lunes, 13 de abril de 2026

¡Tocado!

 

Hace tres años que llegué a este país. Me sirvieron de contacto previo algunas personas que conocí en mi época de estudiante. De mi tierra se huye por muchas razones, pero dudo que mis compañeros de viaje hayan acertado al suponer las mías. Llegué aquí para ponerme a buen resguardo teniendo todo un continente de por medio.

Hace algunas semanas me acosa la idea de ser reconocido, tal vez porque arrastro “la vergüenza de haber sido y el dolor de ya no ser”

Allá en mi tierra, el último destino que tuve fue un remoto caserío insular llamado “La Soledad” bastante lejos de todo; propicio para los desmanes y los excesos, ideal para contrabandistas y amores alquilados.

Apenas desembarqué en “La Soledad” me informaron que el jefe militar permanecía arrestado por embriaguez y exposición indecente en vía pública. El jefe civil, había ido a tierra firme para ocuparse de sus negocios de contrabando y trata de blancas.

Mi llegada pasó desapercibida, y, al menos en los seis primeros meses de mi estancia, no signifiqué nada para nadie. Con el tiempo me integré perfectamente a la vida de la comunidad y en menos de un año ya era prácticamente un isleño más.

Para el segundo año, habiendo superado ciertos escrúpulos iniciales, ya me emborrachaba con los lugareños en la plaza o en el burdel de “La Tigra”. Poco después, dormía a crédito con algunas de las muchachas que recién llegaban, y a poco de eso, ya ni pagaba.

Al principio tuve que hacerme de la vista gorda ante las marañas en que se entretejían el comandante y el jefe civil. Pero un día, el comandante me dijo “donde comen dos, comen tres” y así vine a meterme en ciertos asuntos de los cuales no estoy orgulloso. Fui muchas veces a tierra firme para concretar negocios, para hacer compras, para hacer pagos, para buscar muchachas, para entregar paquetes, para transmitir órdenes; y así, casi que sin quererlo, me vi metido hasta el cuello en la más podrida red de corrupción.

Teniendo en cuenta mi posición, la esposa y la hija de Agustín -que así se llamaba el jefe civil- me recibían en tierra firme con las más espléndidas atenciones inocentes de cuanto sucedía en “La Soledad”. Pero fui desleal con Agustín…

No sabría calcular cuál de las dos traiciones le habrá dolido más.

Una noche de lunes tuve que defenderme de Agustín y pasó lo que pasó. Estoy seguro de que nadie nos vio. Y como los martes muy de mañana iba yo hasta tierra firme por un día o dos, dudo que alguien haya sospechado algo hasta que se dieron cuenta de que había desaparecido.

Me agobia la idea de ser identificado de un momento a otro y debo calmarme. Por eso vengo a este café que no es muy concurrido. La camarera me ha entregado un papelito doblado:

-¡Aquí le envían!

II

Hace tres años que llegué a este país y hoy hace cuarenta días que no salgo de casa. Estoy al borde de la locura. Voy a comerme este papel. Por última vez lo reviso, y sí, sí dice lo que todos estos días he leído una y otra vez:

-Sin barba y sin sotana me costó reconocerte…

CALIXTO GUTIÉRREZ AGUILAR