miércoles, 2 de abril de 2025

QUE QUEDE ENTRE TÚ Y YO…

 

Te cuento que me encuentro en situación de calle porque así lo quise en su momento.

No soy víctima de nada, acaso de mi propia torpeza, pero de nada más. Soy perfectamente consciente de que uno solamente puede ser feliz cuando vive. Y como yo vivo como quiero…

No sé cómo habrá sido la vida de otros individuos que voy conociendo en estas misma circunstancias que enfrento día con día. Si algo se aprende rápido, muy rápido al estar en la calle, es que lo mejor es evitar las indagaciones sobre la vida ajena. Eso no evita toparse eventualmente con algún entrépito o entrépita (complacidos los que insisten en hablar según el género) que quiera compadecerse de uno y qué quiera saber por qué uno terminó deambulando por ahí. Insisto, yo no pregunto, y en parte lo hago para que no me pregunten.

Tuve una casa y una “familia” por así decirlo. Pero un día cualquiera me harté de ellos y de sus normas, de su vida regulada, supremamente normada en la que no se consienten espacios para la libertad individual. ¡Coño! Es que yo no sé ser masa.

Me harté de su “cuidado con los muebles”, “no pases por ahí”, “ven a comer”, “tienes que bañarte”, “esa alfombra es nueva” y entonces hice lo que mi espíritu libre me indicaba: cómo no podía mandarlos todos a la mierda – y si los mandaba no se irían, me fui yo. Todos dormían la siesta de un pesado domingo cuando decidí largarme.

No dudo que me buscaron ¡Si hasta carteles hicieron! – ¡Qué gentecita!- pero yo había decidido no volver y más nunca volví.

En materia de reglas, no sigo sino las mías, y cómo éstas contemplan no causar daño a nada o nadie salvo en el caso de defensa de la propia vida; voy por ahí tranquilamente.

En cuanto a la satisfacción de mis necesidades básicas de alimento y abrigo admito que al principio comer de lo que hallaba en la calle me resultaba muy bascoso, emético; pero uno se acostumbra porque entiende que es comer así o morir de hambre. Para dormir, duermo donde me dé sueño y a la hora que sea. En ocasiones me asocio con otros y entre todos nos cuidamos. Sin embargo, yo me cuido de asociarme muy seguido porque de inmediato surgen reglas, normas y jefes. Y yo prefiero ser de la pandilla pero no del rebaño.

Admito que tengo una inclinación muy marcada en cuanto al placer sexual, de verdad, admito que soy un fornicario irremediable. Por supuesto, como vivo en la calle no tengo tiempo para ponerme de exquisito y atiendo a la que se venga sea de la condición y aspecto que fuere. No tengo reparos.

Es verdad que al principio esto de copular en cualquier parte y ante la vista de otros me producía algún escrúpulo, pero ya superé esa vaina. Cuando la gente me lanza interjecciones o me grita obscenidades por refocilarme en la vía pública sé con toda certeza que no los mueve la salud moral sino la envidia, la más vulgar y cochina envidia.

Admito sí, que esto de tener que vaciar mi vejiga o desocupar mis intestinos en la vía pública me costó mucho trabajo al principio –claro, ya les dije que yo alguna vez tuve mi casa- pero también he superado esas convenciones sociales. Ahora que lo pienso, es curioso que la gente, sabiendo de qué va la cosa, se encierre en espacios reducidos para “oler” sus propias excrecencias. ¡Guácala! yo no hago eso.

Si me sorprende la necesidad, hago mis deposiciones dónde sea y sigo adelante como si nada. Así de simple.

Por otro lado, en cuanto a la religión no me atrevo a declararme abiertamente ateo, no sea que al final sí haya algo o alguien del otro lado de esta vida. Eso sí, aunque tengo muchos parientes católicos yo siempre fui de inclinación protestante. Pero a raíz de mis malas experiencias con dos pastores de origen extranjero (uno de Bélgica y otro de Alemania) decidí que mejor andaba yo por la libre. Porque si algo buscan los pastores es eso a lo que yo me resisto: un rebaño. Y repito que yo para ser del rebaño prefiero ser de la pandilla.

