viernes, 3 de enero de 2025

EN MEDIO DEL MIEDO...

 

Siempre que pude traté de huir de dos cosas y por la misma razón: del contacto con cadáveres y de la cólera de mi tío Ibrahim. En ambos casos la razón era la misma: el miedo. Pero no se crea usted que aquello era un simple miedo básico, primitivo, común, explicable. No, no, el mío era un miedo paralizante, enfermizo; patológico que llaman algunos.

Mi tío Ibrahim no era propiamente mi tío sino que lo era de mi papá. Era el último hijo de mi bisabuelo y familiarmente se lo conocía como “Tío Baíncho”

“Tío Baíncho” era famoso por sus rabietas, por sus accesos de ciega ira destructiva. Se decía además que era iniciado en malas artes de hechicería y magia negra. Contrariarlo suponía hacer estallar aquella “cólera homérica” de imprevisibles consecuencias. ¿No iba yo a temerlo?

Pero a mis diecisiete años, y ya de novio con Marisela, me planteaba yo el hecho de que si podía ir de cacería o de pesca, si bien podía escaparme con Marisela por esas oscuranas del monte para hacer cosas de jóvenes enamorados; y todas éstas son cosas que entrañan peligros reales ¿por qué no podía hacer frente a mis temores?

Y me llegó la hora de mostrar valentía cuando menos lo esperaba…

Mi tía Rosario, ya centenaria, tras una larga agonía murió en la tarde de un veinticuatro de diciembre. Tía Charito, como le decíamos, se había ido reduciendo en su cama hasta quedar convertida en cuerpo chiquito y seco que seguramente no pesaba mucho. Aclaro que tía Charito no era propiamente mi tía ni tía de mi papá, en realidad, de quien sí era tía, era del tío Baíncho.

Armado de valor fui con Marisela hasta la casa donde muchas mujeres comenzaban los preparativos para el velorio. Impelido por mi novia entré en la habitación donde la diminuta anciana yacía con los brazos a los lados del cuerpo y con una pañoleta atada para sostener su quijada. Hecho el valiente me introduje a la pieza y me paré en un rincón del cuarto a enterarme con todos mis sentidos de que estaba delante de un muerto mientras mi mente me aseguraba que aquel cuerpo inerte era incapaz de hacerme algo.

Admito que a ratos me parecía que tía Charito repentinamente se sentaría o gritaría. Creía entrever su respiración agitada y me daba la impresión de que de golpe abriría los ojos y con voz de ultratumba pronunciaría mi nombre. Yo me estaba cagando de miedo.

Pero lo malo nunca anda solo…

Un ruido de mueble torpe invadió la casa y la atronadora voz del tío Baíncho fue llenando cada rincón de las estancias.

-¡Coño e la madre Charito! No pudites coger otro día pa morite…

El aroma del ron trasegado llenó el cuarto de la muerta de donde en un santiamén salieron las mujeres sin que yo tuviera tiempo de reaccionar. Torpemente, tío Baíncho descargó en el suelo un rústico cajón que habría de servir de ataúd. Yo estaba paralizado en mi rincón, entumecido, acalambrado y a punto de gritar como un loco. Me habría salido corriendo si el corpulento tío Baíncho con su cajón no hubiera estado atravesado en la puerta del cuarto. Miré hacia el ventanuco encima de la cama y juzgué imposible salir por ahí sin tener las habilidades y el cuerpo de un felino.

Todo sucedió muy rápido: el tío se dirigió hacia la cabeza de la muerta para tomarla por los hombros y con firmeza me ordenó que la tomara yo por los pies para meterla al cajón. A la orden del tío me moví hacia el cuerpo y la tomé un poco por encima de los tobillos para levantarla.

Aquella frialdad del cadáver me subió por los brazos y me llegó a la cabeza en un dos por tres, luego comenzó a invadirme todo el cuerpo y perdí el sentido víctima de un desmayo.

Lo demás son recuerdos muy vagos de aquella hora, imprecaciones de tío Baíncho, gritos de Marisela, olores de alcohol, abanicar de cartones y después yo sentado en la acera de enfrente sin saber muy bien qué había pasado y mamá diciéndome que nos fuéramos a casa para cambiarme de ropa.

