viernes, 5 de octubre de 2018

GÉNESIS...


No tengo memoria de mí antes de ti…
¿Qué podía haber sido yo sino caos y oscuridad?
Fue tu aleteo sobre mí el que me despertó para venir a la existencia.
Dejé de ser masa informe pues me moldeaste, dejé de ser materia inerte pues a fuerza de besos me insuflaste tu aliento y viví.
Ahora soy. Antes de ti no era.
He comenzado a ser desde que me tocaste y me comunicaste tu fuerza vital.
Tuve origen en ti, vine a la vida contigo; por ti vine a la luz.
No soy más anarquía, ya no soy tinieblas y silencio.
Tus arrullos me llamaron y vine a la vida.
Todo yo inicio en ti, tú eres mi principio.
Todo ha empezado contigo, todo lo has iluminado, todo lo has puesto en su lugar.
¡Eres el origen! ¡Mi origen!
Sí, eres mi Génesis…
CALIXTO GUTIERREZ AGUILAR
Octubre 2018



lunes, 1 de octubre de 2018

Chucho, Beto y Toto…(Cuento coriano)


El señor Chucho era un “factótum” y no había trabajo al cual no hiciera frente. Ora batía el barro para construir una casa, ora cepillaba la madera de un ataúd, ora se daba a la siembra o a la pesca y siempre por lo tanto, algo tenía qué hacer. Lógicamente siempre tenía necesidad de algún ayudante. Para más señas, diré que era de  la zona de El Pantano en aquella Coro con bostezos rurales que aún no alcanzaba a llegar a la mitad del siglo XX.
De Beto y Toto diré que eran hermanos. Fuera del apellido y del origen común nada podría hacer suponer que los tales formaban parte de una misma prole. Pero eso suele pasar, fíjese el amable lector que otros no hay que sean más hermanos que los dedos de una misma mano, y sin embargo no son iguales entre sí. Beto era responsable y hacendoso, comedido y sobrio. Por su parte, Toto era él. Baste decirle al paciente lector, que algunos solían afirmar: “Toto lo único que tiene de bueno es el hermano”
En fin, contratados por el señor Chucho como ayudantes para reparar una vieja casona, todo iba muy bien hasta aquel sábado en que con media jornada laboral debían cerrar la semana de trabajo y recibir su “arreglo” por el tiempo trabajado. Beto llegó puntual y se dispuso de inmediato a la labor, el señor Chucho se incorporó un poco más tarde pues debió pasar primero a “matar otro tigre”. Sobre las diez de la mañana, se apareció Toto luciendo las mismas galas con las cuales había salido de su casa el viernes por la tarde, con los ojos inyectados de sangre y con un terrible aliento a nísperos maduros. Ocultando su disgusto Beto y el señor Chucho siguieron trabajando haciendo caso omiso de la cantidad de veces que Toto se tomaba un descansito para beber agua fresca y echar vaina con la muchacha de la cocina que estaba “de frita” con él.
A la hora del almuerzo, cuando solo restaba despachar las viandas y cobrar lo convenido, los tres hombres se acomodaron a la mesa habiendo recogido y puesto en orden todas las cosas. En una fuente de madera les fueron servidos tres pescados fritos. Uno se destacaba del resto por su gran tamaño. De pronto, con pasmosa agilidad, Toto trajo hasta su plato aquel pescado que a todas luces era el más grande y esto hizo que estallará el reproche de su hermano:
-¡Qué bolas tenés vos!
Perfectamente consciente de lo que había hecho y fingiendo asombro, Toto preguntó:
-¿Por qué pues? ¿Qué pasó?
-¡Que te agarraste el pescao más grande antes que los demás nos sirviéramos!- respondió Beto indignado.
-¿Vos no fueras hecho lo mismo? –preguntó Toto a su hermano, el cual, enérgicamente respondió que no.
-¿Y usted señor Chucho? ¿No iba usted a agarrar el pescao más grande?- preguntó una vez más el descarado Toto. Pero el hombre mayor por toda respuesta negó en silencio agitando la cabeza levemente.
-¡No entiendo cuál es el problema! –dijo Toto engullendo un trozo de arepa- ¡Si ninguno de ustedes lo iba a agarrar, de todas maneras me iba a tocar a mí..!
Y siguió comiendo con esa aparente tranquilidad que da el descaro a los hombres cínicos.  
Mientras Coro era una ciudad amodorrada con largos bostezos rurales que aún no alcanzaba la mitad del siglo XX…
CALIXTO GUTIERREZ AGUILAR
Re-edición Septiembre de 2.018

jueves, 27 de septiembre de 2018

NITO EL RATERO Y EL CASO DE LAS TORONJAS (Cuento coriano)