En materia de recibir consejos me cuido mucho. Los atiendo muy poco o no los atiendo, y, en cuanto a darlos, me cuido más. Eso sí, contigo voy a permitirme uno, uno solo:

¡No digas que todo esto te lo contó un perro callejero porque nadie, absolutamente nadie, te lo va a creer!

                                                                                                       

LAS COSAS COMO SON…

 

Si algún evento causaba ansiedad entre los selectos miembros de la alta sociedad de la ciudad era el banquete anual del Colegio de Médicos del Estado. Nada era tan esperado como aquello y no había como aquella otra ocasión para el lucimiento de galas y para el derroche de elegancia y estilo.

Un programa sencillo definido quién sabe por quién y quién sabe cuándo se mantenía en uso desde que los más antiguos miembros del gremio podían recordar: Se daba inicio formal a las ocho de la noche haciendo callar a un grupo de músicos de cámara que tocaban piezas clásicas y tenía lugar la intervención del presidente en ejercicio con unas palabras de salutación.

Acto seguido, el tesorero informaba grosso modo de los ingresos y egresos, luego, se llamaba al médico previamente designado quien con un discurso por regla general muy breve, elogiaba los logros de la directiva y tímidamente señalaba sugerencias o reivindicaciones por alcanzar. Finalmente, a nombre del comité de damas, una copetuda señora invitaba al brindis y al disfrute de la fiesta no sin antes saludar a algún muy raro invitado de cierto renombre, que bien podía ser un venerable prelado, un avinagrado juez, un refulgente comandante del cuartel general y en alguna ocasión hasta un muy mal digerido gobernador.

Una o dos orquestas hacían el marco ideal para las libaciones y los consabidos hartazgos, prohibidos a los pacientes y permitidos a los discípulos de Hipócrates.

Del doctor Méndez U. se rumoraban muchas cosas en torno a su dificultad, aparentemente invencible, para guardar la debida fidelidad conyugal. Dolores, su mujer; “Lolita de Méndez U.” para las amigas, era toda bondad, toda clase, y toda kilos. Últimamente, y esto era lo más comentado, al doctor Méndez U. le había dado por andar con “mujeres de esas” a las que alquilaba para el servicio completo de compañía y cama. Bueno, eso era lo que se decía entonces.

Alguien comentó que en el agasajo al doctor Manrique T. el doctor Méndez U. había tenido el descaro de llevar a una muchacha que bien podría ser su hija, y Merceditas de Marcano P. dijo que era cierto y que además no era la misma “muchacha” que había llevado cuando recibieron a aquel poeta que con la más grande pompa fue homenajeado por lo más granado de la sociedad.

La verdad era que Lolita de Méndez U. no se merecía ese trato después de tantos años de matrimonio. Así las cosas, el arribo de tan notable adúltero al banquete fue convirtiéndose en el momento más esperado de la noche por obra del chismorreo de unas cuatro señoras de bien. El galeno infiel no se hizo esperar mucho tiempo, y llegó dejando de boca abierta a cuantos le vieron entrar al salón trayendo del brazo a una caribeña beldad, que embutida en largo traje carmesí de generoso escote, hizo las delicias de cuantos caballeros se hallaban en la fiesta.

La silueta de la muchacha en cuestión, la cabellera, la inobjetable belleza de su rostro, la evidente elegancia al conducirse, nadie, absolutamente nadie habría sabido decir qué era lo que en esa criatura les llamaba la atención. Ya le ofrecían una copa, ya le dirigían un cortés y ceremonioso saludo, ya le acercaban alguna “delicatesse”

La muchacha se mantuvo rodeada de atentos caballeros y amigables vejetes que la halagaban a más y mejor. Alguna conspicua dama hubo que desde su mesa le dirigió una venia cordial.

