viernes, 3 de enero de 2025

LOS MUÑEQUITOS ESOS...

 

Cuando cumplí ocho años mi abuelo dijo que ya podía hacer mandados porque yo era un hombrecito. Aquello, inflamó de orgullo mi pecho infantil a tal punto que decidí usar únicamente pantalones largos cuando me tocara ir a cumplir algún encargo fuera de la casa. Consideré también que podría visitar a Vanesa Elena y besarla en la boca como hacían los novios en las telenovelas porque, a fin de cuentas, de “hombrecito” a “hombre” la diferencia debía ser muy poca.

No me importaba que por aquella época ella rondara los diecisiete.

Abuelito era un hombre de rituales. Cerca de las cuatro de la tarde se bañaba, iba por leche y pan, y luego de merendar se sentaba al frente de la casa hasta la hora de la cena. Yo siempre le acompañé a la panadería que estaba a cuadra y media. El dueño, un tipo muy amable, trataba de “don” a mi abuelo, y las muchachas, le decían “señor” pero lo trataban con gran cortesía. Conmigo, las muchachas se deshacían en atenciones y halagos, que si “hola papi”, que si “hola mi amor”, que si “hola mi niño”

Abuelito siempre compraba lo mismo, un litro de leche “Del lago” y diez panes salados. Él era un hombre de rituales.

No recuerdo claramente mi primera incursión fuera de la casa para ir a la panadería, pero de lunes a domingo estuve asistiendo cumplidamente por varios meses a realizar mi encargo de un litro de leche “Del lago” y diez panes salados. Una tarde, el dueño salía de la panadería y al notarme sostuvo la puerta para que yo entrara:

-¡Pase adelante, caballero!

Y como las muchachas ya no me decían “papi” o “mi niño” la convicción de que era un hombre se afianzaba cada vez más en mí. Qué vaina. No sé cómo no me fui a casa de Vanessa Elena para besarla en la boca como hacían los novios en las telenovelas.

El caso es que una tarde, al entrar en la panadería algo llamó mi atención: una marca extranjera anunciaba que por la compra de un litro de leche te obsequiarían un muñequito. En realidad, las figuritas representaban a unos niños disfrazados de animales.

Cuando me dirigí al mostrador, ahí estaban, brillantes, hermosos, incitantes, llamativos, convocantes y provocadores los muñequitos. Era de esperarse: ipso facto, cambié de marca y me llevé un litro de aquella leche y diez panes salados. Pensaba que al final todas las leches saben igual.

Noté a mi abuelito un tanto contrariado en cuanto vio la leche. Pero yo tenía en mi bolsillo al pequeño león y soñaba ya con el tigre, el panda, el elefante, la cebra y otros tantos animales como pudiera conseguir para el cabecero de mi cama. Al siguiente día, volví a la panadería, traje los panes, la leche de aquella marca y un oso panda en mi bolsillo que rápidamente fue a parar al cabecero de mi cama junto al león.

Cuando salí de mi cuarto me esperaba abuelito en la sala con una taza en la mano y la leche aquella aun sin abrir. A su orden, me senté frente a él, abrió la leche, colmó la taza y me la extendió. Ni bien me bebí la taza de leche, volvió a colmarla y me la extendió. La tomé pero con más pausa, y, cuando hice ademán de levantarme, abuelito me conminó y tuve sentarme de nuevo.

-¡Se la va a tomar toda, carajo! ¡Usted trae esta leche porque es la que le gusta! ¡Entonces se la toma toda!

La tercera vez que mi abuelo sirvió la taza no alcancé a tomarla toda porque me sobrevino el vómito. Tras el vómito, el llanto copioso de mi niño de ocho años, la intervención de mi madre, la defensa de mis tías, y el regazo generoso de mi abuela que me consolaba.

La basura que se acumulaba en un terreno baldío detrás de nuestra casa sumó aquella noche un pequeño león y un osito panda que yo hice volar por los aires con espíritu vengativo.