El célebre paseo de Rafael Escalona llamado “La Custodia de Badillo” tiene una estrofa que comienza diciendo así: “Ahora si estoy convencido que eso de la fama, no deja  de ser un problema para quien la tiene…” y si esto no fuera tan cierto como lo es no habría ocurrido lo que paso a contarles…
En el barrio coriano de Monteverde, el joven Nito tenía fama de ser “un muchacho mala costumbre” que es como usualmente se denominaba a los rateritos de poca monta.
Nito era ladrón así sin más. Ya por necesidad, ya por vicio; Nito era responsable de la mayoría de las raterías que en el populoso sector se cometían. Tenía pues la vergonzosa distinción de ser el ratero del barrio.
Si se lo identificaba como autor material de algún latrocinio casi de inmediato iba a dormir su par de noches a la sede de la policía, amén de recibir una remecida ración de pescozones y planazos. Muchas veces bastaba con ir a su casa para encontrar lo que se había perdido de los solares y las casas vecinas en la noche anterior.
Con el tiempo, nuevos rateros se incorporaron a la actividad delincuencial en la zona y plantearon seria competencia a nuestro consabido amigo de lo ajeno. Y sucedió que en una ocasión habiendo ocurrido un grave robo en el cual nada tuvo que ver, igualmente fue encarcelado. Pero esta vez, harta la gendarmería de verlo entrar y salir de la comisaría sin asomos de enmienda; se excedieron en lo de la tunda y en cuanto a los días de encierro.
Antonio, un vecino de Monteverde que se dedicaba al comercio de diversos géneros recorriendo la geografía falconiana, bajó de La Sierra cargado de toronjas. En principio no quería comprarlas, pero el cultivador insistió tanto y se las dio a tan buen precio que no le quedó otra opción. Camino a Coro pensaba Antonio qué hacer con tal cargamento. Sin embargo, para la irrisoria suma que había pagado por ellas tanto daba como si se las hubiesen regalado. La tarde en que Antonio regresó con las toronjas coincidió con la salida de Nito de la cárcel…

Por la noche, cuando el vecindario dormía, los recién incorporados rateros hacían de las suyas con la carga cítrica mientras Antonio cansado dormía profundamente. Tan cansado había llegado a casa que no tuvo tiempo para descargar el camión que había dejado en la calle.
Pero acostumbrado como estaba Nito a los paseos nocturnos, no tardó en darse cuenta de lo que acontecía con las toronjas y comenzó a dar voces de alerta ante las cuales los ladrones emprendieron la huida. Se acercó a la ventana de la casa de Antonio y comenzó a  susurrar:
-¡Toño! ¡Toño! ¡Paráte Toño que se están robando las toronjas...!
Disgustado, desde adentro Antonio interrogó:
-¿Quién es?
¡Soy yo, Nito..! –Respondieron desde la calle-
¡Dejá que se roben esa vaina! - repuso Antonio enfadado-
A esto replicó Nito recordando su última estadía en la comandancia:
-No Toño… ¡Es que después van a decir que soy Yo..!

Porque al final Escalona tenía razón, y la fama es un problema para quien la tiene…
CALIXTO GUTIERREZ AGUILAR
(re-editado en septiembre de 2.018)