Cuando a la abrumada muchacha le correspondió ir al servicio de tocador, Merceditas de Marcano P. y otras tres señoras vieron la ocasión de vengar lo que ellas creían que era una afrenta. El grupo de las cuatro señoras entró al baño al tiempo en que la muchacha secaba sus manos y se preparaba para retocar su maquillaje. Una de ellas dijo en tono alto e irónico:

-¡Todo ha cambiado querida Merceditas! Antes, por ejemplo, no se permitía en estos banquetes la presencia de personas de dudosa reputación…

Sabiéndose objeto de la invectiva, la muchacha terminó de usar el lápiz labial y elegantemente lo puso en su bolso. Con ambas manos se ajustó el busto frente al espejo y luego acomodó un poco su cabellera.

Giró sobre sus talones y dijo a la dama parlanchina con toda la calma y firmeza del mundo:

-¡Señora! ¡Yo soy puta! Y las cosas como son: si aquí hay una reputación dudosa, no es la mía…

Y salió del baño tan serena como cuando entró a la fiesta dejando en el aire esas incógnitas por las que uno no sabría decir si era la figura, la cabellera, la inobjetable belleza de su rostro, la evidente elegancia al conducirse, o qué era lo que en esa criatura nos llamaba la atención.

LA CUMBRERA: EL PUEBLO DE DONDE NO ÉRAMOS...

Parménides Teodoro, el abuelo de mi bisabuelo paterno, pasó a la historia sin apellido alguno. Español, andaluz, para más señas, es reconocido como el legítimo fundador de La Cumbrera. Se lo sabe padre de buena parte de la población inicial y diseñador de la disposición original del pueblo. De sus obras escritas solo se conservan dos ejemplares, ambos se encuentran en la sección libros y manuscritos raros de la Biblioteca Nacional. Y esto lo sé porque mi abuelo Néstor decía que él mismo los había visto. Yo, ni siquiera por lo llamativo de sus títulos me he motivado a buscarlos: “De la azarosa vida del famoso desconocido” y “Pormenorizada relación de las cosas que no es necesario conocer”

La Cumbrera, debió su fama al hecho de ser el único pueblo de nuestro país que surgió y se extinguió sin tener sepulturas. Hubo un cementerio, esto ha de aclararse, pero jamás se utilizó en los poco más de ciento veinte años de existencia del pueblo. Alguna vez nos llamaron “El pueblo sin muertos” pero tal calificativo no se ajustaba a la realidad porque sí moría la gente, solo que sus cuerpos no llegaban al pueblo por alguna razón. Propiamente, nadie se murió en el pueblo. Nunca. La gente de allá siempre murió fuera.

Innumerables aportes a la cultura nacional tuvieron su origen en La Cumbrera. Por ejemplo, es cosa bien documentada que habida cuenta de su clarísimo conocimiento del comportamiento de la mayoría de los materiales y las substancias; fue Parménides Teodoro quien aconsejó a una de sus concubinas, María, el introducir la punta del meñique en el centro de una arepa cruda para traspasarla y crear un agujero. Así, al freír ésta, el aceite podría circular y la arepa se cocinaría mejor. Claro, esto trajo como consecuencia inevitable que en lo sucesivo aquella María fuera conocida como “María la del huequito” o simplemente “María huequito”

Ya en la tercera década de su existencia se hizo necesario importar mujeres para formar nuevas familias en La Cumbrera. A estas alturas, todas las uniones sexuales tenían visos de relación incestuosa. Así, los varones se organizaban en “partidas de caza” para asistir a fiestas populares y “sacarse” a las muchachas de los pueblos y caseríos de alrededor. Pero pronto se convirtieron en los intrusos más odiados y temidos. Dos razones argüían las mujeres para darles mala fama: tenían éstos “una muy buena dotación para la vida” y además eran bruscos al amar. Tan lejos se llegó con esto, que se cuenta que en cierta ocasión cuando un grupo de “cumbreros” se dirigía a unas fiestas patronales en San Juan del Llano, los sanjuaneros los emboscaron en una quebrada y los conminaron a regresar por donde mismo había venido.

Y es que en La Cumbrera, cosa curiosa esta, jamás hubo armas de fuego. Jamás, en los poco más de ciento veinte años de existencia del pueblo, se oyó un disparo.

Entonces, como los sanjuaneros estaban armados de escopetas y carabinas. Lo cumbreros volvieron sobre sus pasos sin chistar. Ceferino Godoy, desde lo alto de un barranco gritó a los que iban en retirada:

-¡Si tienen muchas ganas, cójanse entre ustedes mismos, desgraciados!