La tarde siguiente volví a la panadería, y allí estaban cerca del mostrador, burlones, afeados, sarcásticos, despreciables y más plásticos que nunca, los muñequitos esos.

Con firme voz ordené leche “Del lago” y diez panes salados.

Ya en la calle, una vez traspuesto el cristal de la puerta, y muy seguro de que ellos me escucharían, grité a todo pulmón, como solamente un hombre de ocho años podría hacerlo:

- ¡Muñequitos de mieeeeeerda!

JULIÁN EL ESCRUPULOSO...

 

Cuando apenas amaneció lo atacó de nuevo aquel pensamiento y se dio cuenta de que sería un día de esos en los que se le daba por cavilar profundamente.

Rápido, rechazó la tentación de filosofar y le desagradó la idea de estar prolongando eso que llaman la "crisis de la mediana edad" cuando estaba ya a pocos meses de cumplir sesenta años.

Fue su padre quien lo inició en la empresa familiar que ahora manejaba él como mejor podía.

Alguien debía hacer su trabajo, concluyó para calmarse.

Claro que ganaba dinero con ello, pero ajá, otros también lo hacían. Que pudiera recordar, eran muchas las ocasiones en que había llegado muy lejos en la condescendencia con sus clientes y, dicho sea de paso, siempre trató de mostrarse comprensivo.

Por ello, se reprochaba a sí mismo el dejarse asaltar continuamente por esos repentinos escrúpulos.

En fin, que decidido como estaba se dirigió a la puerta principal para girar el cartel y avisar: "ABIERTO"

Pero un minuto antes de hacerlo entornó la mirada y rezó muy sinceramente mientras se santiguaba:

¡Tú sabes oh Señor que a nadie deseo el mal; pero te pido que hoy me vaya bien en mi negocio!

Y entonces sí, Julián abrió las puertas de la funeraria...

CALEMBOUR…

 

A Toño Solito lo llamaban así porque su nombre era Antonio y porque creció sin parientes. Su padre había muerto mientras su madre estaba embarazada y ni bien Antonio salía de la pubertad, murió su mamá. Decían que en cierta ocasión en que debió responder a un cuestionario oficial no supo cuál era su nombre completo:

-¡Antonio! Ponga así nomás ¡Antonio solito!

Cuando la negra sombra de la guerra intestina vino a cubrir la ciudad Antonio fue reclutado para el servicio militar. Cuatro años después regresó con dos dedos menos en la mano izquierda y cojeando de la pierna derecha. Además de recuerdos y ropa sucia no trajo más nada.

Las heridas de la guerra eran profundas también en el alma de la ciudad. En pleno corazón de ella, convergían la iglesia de san Silvestre, la casa del doctor Feliciano Vargas, la casa abogado Benedicto Silva y la residencia del prefecto, el coronel Secundino Bracho.

El doctor Vargas y el abogado Silva, emparentados con los “godos” de la ciudad desde los mismísimos días de su fundación, se negaron a irse pese al resultado de la guerra que puso en el gobierno a los liberales.

Los del partido liberal, según Vargas y Silva, eran gente grosera, sin modales, verdaderos arribistas que no durarían en el poder. El estertor de decencia que despertaría al pueblo para echar a los liberales se tardaba tanto que Vargas y Silva como el resto de la gente se acostumbraron al gobierno liberal.

Toño Solito después de vagar por las calles en los primeros días de su regreso consiguió trabajo en la cercana huerta del prefecto Bracho. Toño se hizo amigo inseparable del aguardiente de caña y entonces fue relevado de sus funciones de guardia nocturno. Sin embargo, Bracho le permitió seguir habitando en el huerto y le impuso la obligación de tomar parte en todas las tareas en que su efímera sobriedad diurna le permitiera echar una mano. Por un tiempo se lo controló tanto, que no podía “echarse un palo” antes del mediodía. Luego, también se saltó esa advertencia.

Toño Solito ayudaba, mendigaba, malcomía y bebía. La continua embriaguez lo envejeció. La gente, que ya se había acostumbrado al gobierno liberal, se acostumbró también a Toño Solito y a sus borracheras, sus pesadillas, sus gritos, sus terrores, sus llantos.

