Te
cuento que me encuentro en situación de calle porque así lo quise en su
momento.
No
soy víctima de nada, acaso de mi propia torpeza, pero de nada más. Soy perfectamente
consciente de que uno solamente puede ser feliz cuando vive. Y como yo vivo
como quiero…
No
sé cómo habrá sido la vida de otros individuos que voy conociendo en estas misma
circunstancias que enfrento día con día. Si algo se aprende rápido, muy rápido al
estar en la calle, es que lo mejor es evitar las indagaciones sobre la vida
ajena. Eso no evita toparse eventualmente con algún entrépito o entrépita
(complacidos los que insisten en hablar según el género) que quiera
compadecerse de uno y qué quiera saber por qué uno terminó deambulando por ahí.
Insisto, yo no pregunto, y en parte lo hago para que no me pregunten.
Tuve
una casa y una “familia” por así decirlo. Pero un día cualquiera me harté de ellos
y de sus normas, de su vida regulada, supremamente normada en la que no se consienten
espacios para la libertad individual. ¡Coño! Es que yo no sé ser masa.
Me
harté de su “cuidado con los muebles”, “no pases por ahí”, “ven a comer”,
“tienes que bañarte”, “esa alfombra es nueva” y entonces hice lo que mi
espíritu libre me indicaba: cómo no podía mandarlos todos a la mierda – y si
los mandaba no se irían, me fui yo. Todos dormían la siesta de un pesado
domingo cuando decidí largarme.
No
dudo que me buscaron ¡Si hasta carteles hicieron! – ¡Qué gentecita!- pero yo había
decidido no volver y más nunca volví.
En
materia de reglas, no sigo sino las mías, y cómo éstas contemplan no causar
daño a nada o nadie salvo en el caso de defensa de la propia vida; voy por ahí tranquilamente.
En
cuanto a la satisfacción de mis necesidades básicas de alimento y abrigo admito
que al principio comer de lo que hallaba en la calle me resultaba muy bascoso, emético;
pero uno se acostumbra porque entiende que es comer así o morir de hambre. Para
dormir, duermo donde me dé sueño y a la hora que sea. En ocasiones me asocio
con otros y entre todos nos cuidamos. Sin embargo, yo me cuido de asociarme muy
seguido porque de inmediato surgen reglas, normas y jefes. Y yo prefiero ser de
la pandilla pero no del rebaño.
Admito
que tengo una inclinación muy marcada en cuanto al placer sexual, de verdad,
admito que soy un fornicario irremediable. Por supuesto, como vivo en la calle
no tengo tiempo para ponerme de exquisito y atiendo a la que se venga sea de la
condición y aspecto que fuere. No tengo reparos.
Es
verdad que al principio esto de copular en cualquier parte y ante la vista de
otros me producía algún escrúpulo, pero ya superé esa vaina. Cuando la gente me
lanza interjecciones o me grita obscenidades por refocilarme en la vía pública
sé con toda certeza que no los mueve la salud moral sino la envidia, la más
vulgar y cochina envidia.
Admito
sí, que esto de tener que vaciar mi vejiga o desocupar mis intestinos en la vía
pública me costó mucho trabajo al principio –claro, ya les dije que yo alguna
vez tuve mi casa- pero también he superado esas convenciones sociales. Ahora
que lo pienso, es curioso que la gente, sabiendo de qué va la cosa, se encierre
en espacios reducidos para “oler” sus propias excrecencias. ¡Guácala! yo no
hago eso.
Si
me sorprende la necesidad, hago mis deposiciones dónde sea y sigo adelante como
si nada. Así de simple.
Por
otro lado, en cuanto a la religión no me atrevo a declararme abiertamente ateo,
no sea que al final sí haya algo o alguien del otro lado de esta vida. Eso sí,
aunque tengo muchos parientes católicos yo siempre fui de inclinación
protestante. Pero a raíz de mis malas experiencias con dos pastores de origen
extranjero (uno de Bélgica y otro de Alemania) decidí que mejor andaba yo por
la libre. Porque si algo buscan los pastores es eso a lo que yo me resisto: un
rebaño. Y repito que yo para ser del rebaño prefiero ser de la pandilla.
En
materia de recibir consejos me cuido mucho. Los atiendo muy poco o no los atiendo,
y, en cuanto a darlos, me cuido más. Eso sí, contigo voy a permitirme uno, uno
solo:
¡No
digas que todo esto te lo contó un perro callejero porque nadie, absolutamente nadie,
te lo va a creer!