Pasado un tiempo nos fugamos y nos vinimos a vivir a esta ciudad donde he sabido que por fin murió tío Baíncho tan viejo como estaba tía Charito en su momento.

Marisela se fue ayer para los actos de velorio y enterramiento.

Yo no he querido ir por quedarme escribiendo esto y así vencer de una vez por todas el miedo que le tengo a los cadáveres y a la cólera de tío Baíncho, un viejo muy capaz de sentarse aún después de muerto, abrir los ojos y pronunciar mi nombre con voz de ultratumba por el puro placer de ver cómo me desmayo y me cago del miedo…

COMPASIÓN...

 

No siempre ha de haber ternura en los actos de compasión.

María Teresa vino corriendo y abrió con la llave que se le había dado para los casos de emergencia: con aspecto derrotado, mientras ambos brazos colgaban a cada lado del sillón, presa de un gran dolor lloraba el señor Aníbal. Por el suelo, cerca de él, se observaban varias píldoras de distintos tipos, y un tanto más allá, el vaso roto y el agua derramada.

-¡Ya ni siquiera eso puedo hacer María Teresa! ¡No pude tomar mis medicinas!

El sentimiento de incapacidad que lo invadía le hacía llorar inconsolablemente y acentuaba los temblores que padecía desde poco más de un año a causa del mal de Parkinson.

La preocupada vecina en trance de hija y asistenta intentaba consolarlo. Rápidamente recogió el reguero, fue por otro vaso de agua, secó el piso, y a instancias de él, le proporcionó uno a uno de nuevo los medicamentos.

El llanto inicial fue convirtiéndose en sollozos y poco a poco el señor Aníbal recuperó la calma.

-¿Y ella?

-Ella no se ha levantado. Yo iba a desayunarme para llamarla y asearla.

-¡No hombre! ¡No se preocupe que yo lo ayudo con eso! ¿Y los muchachos?

-Los muchachos no han llegado. Si vienen será más tarde. Hoy es sábado…

Ya en la habitación, el señor Aníbal remeció suavemente el hombro de la esposa mientras María Teresa corría las cortinas para iluminar la estancia. Entre ambos la hicieron sentar en la cama.

A pesar de la evidente ancianidad, ella conservaba claros rasgos de la belleza ostentada en tiempos pasados. El mal de Alzheimer que había borrado su memoria nada pudo hacer contra su hermosura. Hoy como en otras ocasiones, el pañal no había bastado para contener las micciones nocturnas.

Como mejor pudieron la llevaron al baño y María Teresa la aseó con filial paciencia. El señor Aníbal retiró las sábanas para llevarlas al cuarto de lavado. Cuando ella estuvo lista la llevaron a la cocina para desayunar.

El señor Aníbal se deshizo en gratitudes, lloró al reconocer nuevamente que sin la ayuda de la vecina la vida sería insoportable. Admitió que a estas alturas una muerte rápida sería muestra incontestable de compasión divina.

-No diga eso señor Aníbal. Además, espere un poquito nada más. Hoy es sábado y seguro que los muchachos empiezan a llegar de aquí a un rato.

Cuando ya en su casa puso a cargar por segunda vez la maquina lavadora, María Teresa se extrañó de que el señor Aníbal estuviese tan bien vestido, como en los mejores días; y que insistiese en que a ella la vistieran con aquel vestido azul que le quedaba tan bien.

El recuerdo de unos víveres que faltaban sacó a María Teresa de su abstracción y fue corriendo a comprar lo que le faltaba para el almuerzo.

María Teresa volvía de la tienda y notó a lo lejos la conmoción y el gentío. La consternación tenía consistencia, era palpable en el aire:

-¡Ay María Teresa hija! ¡Ay María Teresa hija! –gritaba la señora Ramona caminando hacia ella.

-Yo oí los dos disparos, uno primero y al ratico el otro… ¡Pero qué me iba a imaginar! –dijo una voz sin rostro ni corazón que brotaba del tumulto.

Ella vestida de azul yacía en la cama con una fuente carmesí del lado del corazón y como dormida. Él había estado manando dolores, angustias y miedos por la sien derecha pero ahora se lo veía tranquilo.

