viernes, 2 de febrero de 2018

EL CUENTO DEL GATO…


¿Cómo demonios había llegado este sapo a uno de mis zapatos de domingo? No es cosa que yo haya podido determinar con facilidad. Bajo la puerta de mi habitación, raras veces abierta, apenas si podría introducirse un naipe o cualquier otra hoja de papel, pero ¿un sapo?  Abandonando todo razonamiento a este respecto me di a profundas cavilaciones en torno a la forma en cómo deshacerme de aquel amenazante animal que con anfibia tranquilidad se había apoderado de mi apreciada prenda hebdomadaria.
Impávido, el asqueroso batracio permanecía instalado hecho dueño y señor de mi zapato. La sola idea de su fría panza puesta sobre el lugar donde yo debía colocar mi planta me resultaba emética. Superado el asco inicial, y habiendo luchado con mi memoria para traer a ella la Oración de San Pablo –la cual según mi abuela ahuyenta a todo animal ponzoñoso- trepado a mi cama  me puse a buen resguardo del infame animalillo sin dejar de mirarlo en momento alguno. Recordé mi estatura, recordé que los sapos no tienen dientes ni uñas y entonces me vi a mí mismo con algo de ventaja sobre el horrendo enemigo.
De un salto caí a centímetros de la puerta y la abrí para ir al pasillo por  una escoba. ¡Qué vaina con las cosas que se pierden cuando más las necesitas! ¡No había una sola escoba! Y para mayor desgracia mi llave para abrir la reja que da al patio se había quedado en el cuarto donde la peligrosa bestezuela me esperaba.
No sabía si aún estaba dentro del zapato o si por el contrario me acechaba desde otro rincón. Esta idea aumentó mis temores y una vez más hube de hacerme el fuerte. Respiré hondamente y entreabrí de nuevo la puerta, miré hacia los zapatos y ahí estaba el desgraciado sapo como si nada. Vi las llaves sobre la cama y supuse que su asquerosa lengua no me alcanzaría si intentaba tomar el llavero. No podía apartar de mi mente la vieja conseja: “Si te lame un sapo te contagia las verrugas, si hieres con hueso de sapo, jamás te curas”
Claro, tampoco es que fuera una especie de mega-sapo. Si se lo veía bien, es posible que hinchado al máximo alcanzara las dimensiones estandarizadas de una gran pelota de ping-pong…
Cogí las llaves, fui al patio, hallé la escoba y la traje para usarla como lanza y zaherir al adormecido animal que yo me figuraba en una suerte de trance para concentrar toda su maligna fuerza en agraviarme de un modo que yo no podría prevenir.
Como si fuese un jugador de polo a caballo, de un certero golpe saqué el zapato al pasillo y del zapato salió el sapo excretando no sé si sus orines o algún peligroso humor tóxico. Hallándome en tan delicado lance llegó la solución del modo más inesperado: “Cuco” el gato de la casa, velozmente tomo el pequeño saurio entre sus felinos dientes y salió con él al patio perdiéndose por entre las matas.
¿Se lo comió? ¡No sé!  Pero eternamente agradecido le dediqué este cuento…
CALIXTO GUTIERRREZ AGUILAR


domingo, 5 de marzo de 2017

Por la calle Sucre...