Una noche, Toño Solito puesto de pie en medio de la calle gritó:

-¡No hay Vargas que valga ni Silva que sirva!

Discretas luces se encendieron en la casa del doctor y en la del abogado. Murmullos apenas audibles escaparon de los balcones sin llegar a oídos de Toño que en medio de una especie de trance repetía una y otra vez:

-¡No hay Vargas que valga ni Silva que sirva!

Pasada la medianoche, el tambaleante y enronquecido Toño Solito recogió unas monedas que cayeron de la ventana del prefecto Bracho y se perdió entre las sombras con rumbo a la huerta.

El abogado y el doctor sabían que nada ganaban con poner una denuncia y que no tendría sentido ninguna otra acción contundente, por lo que cada uno por su cuenta reconvino amablemente a Toño Solito. Pero en cosa de un mes, una noche…

-¡No hay Vargas que valga ni Silva que sirva! ¡No hay Vargas que valga ni Silva que sirva!

Y de nuevo a la ventana por algunas monedas antes del volver al huerto tambaleante y enronquecido.

Una noche de domingo de enero, un enero frio y oscuro, volvió Toño Solito con su odiosa serenata en medio de la calle:

-¡No hay Vargas que valga ni Silva que sirva! ¡No hay Vargas que valga ni Silva que sirva!

En una pausa del estribillo, se oyó el inconfundible tintineo de unas monedas lanzadas a la calle desde una dirección opuesta a la habitual. En la penumbra, la silueta del borracho camina y las recoge:

-¡No hay Vargas que valga ni Silva que sirva!

Pero de pronto, una voz sin origen determinado preguntó.

-¿Y de Los Bracho?

Toño Solito a todo gañote respondió:

-¡De los Brachos, ni las hembras, ni los machos!

Y durante un buen rato la noche se llenó con los gritos de Toño:

-¡No hay Vargas que valga ni Silva que sirva! ¡Y de los Brachos, ni las hembras, ni los machos!

Luego fue todo una misma cosa: chirriar de portón que se abre, sombra que empuña rifle, estruendo de disparo, y un borracho muerto en medio de la calle oscura…

La ciudad que estaba acostumbrada a Toño Solito se acostumbró también a su ausencia. Porque la gente siempre se acostumbra a todo: a los gobiernos, a los Vargas, a los Silva y a los Bracho…

jueves, 23 de noviembre de 2023

Crónica: vainas del padre Emilio.

 

Habiendo nacido en abril de 1922, tenía cincuenta años cuando fue destinado a Santa Ana de Coro el año en que yo nací. Salesiano al fin, tuvo como destino el Colegio Pio XII. Aunque no era su perfil, debió especializarse en biología para ser profesor de ésa catedra por muchos años. Regentó la iglesia de San Gabriel, levantó el moderno templo parroquial de san Juan Bosco y jugó un papel determinante en la constitución de la comunidad parroquial de Cristo Resucitado en la urbanización Independencia donde yo lo conocí alrededor de 1978.

Era caraqueño, de San Juan, y se llamaba Emilio Rodríguez Regalado; aunque se lo conocía simplemente como el padre Emilio.

Escribió y publicó dos folletines: “Encontré a mi madre” una serie de testimonios y afirmaciones piadosas sobre la virgen María, y “Un cura chévere” sobre san Juan Bosco.

En sus clases llevó hasta el extremo aquella afirmación según la cual si uno no lo recuerda es porque no lo sabe y derivó en un verdadero fanático del “caletre”

Tenía fama de poseer un carácter brusco, cortante; era poquito de paciencia y solía tener siempre a mano una salida ocurrente. Amén de ser conocido por contar chistes malos y hacer charadas peores.