María Teresa cayó de rodillas sin poder hablar, sin poder llorar, pensando en que era sábado y que los muchachos llegarían tarde, ya muy tarde…

MATACÁN...

 

Noche sin viento ni luna, noche negra, selvática, sofocante. César vigila, otea hacia El Alto emboscado entre los zarzales. Las cosas apenas tienen su forma a ésa hora. César suda copiosamente y excita su ambición para vencer al miedo.

Aunque recuerda la conversación de ésta mañana piensa que nada puede salir mal:

-¡Yo lo vi, papa, yo lo vi anoche cerca del alto!

-¡María Purísima! –se santigua el viejo- ¡Ése es un animal del maligno!

-¡No hombre papa no diga eso! Esos son cuentos de la época de papabuelo para meterles miedo a los muchachos…

-¡Nadie que haya salido a cazarlo ha vuelto!

-¡No papa! Eso no es verdad, eso son leyendas de cuando no había electricidad.

Ahora César, emboscado en los zarzales piensa, tiembla, se repone, suda y se seca; suspira y juega con la escopeta, tienta el puñal que lleva al cinto. Sube hasta El Alto y está seguro de que ya ha pasado la medianoche y que está a poco de volver sobre sus pasos con destino al hogar. Baja adivinando el camino con una linterna cuyo haz de luz parece un remedo de luciérnaga.

Noche sin cocuyos ni sapos cantando, noche sin ranas ni grillos. A la orilla de la represa se refresca la frente. Cambia el color del cielo y sabe que de ahora en poco amanecerá.

Un ruido casi imperceptible le hace levantar la cara. Aguzando sus sentidos intenta horadar las tinieblas y mira al otro extremo de la represa. Su corazón se agita, intenta calmarse, echa mano de la escopeta porque ahí, justo al otro lado, está, elegante y con aire insolente: el matacán.

César repta para bordear el agua y acortar la distancia que lo separa de la tan anhelada presa. No puede creer que será él quien cobre semejante premio.

Seguro de haber avanzado lo suficiente como para estar muy cerca del blanco se incorpora sobre sus rodillas. No puede errar el tiro, acertaría aún con los ojos cerrados, y entonces dispara…

Tenía razón, sabía que acertaría aún con los ojos cerrados. El animal herido patalea, convulsiona.

César triunfador sale en carrera soltando la escopeta mientras se busca el puñal para el remate. El animal lucha, se revuelca. El apuñalamiento se hace urgente. César busca el corazón y acierta el golpe…

Pero entonces, sólo ahora que las tinieblas han regresado más negras que antes lo comprende todo.

Sólo ahora que se levanta del suelo con aire victorioso y con tristeza de víctima al mismo tiempo; solamente ahora que horrorizado quiere gritar y llorar a todo pulmón pero no puede hacerlo por más que lo intenta una y otra vez, César lo entiende todo.

Y hecho uno con la oscuridad huye al bosque…

Ahora, en otra noche sin viento ni luna, noche negra; selvática, sofocante; percibe a un hombre incauto que está emboscado entre los zarzales, y se va hasta la represa por un poco de agua…

IRREMEDIABLE...

 

Un repentino apagón acentuaba las tinieblas. Nadie pudo ver nada. Nadie quiso. Unos cuarenta y cinco minutos después del suceso llegaron los funcionarios locales de la Policía Técnica de Investigación Criminal. Los ejecutantes ya se habían marchado a pie calle abajo en medio de la oscuridad de la noche.

Llegó la luz. Unos pocos vecinos comenzaron a salir y a agruparse en la acera del frente de la casa. El aire estaba infestado de pólvora y sangre. La noche olía a diablo como recordó después el viejo Manrique.

A la señora Fina la habían dejado hospitalizada esa misma tarde. Nada serio, dijo el médico, la dejaron más bien para observarla. Era la tercera vez que enloquecido por las drogas, su hijo le maltrataba. Pero el doctor estaba equivocado porque la señora Fina tenía el alma rota y el alma no sale en las radiografías.