Cuando se cumplieron los cuarenta años de la fundación de La Cumbrera todo comenzó a ir más rápido. Un hombre bajaba al conuco caminando hora y media y cuando subía por la tarde haciendo el mismo recorrido, encontraba a la mujer envejecida y a los muchachos crecidos. Una mujer se iba a lavar al río llevando una criaturita de pecho y subía a La Cumbrera con la criatura caminando, de la mano.

En cuestión de unos pocos días habían pasado tan rápido los años que así, sin pensarlo mucho, las familias se echaban al monte buscando el rumbo de la ciudad por detener aquello. Cuanto podían cargar se lo llevaban y en cada amanecer se sabía de un nuevo éxodo producido en la noche anterior.

Mi abuelo Néstor supo que no quedaba ninguna familia en el puedo porque una mañana cualquiera nadie vino a decirle quién se había largado durante la noche.

Llegó a la cocina y le dijo a su mujer y a sus hijos:

-¡Mañana, ni bien amanezca, nos vamos de aquí!

Y así, llegó mi familia a esta ciudad donde nos encontramos, un día cualquiera de un año sin importancia, con el cansancio de haber vivido en un lugar donde nadie había quedado a vivir para divertirse y ninguno había quedado muerto por quién llorar.


sábado, 4 de enero de 2025

ENTRE DOS AMARRAN UNO...

 

El viejo empleado del telégrafo llegó a la casa de Dámaso y le extendió la escueta nota conminatoria: CASO URGENTE. PRESENTARSE EN ESTA. COMPADRE JUANCHO.

Al igual que el remitente, Dámaso era faculto en artes curativas y en deshacer ensalmos. Curaba el mal de ojo y combatía denodadamente a los espíritus malignos con oraciones y rituales recibidos en herencia de su abuelo.

Ni bien llegó a la ciudad puso rumbo a la casa del compadre cuando la siesta el viernes recién terminaba. Un conveniente baño y una ligera refección completaron las ceremonias de bienvenida.

Bien informado por el compadre Juancho esperó la llegada de “el hombre del caso” y pasaron al cuarto de los santos en cuanto éste llegó.

El angustiado paciente de aspecto demacrado y nervioso, víctima de un acoso infernal, relató desde el inicio el espantoso sufrimiento que padecía según sus cálculos desde hacía unas diez semanas.

Al principio solo fueron toques a la puerta que se sucedían a medianoche, y aunque él acudía de inmediato a los insistentes llamados, a nadie conseguía. Acechaba los toques para abrir rápidamente y nadie estaba por allí. A esto siguió el ruido de pisadas provenientes del techo y los fétidos olores sulfúricos que en la penumbra invadían toda la casa.

Sobresaltado, una noche lo despertó el horrendo maullido de un gato negro que apareció en la sala sentado y con una mueca de sonrisa.

Percibía en las tinieblas el reptar de interminables serpientes que todo lo tumbaban a su paso. Escuchaba el gruñido de fieras invisibles y, en una ocasión, el doliente balido de una cabra que estuviera como herida o moribunda.

Más recientemente era atormentado por el horroroso graznido de un ave nocturna que metía la cabeza por los respiraderos de la chimenea del fogón en la vieja casona, y hacía resonar su espeluznante eco por todas las habitaciones.

Los facultos escucharon atentamente el doliente relato de aquel hombre que evidenciaba estar al borde del colapso nervioso. Consolaron e intentaron calmar al paciente y le ofrecieron la seguridad de una solución definitiva que llegaría la noche siguiente.

Juancho intuyó que el fenómeno volvería a suceder en la medianoche del día que precede al domingo y que sería algo intenso y muy rápido.

Una vez ido el paciente conferenciaron los compadres sobre la urgencia del caso. Convinieron en que era “un trabajo de trece” y que al cabo de tal número de semanas el paciente podría enloquecer definitivamente o morir de manera trágica. Dedujeron que el objetivo de la sañuda maldad era apropiarse de la casa antes que cobrar la vida de su único habitante.

