2016

ALPHA...

Cuando llegaron al auditórium, ella fue abordada por mucha gente que la saludaba. A él, en cambio, era preciso presentarlo a cada paso. Como de costumbre, el acto tardaba en comenzar  y  ella se dio a departir amablemente. Pedía opiniones, argüía; reía, asentía, negaba, aceptaba, refutaba…

Al iniciarse la conferencia ella tomo asiento y él la rodeó tiernamente con su brazo.

La exposición de argumentos avanzaba pesadamente y él tomó con delicadeza la mano de ella para depositarle un suave beso que la enterneció todavía más.

Cuando ya se aproximaban a  las conclusiones, él susurró algo al oído de ella que la hizo ruborizar un poco. Cuando ella giró la cabeza para mirarlo,  él le planto un besito furtivo en los labios: rápido, sin ruido, pícaro… y ella  se ruborizó al notar que varios en la sala lo habíamos visto.

Al término del acto, él sostenía su mano entrelazando los dedos de ella. Todos notamos que eran “algo”
Se marcharon.

Una vez traspuesto el umbral de la casa ella vino a enlazar sus brazos al cuello de él. Displicente, él deshizo el lazo. Con aire casi insolente esquivo el beso que ella le ofreciera.

Ya estaban en casa, ya no tenía que dejar claro a nadie que ella era suya…
CALIXTO GUTIERREZ AGUILAR
DICIEMBRE/2016


sábado, 5 de noviembre de 2016

Apolo en el huerto…

A Angélica Guevara Alcalá, alma de este relato.

Tras el almuerzo, la muchacha huye del bochorno y de la fuerza canicular  buscando el amparo del huerto. Entre árboles y arbustos recrea escenas pastoriles acaso o construye imaginarios edenes en los cuales establecerse como solitaria hurí.
Habitado por mil cositas que se mueven, “Apolo” se solaza en la grata y silenciosa compañía de la muchacha que lo mira. Aburrido -como es común entre los de su especie- intenta de cuando en cuando atrapar moscas al vuelo y hace sonar sus dientes con chasquidos de trampa frustrada. 
Las moscas victoriosas vuelven sobre el hocico de “Apolo” y él se sacude violento y burlado.

Cambia de lugar, se tiende a la sombra; de nuevo se yergue, y ahora tiene la expresión de haber comprendido por fin cómo se debe atrapar una mosca en vuelo. Lo intenta una vez más y vuelve a fracasar.
La muchacha, que sigue atenta la conducta de “Apolo”, sonríe. Ella piensa. ¡Tú dedícate a ladrar haciendo ver que cuidas la casa! ¡Pues como matamoscas no sirves!

Y “Apolo” se aquieta, dormita y sueña entre escenas pastoriles o imaginarios edenes…
CALIXTO GUTIERREZ AGUILAR

NOVIEMBRE/2016