A diferencia de Quito, su único hermano, Pepe se dedicó a malvivir prácticamente desde la adolescencia. La muerte de su padre les hizo herederos de una modesta fortuna que él no supo aprovechar y que más bien quizá le sirviera para perderse.

Quito en cambio, con todo y ser el más joven, siempre fue juicioso, bien portado. A estas alturas de la vida por ejemplo, ya es comandante de unidad en la Policía Técnica de Investigación Criminal. De seguro apenas se enterara salía de Caracas para atender a su mamá. Los vecinos comentaban que a Pepe no le esperaba otro final sino el que había conseguido.

-¡Ah mundo si ése muchacho estaba echando vaina desde que era una criatura!

-¡Y la pobre comadre Fina, Dios me lo perdone, va a descansar por fin!

-¡Jesús! Si tenía la casa desvalijá.. ya ni olletas le quedaban a la señora Fina!

-¡Y tanto coroto bueno que dejó el finao!

-¡Ah mundo Dios, madre es madre… cuanto Pepe estuvo preso la última vez se le iban a secar las canillitas a la pobre mujer de tanto ir y venir a llevarle de todo!

-¡Pobrecita la señora Fina! Yo tuve que decirle un día que ella no había fallado en nada, que Pepe no había salido maluco a nadie. Que los hijos son como quieren ser…

-¡Ah mundo! Y cuando le den el parte al pobre Quito. Ése no va a esperar a que amanezca bien pa venirse volando…

Pero nadie pudo ver nada, nadie quiso. Ninguno reparó en los dos hombres que se fueron caminando calle abajo en medio de la oscuridad. El que cruzó a la derecha se subió a un carro y tomó lugar junto al chofer.

Cuando avanzaron un poco escuchó el llanto de otro que estaba en el asiento trasero.

-¡Tenga valor! Esto es arrecho. Pero usted sabe que no había más remedio…

Y Quito se secó las lágrimas, respiró fuerte para recomponerse y dijo:

-¡Es verdad! No había más remedio…

Ya llegaría él de Caracas al otro día para atender a su mamá.

LOS MUÑEQUITOS ESOS...

 

Cuando cumplí ocho años mi abuelo dijo que ya podía hacer mandados porque yo era un hombrecito. Aquello, inflamó de orgullo mi pecho infantil a tal punto que decidí usar únicamente pantalones largos cuando me tocara ir a cumplir algún encargo fuera de la casa. Consideré también que podría visitar a Vanesa Elena y besarla en la boca como hacían los novios en las telenovelas porque, a fin de cuentas, de “hombrecito” a “hombre” la diferencia debía ser muy poca.

No me importaba que por aquella época ella rondara los diecisiete.

Abuelito era un hombre de rituales. Cerca de las cuatro de la tarde se bañaba, iba por leche y pan, y luego de merendar se sentaba al frente de la casa hasta la hora de la cena. Yo siempre le acompañé a la panadería que estaba a cuadra y media. El dueño, un tipo muy amable, trataba de “don” a mi abuelo, y las muchachas, le decían “señor” pero lo trataban con gran cortesía. Conmigo, las muchachas se deshacían en atenciones y halagos, que si “hola papi”, que si “hola mi amor”, que si “hola mi niño”

Abuelito siempre compraba lo mismo, un litro de leche “Del lago” y diez panes salados. Él era un hombre de rituales.

No recuerdo claramente mi primera incursión fuera de la casa para ir a la panadería, pero de lunes a domingo estuve asistiendo cumplidamente por varios meses a realizar mi encargo de un litro de leche “Del lago” y diez panes salados. Una tarde, el dueño salía de la panadería y al notarme sostuvo la puerta para que yo entrara:

-¡Pase adelante, caballero!

Y como las muchachas ya no me decían “papi” o “mi niño” la convicción de que era un hombre se afianzaba cada vez más en mí. Qué vaina. No sé cómo no me fui a casa de Vanessa Elena para besarla en la boca como hacían los novios en las telenovelas.

El caso es que una tarde, al entrar en la panadería algo llamó mi atención: una marca extranjera anunciaba que por la compra de un litro de leche te obsequiarían un muñequito. En realidad, las figuritas representaban a unos niños disfrazados de animales.