Llegada la tarde del sábado, Juancho y Dámaso tomaron posada en la casa de junto al paciente a quien se cuidaron de advertir cosa alguna. Tejieron sendas sogas de purísimo y blanco algodón mientras rezaban trisagios a la Santísima Trinidad y luego procedieron a bendecirse el uno al otro imprecando a San Miguel Arcángel, príncipe de las milicias divinas. Y todo esto es el más absoluto secreto encerrados como estaban en la habitación que compartirían hasta la hora de su apocalíptica aventura.

Rociaron sus improvisados cabestros con agua y sal bendita para acostarse apenas se hubo ocultado el sol. La anfitriona, previamente advertida y en extremo feliz de hospedar a tan reconocidos personajes, los llamó cuando ya faltaba poco para la medianoche…

¡Y empezó la minúscula versión del Armagedón!

Llegó el pájaro graznador, y ni bien se había posado sobre la techumbre, se dirigió a saltos –algo propio de los carroñeros- hacia los huecos de la chimenea para meter la cabeza y comenzar con los horrendos graznidos que erizaban la piel a cualquier valiente. Con ímpetu juvenil pese a sus años, Dámaso hizo gala de insospechada agilidad y trepando al techo capturó al pájaro, lo ató con su cabestro bendito y lo arrojó al suelo donde esperaba Juancho para darle inicio a una increíble azotaina. Dámaso soltó las amarras al pajarraco y se unió a los azotes. El animal no pudo alzar el vuelo y se fue renqueando por la calle hasta perderse en la oscuridad de un callejón.

II

Cuando un enfermo no podía acudir a la casa de Don Juancho él se ofrecía por modesta suma a consultarlo a domicilio. Y así las cosas, acudió el miércoles a la casa de Julita La Tuerta para auscultar al mayor de sus hijos quien yacía en cama.

Apenas se vieron médico y paciente, el muchacho comenzó a temblar de tal manera que hacia rechinar el catre en que se encontraba de boca abajo únicamente vestido con sus calzoncillos.

El hijo de Julita mostraba marcas de azotes y su madre contaba que unos bandoleros le dieron “una cueriza” para robarlo, dejándolo tendido en un callejón cerca de la casa donde lo hallaron maltrecho e inconsciente la mañana del domingo.

Don Juancho no pasó al cuarto y le recomendó a Juanita unos guarapos de concha de cedro y unas unturas de árnica.

¿Y no me le va a rezar? –preguntó la acongojada madre

Juancho, solemne y con los ojos entornados caminó hacia el catre y se inclinó sobre el paciente musitándole al oído:

¡Negro pendejo! Que te sirva de escarmiento y pa que aprendás a no andar echando vaina. Amén…

CORTE PROGRAMADO

 

La compañía nacional de servicio eléctrico hacía transmitir constantemente el boletín donde se anunciaba la suspensión de la electricidad. El anuncio se hacía para que los usuarios pudiesen tomar “todas las previsiones necesarias al respecto” y para que el público en general usara de comprensión para con la compañía eléctrica teniendo en cuenta que “las molestias causadas van encaminadas a producir mejoras a corto plazo”

De este modo, cada cuarenta y ocho horas tocaba en el pueblo un apagón de al menos seis horas continuas, que nunca ocurría en el mismo horario. Una semana tenía lugar por la mañana, la siguiente semana ocurría por la tarde y en la tercera, el apagón tocaba por la noche, y así, sucesivamente. El apagón nocturno comenzaba a medianoche y se extendía hasta las seis de la mañana del otro día.

Así las cosas, en La Barranca, la poca gente que había quedado se había hecho a la costumbre de los apagones.

Una iglesia un tanto desvencijada, una escuela básica con dos maestros, un puesto de salud llamado “Ambulatorio Rural I” y una comisaría sin policías, era todo cuanto tenían los habitantes de La Barranca.

Celina, la mujer de Manuel P. era conocida por su condición casquivana tanto como por su belleza y simpatía. Su marido jamás la había conseguido en malos trances y por eso la defendía denodadamente cuando alguien le insinuaba algo en contra.