Dedicado a Fray Nelson Sandoval Zambrano…

Pedro Luís iba a su pueblo y cada lunes muy temprano volvía a la ciudad. Para ir a la parada del transporte colectivo salía  de su casa por la calle Sucre o bien por la calle Bolívar. Ésta última siempre le resultó más atractiva. Un lunes cualquiera, cuando apenas amanecía, salió y encontróse con Doña Isabelita quien a esas horas barría el tramo de calle frente a su casa.
-¡Buenos días, señora Isabelita!
-¡Buenos días, mijo!
La anciana dejó su mano izquierda apoyada en el palo de la escoba e hizo con la derecha una visera, luego preguntó:
-¿Y tú quién eres?
-¡Soy Pedro Luís! El de Jacinto y María Teresa…
-Gusto en verte de nuevo mijo, saludos por tu casa…Y le dio la espalda para seguir barriendo.
Pasados quince días, aquí va Pedro Luís  por la misma calle camino de la parada a la misma hora y coincide con la misma señora puesta en el mismo oficio:
-¡Buenos días, señora  Isabelita!
-¡Buenos días, mijo!
Y la anciana dejando su mano izquierda apoyada en el palo de la escoba y haciendo con la derecha una visera, preguntó:
-¿Y tú quién eres?
-¡Soy Pedro Luís! El de Jacinto y María Teresa…
-Gusto en verte de nuevo mijo, saludos por tu casa… Y el joven contrariado por la rapidez del olvido de la señora, le dijo adiós con la mano aun cuando ella ya  le había dado la espalda.
Quien iba a decirte, querido lector, que el tan extraño suceso tuvo lugar una tercera, una cuarta y una quinta vez. Por ello Pedro Luis resolvió gastarle una broma a la señora en su sexto encuentro:
-¡Buenos días, señora  Isabelita!
-¡Buenos días, mijo!
Y la anciana repitió sus gestos y la ya acostumbrada pregunta:
-¿Y tú quién eres?
Rápido, Pedro Luís contestó:
¡Soy el hijo de Jorge Negrete y María Félix!
Indignada, la vieja chilló:
¿Siiiiiiiiii? ¡Desgraciado! ¡Le voy a decir a Jacinto y a María Teresa que los estás negando por la calle!

…Y desde entonces, Pedro Luis caminó por la calle Sucre.

CALIXTO GUTIERREZ AGUILAR



miércoles, 7 de diciembre de 2016

ALPHA...

Cuando llegaron al auditórium, ella fue abordada por mucha gente que la saludaba. A él, en cambio, era preciso presentarlo a cada paso. Como de costumbre, el acto tardaba en comenzar  y  ella se dio a departir amablemente. Pedía opiniones, argüía; reía, asentía, negaba, aceptaba, refutaba…

Al iniciarse la conferencia ella tomo asiento y él la rodeó tiernamente con su brazo.

La exposición de argumentos avanzaba pesadamente y él tomó con delicadeza la mano de ella para depositarle un suave beso que la enterneció todavía más.

Cuando ya se aproximaban a  las conclusiones, él susurró algo al oído de ella que la hizo ruborizar un poco. Cuando ella giró la cabeza para mirarlo,  él le planto un besito furtivo en los labios: rápido, sin ruido, pícaro… y ella  se ruborizó al notar que varios en la sala lo habíamos visto.

Al término del acto, él sostenía su mano entrelazando los dedos de ella. Todos notamos que eran “algo”
Se marcharon.

Una vez traspuesto el umbral de la casa ella vino a enlazar sus brazos al cuello de él. Displicente, él deshizo el lazo. Con aire casi insolente esquivo el beso que ella le ofreciera.

Ya estaban en casa, ya no tenía que dejar claro a nadie que ella era suya…
CALIXTO GUTIERREZ AGUILAR
DICIEMBRE/2016


sábado, 5 de noviembre de 2016

Apolo en el huerto…

A Angélica Guevara Alcalá, alma de este relato.

Tras el almuerzo, la muchacha huye del bochorno y de la fuerza canicular  buscando el amparo del huerto. Entre árboles y arbustos recrea escenas pastoriles acaso o construye imaginarios edenes en los cuales establecerse como solitaria hurí.
Habitado por mil cositas que se mueven, “Apolo” se solaza en la grata y silenciosa compañía de la muchacha que lo mira. Aburrido -como es común entre los de su especie- intenta de cuando en cuando atrapar moscas al vuelo y hace sonar sus dientes con chasquidos de trampa frustrada. 
Las moscas victoriosas vuelven sobre el hocico de “Apolo” y él se sacude violento y burlado.