Cuando me dirigí al mostrador, ahí estaban, brillantes, hermosos, incitantes, llamativos, convocantes y provocadores los muñequitos. Era de esperarse: ipso facto, cambié de marca y me llevé un litro de aquella leche y diez panes salados. Pensaba que al final todas las leches saben igual.

Noté a mi abuelito un tanto contrariado en cuanto vio la leche. Pero yo tenía en mi bolsillo al pequeño león y soñaba ya con el tigre, el panda, el elefante, la cebra y otros tantos animales como pudiera conseguir para el cabecero de mi cama. Al siguiente día, volví a la panadería, traje los panes, la leche de aquella marca y un oso panda en mi bolsillo que rápidamente fue a parar al cabecero de mi cama junto al león.

Cuando salí de mi cuarto me esperaba abuelito en la sala con una taza en la mano y la leche aquella aun sin abrir. A su orden, me senté frente a él, abrió la leche, colmó la taza y me la extendió. Ni bien me bebí la taza de leche, volvió a colmarla y me la extendió. La tomé pero con más pausa, y, cuando hice ademán de levantarme, abuelito me conminó y tuve sentarme de nuevo.

-¡Se la va a tomar toda, carajo! ¡Usted trae esta leche porque es la que le gusta! ¡Entonces se la toma toda!

La tercera vez que mi abuelo sirvió la taza no alcancé a tomarla toda porque me sobrevino el vómito. Tras el vómito, el llanto copioso de mi niño de ocho años, la intervención de mi madre, la defensa de mis tías, y el regazo generoso de mi abuela que me consolaba.

La basura que se acumulaba en un terreno baldío detrás de nuestra casa sumó aquella noche un pequeño león y un osito panda que yo hice volar por los aires con espíritu vengativo.

La tarde siguiente volví a la panadería, y allí estaban cerca del mostrador, burlones, afeados, sarcásticos, despreciables y más plásticos que nunca, los muñequitos esos.

Con firme voz ordené leche “Del lago” y diez panes salados.

Ya en la calle, una vez traspuesto el cristal de la puerta, y muy seguro de que ellos me escucharían, grité a todo pulmón, como solamente un hombre de ocho años podría hacerlo:

- ¡Muñequitos de mieeeeeerda!

JULIÁN EL ESCRUPULOSO...

 

Cuando apenas amaneció lo atacó de nuevo aquel pensamiento y se dio cuenta de que sería un día de esos en los que se le daba por cavilar profundamente.

Rápido, rechazó la tentación de filosofar y le desagradó la idea de estar prolongando eso que llaman la "crisis de la mediana edad" cuando estaba ya a pocos meses de cumplir sesenta años.

Fue su padre quien lo inició en la empresa familiar que ahora manejaba él como mejor podía.

Alguien debía hacer su trabajo, concluyó para calmarse.

Claro que ganaba dinero con ello, pero ajá, otros también lo hacían. Que pudiera recordar, eran muchas las ocasiones en que había llegado muy lejos en la condescendencia con sus clientes y, dicho sea de paso, siempre trató de mostrarse comprensivo.

Por ello, se reprochaba a sí mismo el dejarse asaltar continuamente por esos repentinos escrúpulos.

En fin, que decidido como estaba se dirigió a la puerta principal para girar el cartel y avisar: "ABIERTO"

Pero un minuto antes de hacerlo entornó la mirada y rezó muy sinceramente mientras se santiguaba:

¡Tú sabes oh Señor que a nadie deseo el mal; pero te pido que hoy me vaya bien en mi negocio!

Y entonces sí, Julián abrió las puertas de la funeraria...

CALEMBOUR…

 

A Toño Solito lo llamaban así porque su nombre era Antonio y porque creció sin parientes. Su padre había muerto mientras su madre estaba embarazada y ni bien Antonio salía de la pubertad, murió su mamá. Decían que en cierta ocasión en que debió responder a un cuestionario oficial no supo cuál era su nombre completo:

-¡Antonio! Ponga así nomás ¡Antonio solito!