Pero es el caso de que cuando se acercaba la década de mil novecientos noventa comenzó a padecer molestias en una de sus piernas que lo convirtieron en un visitante recurrente del consultorio de un reputado traumatólogo coriano con fama de buen médico y de católico piadoso. La pierna se hinchaba sin dolor alguno desde la cadera hasta la totalidad del pie.

Grageas e inyecciones, unturas y flexiones, reposo y hasta una media elástica de compresión se utilizaron en vano porque tras una mejoría aparente, aquí volvía la inflamación de la extremidad inferior como si nada se hubiera hecho por remediarla.

Según me refirió él mismo, cansado ya de tanto tratamiento infructuoso increpó al doctor sobre el origen de aquel mal, y el médico, agotadas sus copiosas lecturas, sus hondas investigaciones y sus sesudas reflexiones se decantó porque aquello era atribuible a meras cuestiones de la edad.

-Se equivoca usted, mi querido doctor –aseveró sereno el padre Emilio dispuesto a salir de la consulta.

-¿Por qué no habría de serlo? –preguntó el médico.

-¡Porque la otra pierna tiene los mismos años que ésta y no se me hincha! –respondió el padre.

En 1989 se le ordenó al padre Emilio dejar  el colegio Pío XII e irse a la Escuela Agronómica de Barinas y de allí pasó a Caracas.

Tristemente, en la ciudad capital le abandonaron la cordura y la alegría y fue apagándose de a poco hasta que murió un día de mayo lejos de su querida Coro, ésta ciudad cada día más achacosa dizque por cuestiones de la edad…

CALIXTO GUTIÉRREZ AGUILAR.

 

 

martes, 21 de noviembre de 2023

DIFÍCIL...

 Después de saludarla con la mano y notar que no me correspondía con un gesto de rechazo me fui de a poco acercando a ella. Con cuidado me senté a su lado sin aproximarme mucho. No era mi idea importunarla.

-¿Me puedo sentar aquí?

-¡Bueno! Ya se sentó ¿no le parece?

 Reímos de mi aparente torpeza y comenzamos a conversar sin dirección.

-¿Es usted casada? ¿Tiene hijos?

-¡Por supuesto! Mi marido no debe tardar en venir por ahí… y sí, tengo tres hijos. Una hembrita y dos varones.

A mi vez le conté que también estaba casado pero que mi esposa y yo no habíamos podido tener hijos todavía. Se condolió de mí y me dijo que no perdiera la esperanza, que total, aún era joven.

-Usted me parece una mujer preciosa, y disculpe…

-Disculpado. Usted también es bien parecido…

Y pasamos a otros temas como el clima, las flores, la comida, sus padres, sus hermanos; me dijo que venía de un pueblo y que esperaba a su esposo para regresar porque la ciudad no le gusta.

Me invadieron las ganas de llorar pero no podía hacerlo allí delante de ella. Entonces me excusé con una tontería y salí de su habitación porque estos días en los que mamá no me recuerda me hacen daño y desde que murió papá la vida es más difícil…

domingo, 10 de septiembre de 2023

¡A muerte!

 Esperas la noche para atacar.

¡Pérfido! ¡Maligno! ¡Artero!

Lo tuyo es ir sobre seguro, 

por eso prefieres lo oscuro,

¡Infame! ¡Desleal! ¡Traicionero!


¡Osas venir a mi cuarto!

¡Profanas impune mi habitación!

Aquí estás y no te muestras, 

son tus intenciones siniestras

y te gozas en mi confusión.


¡Decreto tu muerte para hoy!

Nos batiremos en último duelo,

Tú a lo tuyo ¡Sabandija!

que una misma tiniebla nos cobija

y daremos los dos al mismo suelo.


¡Yo cantaré victoria!

¡Qué importa al fin lo que yo pierda!

Dejaré mi cama, dejaré mi paz;

Y de un cotizazo… ¡Zas!

¡Yo te mataré, grillo de mierda!


 CALIXTO GUTIÉRREZ AGUILAR

viernes, 14 de julio de 2023

Dubio...

 

José Dubio estaba lleno de las mayores incertidumbres, tanto, que ya no le cabía la menor duda.