miércoles, 29 de agosto de 2018

El CERETÓN…


El viejo salió de su casa y vino a sentarse junto a mí en la acera. Trajo consigo un vaso pequeño, un vasito, más aproximado a ser dedal que a ser copa. Me sirvió aguardiente y comenzó a contarme:
-¡Así como esta noche, la luna estaba clarita y se podía ver  todo en el monte! Yo sabía que no era buena noche para la cacería, pero ¿qué quieres? Él era mi compadre y yo no le podía decir que no. Además, yo no creía en esas cosas que se decían de él…
El viejo sirvió un trago. Levantó el trago a la altura de los ojos e hizo como si mirara al pasado a través del vaso.  Tras brevísima pausa añadió:
-En lo que llegamos a “Pozo viejo” me dijo que nos dividiéramos porque hasta ese momento no habíamos visto nada. Yo me quedé junto al pozo y él se fue a lo más cerrado del monte. Al poco rato, vi al conejo… Intentaba acercarse al agua y yo me cuadré con la escopeta. La luna estaba clarita como esta noche y se podía ver todo en el monte…
El viejo bebió el aguardiente, se aclaró la garganta bruscamente y siguió contándome:
-Lo tiré tantas veces como pude. Estoy seguro de que le di por lo menos una vez. Pero el conejo volvía al monte y salía al pozo. Hasta lo vi pararse en las patas de atrás, como burlándome…
El viejo hizo otra corta pausa, me sirvió un trago,  y prosiguió:
-Tentándome los bolsillos hallé la última “cápsula” y pensando en que aquello fuera cosa del espíritu malo empecé a rezar el “Creo” con la cápsula apuñada en la derecha. Entonces, antes de meterla en la escopeta la santigüé. Yo supe que le había dado en una pata de las de atrás y lo vi como renqueaba buscando el monte… Corrí dando la vuelta al pozo y por más que lo rastreé no di con él. Me dio miedo. Yo temblaba de miedo. Me olvidé de compadre y de conejo y de mundo y me vine pa la casa corriendo…
El viejo tomó de la botella un trago largo y concluyó:
-Cuando en la mañana no me pasó buscando para ir a trabajar yo no pensé en nada raro. Volví en la tarde y lo hallé sentado en el frente de su casa sin camisa y con los pantalones enrollados a media pierna. Me fijé que tenía un vendaje en la izquierda y que por encima de la venda se veía una mancha de sangre. Pero él se estiró la bota del pantalón como tapándose…
¿Qué quieres? Él era mi compadre y  yo no creía en esas cosas que se decían de él…
CALIXTO GUTIERREZ AGUILAR

viernes, 20 de julio de 2018

ABRIL


A Caracas, ella sabe por qué; ella sabe por quién…
El aburrimiento de la espera se había convertido en el cuarto ocupante del vehículo gris. Los otros tres, los hombres de trajes baratos y corbatas de segunda, alternaban sus salidas del automóvil para estirar las piernas y fumar.
-¿Qué hora es?
-Las cinco de la tarde…
Las puertas del “Bárcenas”  se abrieron y el encendido del motor del vehículo se confundió con los otros ruidos de la ciudad. Cauto, reptando como serpiente, el vehículo avanzó muy lento casi pegado a la acera y de manera discreta se detuvo…
-Buenas tardes caballero. Suba por favor, le conviene dar un paseo con nosotros…
-Pero es que yo…
-Usted nada, usted se sube y ya…
Ahora son cuatro los ocupantes del carro.
-¿Estoy detenido? ¿Se me acusa de algo? ¿Es por la deuda del hotel?
Las palabras del cuarto ocupante no hallaron respuesta alguna. Poco a poco fue comprendiendo que había llegado el momento de callar, de no seguir hablando. Sonrió al comprender: hoy me muero. Luego sonrió porque la idea de morir lo había hecho sonreír. En un momento escuchó su propia voz venir desde la radio: “tu cabellera sedosa acaricio en mis sueños…”
-Qué bolas, tú… -dijo el que parecía ser el jefe- apaga el radio, vale…
Y se hizo el silencio. Y se hizo la noche, la noche lluviosa del abril caraqueño.
-¿Oíste eso Juan José? Asómate, mira a la avenida a ver qué pasó…
Y el hombre no vio más que un carro gris que se alejaba bajo la lluvia por la avenida. Cerró la ventana y dijo a la mujer:
-Nada, vale, todo tranquilo, por ahí no hay nada…
De la radio salía una melodiosa voz de tenor que inundaba  el apartamento… “Mi corazón en tinieblas te busca con ansias…”
-Abre la puerta Juan José, yo estoy en la cocina, vale…
-¿Qué pasó Miguelito?
- ¿No supieron? Acaban de atropellar a un  hombre ahí en la avenida, por debajo del puente, en el túnel. Un chamo dice que vio cuando lo lanzaron del puente y otro carro lo pisó cuando cayó, el chamo dice que era un carro así como gris…
-Eso va a terminar siendo algún borracho de esos desesperados que se tiró para que lo atropellaran o que se cayó por la borrachera, ya tú vas a ver…
- Mi mamá no me deja ir a ver el muerto, dice que si ustedes van sí voy
-No mijo, nosotros no hemos cenado y no vamos a salir con este aguacero para ver un atropellado. Chao… ¡Hasta mañana!
Y Juan José volvió a lo suyo, pero antes, subió el volumen a la radio…
“porque sin ti ya ni el sol ilumina mis días, y al llegar la aurora me encuentra llorando mis noches sin ti…”
CALIXTO GUTIERREZ AGUILAR 20/07/2018