Manuel P. trabajaba a destajo en una embarcación que eventualmente se hacía a la mar durante toda la noche para llegar muy lejos en busca de los cardúmenes.

Rogelio Z. criador caprino, agricultor y cazador, era el esposo de una de las dos enfermeras que atendían el puesto de salud.

Una creciente tensión sexual se fue dando entre Rogelio y la mujer de Manuel, y poco a poco fue convirtiéndose en un deseo intenso, vehemente. Pero no podían coincidir nunca en un ambiente seguro para dar cumplido gusto a la pasión que alentaban. A cada encuentro furtivo todo se iba en miradas, susurros, caricias muy discretas de apariencia inocente y accidental.

Sucedió pues que en la tercera semana de un mes cualquiera los astros se alinearon en favor de los hasta entonces frustrados amantes y coincidieron: El apagón de la noche, el viaje de pesca de Manuel P. y la guardia nocturna de la mujer de Rogelio Z.

Apenas ocurrió el “black out” Rogelio se fue escabullendo por entre los matorrales y yerbajos casi a rastras. Muy discretamente tocó por la puerta trasera en la casa de Manuel y al minuto una mujer desnuda le hizo pasar. No había tiempo que perder y sí muchas ganas a las cuales darle rienda suelta. Estuvieron amándose con tal intensidad que luego de tres asaltos amorosos se rindieron al sueño. Sin embargo, todavía estaba bastante oscuro cuando el gallo cantó por primera vez. Y Rogelio sobresaltado comprendió que debía huir justo en ese momento.

La mujer le dijo que no podían encenderse ni velas ni linternas porque que algún vecino podría percatarse de las siluetas. Y así, en tinieblas y tanteando, Rogelio vistióse rápidamente y sin ponerse la camisa que llevaba en la mano, regresó a su casa del mismo modo, escabulléndose casi a rastras; pero haciendo esta vez un largo rodeo para llegar a su hogar por la misma ruta que empleaba al ir de cacería.

¡Pero el diablo es puerco y todo lo deja a medias!

Ya en casa, y dispuesto a darse un largo baño, ni bien comenzó a desvestirse percatóse de que en lugar de sus habituales calzoncillos traía puestas unas pantaletas.

Sintiendo que el corazón le rasgaría el pecho para salir de su sitio, no atinaba qué hacer con aquella tan irrefutable prueba condenatoria. Pero el sol, que no se asomaba por completo, ya había derrotado a la oscuridad allá afuera y era imposible devolverse. Además, a su mujer le quedaba poco para llegar. Tenía que actuar rápido.

Envuelto en una toalla salió por el patio trasero en dirección a los corrales y casi al final de su propiedad cavó un hoyo para sepultar la prenda.

Tomó un segundo baño para asegurarse de que no traía pegado olor alguno y se dispuso a esperar a su esposa, extrañado de que tardara en llegar. Cerca de las ocho, apareció su mujer y tras los saludos habituales le inquirió sobre la demora.

-¡Es que me llegó una emergencia cuando ya amanecía! Manuel le cayó a carajazos a Celina. Y la pobre mujer llegó muy aporreada…

Rogelio, que ahora sí creía que se moría, se dominó para preguntar:

-¿Y eso por qué mija?

-¿Por qué más iba a ser? –respondió con desgano la mujer- ¡Por puta!

Rogelio que sentía la sangre subir al rostro y padecía de temblores a esta altura, se repuso una vez más y preguntó a su mujer con la más aparente calma:

-¿Tú has visto mis calzoncillos de Superman? ¡Yo creo que me los robaron de

   la última lavada porque hace más de una semana que no los encuentro!

                                                             ***

Después les cuento lo que pasó cuando “Doky” el perro de la casa, desenterró las pantaletas.

Lo que pasa es que ya a esta hora nos toca el corte programado…

RUEGA POR NOSOTROS...

 

A unas dos horas de la capital del estado, en la falda de la sierra ubicada al sur, está el pueblo de san José, cabeza del municipio. Una media hora más adelante, cruzando a la derecha, se puede llegar a “La Vega de san José” donde vivió y murió la niña Séfora, o la niña Seforita, como también se la conoció.