Cuando la negra sombra de la guerra intestina vino a cubrir la ciudad Antonio fue reclutado para el servicio militar. Cuatro años después regresó con dos dedos menos en la mano izquierda y cojeando de la pierna derecha. Además de recuerdos y ropa sucia no trajo más nada.

Las heridas de la guerra eran profundas también en el alma de la ciudad. En pleno corazón de ella, convergían la iglesia de san Silvestre, la casa del doctor Feliciano Vargas, la casa abogado Benedicto Silva y la residencia del prefecto, el coronel Secundino Bracho.

El doctor Vargas y el abogado Silva, emparentados con los “godos” de la ciudad desde los mismísimos días de su fundación, se negaron a irse pese al resultado de la guerra que puso en el gobierno a los liberales.

Los del partido liberal, según Vargas y Silva, eran gente grosera, sin modales, verdaderos arribistas que no durarían en el poder. El estertor de decencia que despertaría al pueblo para echar a los liberales se tardaba tanto que Vargas y Silva como el resto de la gente se acostumbraron al gobierno liberal.

Toño Solito después de vagar por las calles en los primeros días de su regreso consiguió trabajo en la cercana huerta del prefecto Bracho. Toño se hizo amigo inseparable del aguardiente de caña y entonces fue relevado de sus funciones de guardia nocturno. Sin embargo, Bracho le permitió seguir habitando en el huerto y le impuso la obligación de tomar parte en todas las tareas en que su efímera sobriedad diurna le permitiera echar una mano. Por un tiempo se lo controló tanto, que no podía “echarse un palo” antes del mediodía. Luego, también se saltó esa advertencia.

Toño Solito ayudaba, mendigaba, malcomía y bebía. La continua embriaguez lo envejeció. La gente, que ya se había acostumbrado al gobierno liberal, se acostumbró también a Toño Solito y a sus borracheras, sus pesadillas, sus gritos, sus terrores, sus llantos.

Una noche, Toño Solito puesto de pie en medio de la calle gritó:

-¡No hay Vargas que valga ni Silva que sirva!

Discretas luces se encendieron en la casa del doctor y en la del abogado. Murmullos apenas audibles escaparon de los balcones sin llegar a oídos de Toño que en medio de una especie de trance repetía una y otra vez:

-¡No hay Vargas que valga ni Silva que sirva!

Pasada la medianoche, el tambaleante y enronquecido Toño Solito recogió unas monedas que cayeron de la ventana del prefecto Bracho y se perdió entre las sombras con rumbo a la huerta.

El abogado y el doctor sabían que nada ganaban con poner una denuncia y que no tendría sentido ninguna otra acción contundente, por lo que cada uno por su cuenta reconvino amablemente a Toño Solito. Pero en cosa de un mes, una noche…

-¡No hay Vargas que valga ni Silva que sirva! ¡No hay Vargas que valga ni Silva que sirva!

Y de nuevo a la ventana por algunas monedas antes del volver al huerto tambaleante y enronquecido.

Una noche de domingo de enero, un enero frio y oscuro, volvió Toño Solito con su odiosa serenata en medio de la calle:

-¡No hay Vargas que valga ni Silva que sirva! ¡No hay Vargas que valga ni Silva que sirva!

En una pausa del estribillo, se oyó el inconfundible tintineo de unas monedas lanzadas a la calle desde una dirección opuesta a la habitual. En la penumbra, la silueta del borracho camina y las recoge:

-¡No hay Vargas que valga ni Silva que sirva!

Pero de pronto, una voz sin origen determinado preguntó.

-¿Y de Los Bracho?

Toño Solito a todo gañote respondió:

-¡De los Brachos, ni las hembras, ni los machos!

Y durante un buen rato la noche se llenó con los gritos de Toño:

-¡No hay Vargas que valga ni Silva que sirva! ¡Y de los Brachos, ni las hembras, ni los machos!

Luego fue todo una misma cosa: chirriar de portón que se abre, sombra que empuña rifle, estruendo de disparo, y un borracho muerto en medio de la calle oscura…

La ciudad que estaba acostumbrada a Toño Solito se acostumbró también a su ausencia. Porque la gente siempre se acostumbra a todo: a los gobiernos, a los Vargas, a los Silva y a los Bracho…