miércoles, 9 de mayo de 2018

ESO DICEN…(microcuento)



Tendido cuán largo era formando en el suelo una gran equis,  estaba el cadáver del capataz. Desnudo de la cintura hacia arriba, había quedado dentro del mísero rancho junto a la portezuela que da al patio trasero. Una herida fatal le hizo florecer vísceras y sangre.
Afuera, la numerosa peonada intercambiaba saludos, conversaciones y apreciaciones despreocupadas dando  la impresión de que aquella fatalidad los aliviaba.
El comisario salió del rancho, arrojó la colilla del cigarrillo y exhaló ruidosamente una gran cantidad de humo. Tras él, sacaron al hombrecito esposado y lo condujeron al vehículo policial. Mirándolo, dijo el comisario: -El valiente vive hasta que el cobarde quiere…
Y allá en la casa de su mamá una muchacha aliviaba la enrojecida mejilla poniéndose hielo envuelto en una camisa que no era de su marido.
CALIXTO GUTIERREZ AGUILAR
09/05/2018

jueves, 12 de abril de 2018

Trashumante, peregrino...


Dedicado a … F.C.T.
Poso mi boca sobre tu frente y dejo en ella un beso suave, cálido, un beso que me inunda de ti…
Como si fueras un país al que ansiaba volver, al que soñaba con regresar; desciendo por la breve colina de tu nariz perfecta y encuentro la gloria de tu boca que de alguna manera presintió que yo venía.
Y te beso, y me besas… y me siento fuera de mi cuerpo, convertido en aire, espíritu, qué se yo…
Resbalo a besos por tu cuello, pero otra vez vuelvo a tu boca que me atrapa como una dulce trampa de la cual aunque se pueda; no quiero escapar…
¡Huyo! ¡Huyo de tu boca que me quita la vida en cada beso que nos damos!
Y vuelvo a descender por las laderas de tu cuello para detenerme en el prado de tu pecho donde me inclino como agotado y feliz, inmensamente feliz; feliz como nunca antes…
Entonces, la inminencia de tus senos me convoca con urgencia y llego a ellos maravillado. Me sobrecoge la belleza de las rosadas areolas donde apenas se distinguen tus dormidos pezones que comienzan a advertir mi presencia de intruso adorador…
Y los rozo suavemente con besos fugaces, con mi lengua hecha ligero colibrí en torno a ellos, y los tomo entre mis dedos contemplando la erizada piel que rodea lo que ahora son dos torrecillas erectas…
No quiero irme de aquí. No quiero abandonar este paraje y sin embargo mi devoción peregrina me obliga a seguir bajando por la llanura de tu plano abdomen.
Como un animal sediento rodeo a besos el estanque de tu ombligo.  Vuelo alrededor de él como un ave que dio al fin con el manantial para su sed milenaria…
Y te ríes, cosquillosa te ríes y te ves adorable…
Y te sonrojas y me invitas a subir de nuevo a la gloria de tu boca, dulce trampa…
Y cuando emprendo el camino a tu boca, despierto… para entonces no desear otra cosa que la noche.
Esa noche que me hace soñar contigo como si fueras un país al que ansiaba volver, al que soñaba con regresar.
10 de abril de 2018