Era la segunda de los dos hijos que tuvo Misia Remigia, una vieja mandona y rezandera. Benjamín, el mayor de los hijos, ni bien pudo independizarse tomó el rumbo de Caracas y jamás volvió por el pueblo. A Caracas, en aquel tiempo, la rodeaba una niebla de misterio. Y aunque algunos juraban “con la mano derecha puesta sobre un saco de biblias” que sí existía, otros ponían en duda que se tratase de un lugar real.

A Séfora, se le apodó “La niña” ya desde la temprana madurez, porque era cosa atestiguada que jamás se la vio en trato carnal con varón alguno dedicada como estaba al cuidado de su madre quien se postró relativamente joven. El título de “Niña” expresaba una cierta mezcla de respeto y compasión por aquella mujer hermosa y de maneras dulces poseedora de una gran paciencia.

Al pie de la cama de su madre forjó sus virtudes porque Misia Remigia no era fácil de tratar. Como su madre, Seforita era amiga de rezos e imágenes, de novenas y velas, de trisagios y lámparas de aceite.

En cierta ocasión en que las visitara una desesperada señora de allá de San José, ambas se comprometieron a rezar fervorosamente por ella a fin de que cesara la razón de su aflicción. La circunstancia, vencida a pesar de ser considera imposible, hizo que la dama volviera agradecida y dadivosa con aquellas intercesoras. A poco de eso, adquirieron fama de ser muy eficaces al rogar y fueron llegando las gentes de los contornos trayendo toda clase de angustias y hallándose en cualquier clase de predicamentos.

Martín, el de Francisca, hizo un cartelito de madera muy simple a instancias de Misia Remigia y lo fijó a la derecha de la puerta de la casa: “Aquí se alumbra y se reza” porque es cosa harto comprobada eso de que para hacer eficaces los ruegos se precisa de la luz de las velas.

A partir de entonces, a la puerta de la casa se sucedían diálogos y situaciones muy interesantes que permitían pulsar el alma de los paisanos: que dice mi mamá que tome aquí para que le alumbre a Las Tres Divinas Personas pa que papaíto vuelva de la guerra esa… Niña Séfora, que dice mi abuela que pa que le alumbre a San Onofre por ver si consigo trabajo ligero… Que dice tío Alberto que le alumbre al ánima deJuan Salazar pa que suelten a Joseíto que se lo llevaron reclutao… Para que por favor me alumbre a san Ramón Nonato para que saque con bien a Marcelina que está pariendo… Que manda a decir Papabuelo que le alumbre a San Roque porque las cabras cogieron una peste… Vengo por aquí pa que me alumbre a La Mano Poderosa porque puse una bodega y quiero que me vaya bien… Que por favor me alumbre al Justo Juez por ése problema de Arsenio que se lo llevaron preso sin tener culpa…

Los fieles que acudían a Misia Remigia y a su hija daban un modesto aporte metálico, suerte de limosna más bien, que ellas empleaban en comprar velas y en acrecentar las imágenes del cuarto de los santos a cada paso del turco Hassan. Hassan venía mensualmente por el caserío con ropas y quincallerías que dejaba a crédito hasta la próxima visita. Hassan empezó a traer velas en cajones de veinticuatro unidades que muy pronto se hicieron insuficientes. Por el turco Hassan, llegaron, con su vidrio al frente, su cartón a la espalda y su modesto marco de cinta para embalar: san Marcos de León, santa Eduviges, santa Marta, santa Helena, san Expedito, san Martín de Loba y un chofer de apellido Sánchez entre muchos otros.

Y es que en el cuarto de los santos compartían altar los bienaventurados de la iglesia católica y los otros, los bienaventurados del pueblo crédulo.

A la muerte de su madre, la niña Séfora se dedicó con más veras a su oficio de sacerdotisa y en tal ocupación vivió hasta el último de sus días.

Nunca exigía pero siempre aceptó de buen grado los dones que algunos agradecidos le presentaban y por eso nunca sufrió de hambres o pasó necesidades. Cuentan que en cierta ocasión llego a tener poco más de doce cabras.