Cambia de lugar, se tiende a la sombra; de nuevo se yergue, y ahora tiene la expresión de haber comprendido por fin cómo se debe atrapar una mosca en vuelo. Lo intenta una vez más y vuelve a fracasar.
La muchacha, que sigue atenta la conducta de “Apolo”, sonríe. Ella piensa. ¡Tú dedícate a ladrar haciendo ver que cuidas la casa! ¡Pues como matamoscas no sirves!

Y “Apolo” se aquieta, dormita y sueña entre escenas pastoriles o imaginarios edenes…
CALIXTO GUTIERREZ AGUILAR

NOVIEMBRE/2016

lunes, 31 de octubre de 2016

Breve relato vespertino…


Al llegar a casa, el hombre cansado pensó en escribir una historia titulada con el nombre de la muchacha. Desistió rápidamente al concluir que ella podría leerla, enterarse de todo, y asustarse. Sentado a la orilla de la cama se deshizo de la camisa y soltó las trenzas de sus zapatos. Una vez descalzo, procedió a quitarse los calcetines y luego se quedó con ambas manos puestas sobre las rodillas.
Ceñifruncido, el hombre pensó en la muchacha y calculó los años que lo separaban de ella. Sin mudar su ademán, exclamó: ¡Bien podría ser mi hija!
Se rindió a su propio peso y se dejó caer de espaldas sobre la cama con los brazos abiertos. Pensó de nuevo en la muchacha, recordó que podría ser su hija y entonces, para que nadie (ni siquiera él mismo) lo oyera, siguió pensando: ¡Bien podría ser mi hija! ¡Pero no lo es!
Y con esta última conclusión, el hombre, sonriente, se quedó dormido…
CALIXTO GUTIERREZ AGUILAR

viernes, 14 de octubre de 2016

Becky...

A Roraima Colina Bravo

Te miro dormir y me complace. No me gusta llamar a nadie cuando duerme, me parece de mal gusto. Al fin te despiertas y parsimoniosa te estiras cuanto puedes. Me encanta esa expresión tuya cuando te estiras. Me maravilla tu capacidad de elongación.

Vienes a mí, te rozas conmigo y comienzas a alejarte a pesar de que ahora si te llamo: ¡Rebeca! ¡Becky! ¡Ven!

Tú igual te alejas a pasos lentos, con ese andar tuyo que yo no sabría describir.

Y yo insisto: ¡Rebeca! ¡Becky! ¡Ven!

Apenas tengo tiempo para ver cómo te acercas a la ventana  y saltas... hacia el jardín.

Y me digo: los gatos son una vaina seria…

CALIXTO GUTIERREZ AGUILAR
14/10/2016

viernes, 8 de julio de 2016

Él, oía voces…

Venía oteando el horizonte desde la popa del Leander.  Recordaba los clamores en una lengua que no era la suya: Liberté, égalité, fraternité... Deseaba ardientemente realizar el ideal de los clamores en su propia tierra, una tierra “nueva” donde estaba todo por hacerse. Miraba al mástil y sonreía contemplando el tricolor. Ahora sí, esta vez sí llegaría.

Puertos e islas se sucedían en su imaginación afiebrada: Londres, Nueva York, Jacmel, Aruba. Recordó la fatídica noche de Ocumare y prosiguió: Bonaire, Granada, Barbados, Trinidad. Ahora sí, esta vez sí llegaría…
Saltó a tierra. Llevaba el tricolor  al hombro como arma en descanso y creía escuchar ya los clamores en su propia lengua: Libertad, igualdad, fraternidad.
Habiendo dejado el Puerto Real se encaminaron a la ciudad. Se sentía Josué en su avanzada libertaria. También él habría de tomar  parte en el derribo de nuevas murallas…

La ciudad estaba sola. La ciudad dormía.
Muchos días estuvo tocándola al hombro, llamándola por su nombre, intentando despertarla con promesas de libertad, igualdad y fraternidad; ella como un muchacho renuente no despertaba. Pensó en su Leandro, el hijo. Se amargó pero no lloró.
Entonces, Miranda dejó quieta  a Coro, y se fue…
Calixto Gutiérrez Aguilar.