Solía advertir a cada feligrés cuando aceptaba un encargo de rezo y luz:

-¡Ve que lo que Dios no quiere los santos no lo pueden!

Y con ello se libraba de reclamos si lo que se pedía no se alcanzaba.

Con la práctica, aprendió a advertir ciertas particularidades que tenían los santos y las ánimas a las cuales rogaba. Por ejemplo, para rogar a las ánimas del purgatorio o hacer sufragios por algún difunto, la noche del lunes resultaba ideal. Para obtener favores de santa Marta, nada como ofrecerle los nueve martes; para rogar al ánima de Juan Salazar debían ofrecérsele además de la consabida luz de una vela, un trocito de arepa y un sorbito de agua, porque aquel soldado había muerto hambriento y sitibundo en una campaña.

Otra cosa, es que no se debía insistir a los santos para traer al mundo hijos varones y que no se debía pedir novio a san Antonio de Padua porque los que por esta vía llegaban eran hombres maltratadores. De los más solicitados entre sus contactos del cielo, estaba siempre el célebre san Ramón Nonato, cuyo prodigioso nacimiento –cuatro días después de muerta su madre- lo convertía en el abogado de las parturientas y las embarazadas en apuros.

A santa Rita de Casia y a san Judas Tadeo tampoco les faltaban solicitantes.

A comienzos de un mes de junio la niña Séfora advirtió severamente a Matilde, la hija de Jacintica la de El Alto, porque quería que le alumbrara a san Antonio de Padua con el firme propósito de que el Musiú Hassan se casara con ella.

-¡No mijita! ¡No sabés lo que pedís! Los maridos que consigue san Antonio son echadores de cuero…

Y no supo más de Matilde hasta cerca del mes de diciembre en que le mandó a pedir que le alumbrara al muy eficaz san Ramón Nonato.

Una noche de primero de febrero, como era costumbre, los habitantes de varios caseríos se acomodaban en el cerro de san José para mirar las ofrendas de fuego en la víspera de La Virgen de Candelaria. Muchos pasaban al raso aquella noche con profusión de música, bocadillos y ron. Aquella reunión espontanea era esperada por los enamorados y por los adúlteros con gran emoción.

Desde la cumbre del cerro se divisaban, además de La Vega de san José, El Alto, El Llanito y san Pablo.

La víspera del dos de febrero, aquellas gentes serranas hacían pequeñas fogatas cada uno al frente de su casa a las que llamaban “candelarias” y por eso, en la oscura noche, ver las candelarias de todos los caseríos resultaba un espectáculo para ellos muy bonito.

De pronto en La Vega de san José una candelaria comenzó a crecer y a crecer en medio de los aplausos de los que allá lejos la contemplaban, pero derepente, uno gritó:

-¡Eso no es una candelaria! ¡Se quema la casa de la niña Séfora!

Lo siguiente fueron carreras y atropellos, gritos y tropiezos para bajar del cerro. En poco, las llamas cobraron renovados bríos alentadas por una repentina brisa y rápidamente se consumió la casa. Nada podía hacerse. Convertida en un millón de pavesas, la casa y su única habitante volaron efímeras.

La estupefacción impuso un gran silencio. Una mujer se adelantó hacia el brasero y con un dejo de tristeza exclamo sin aspavientos:

-¡Niña Séfora! ¡Niña Seforita!

Y todos respondieron;

-¡Ruega por nosotros!

 

Pero estos de ahora son otros tiempos: pocos alumbran, muchos no rezan y ya nadie cree…

CHOFER…

 

Cuidadosamente desenrolló el papelito y leyó las instrucciones. Memorizó cada palabra y sacó cuenta en su mente de los horarios y las fechas. El traslado sería la noche siguiente en punto de las nueve. Para ese día tendría guardia y a nadie extrañaría su presencia en el hospital.

Llegado el momento recibió su turno y fue impuesto de las novedades: no había de qué preocuparse para esta noche. Sin embargo, y pese a las consoladoras expectativas del jefe de obreros, él se encontraba agitado. No tenía miedo propiamente, diríase más bien que se hallaba en estado de exaltación. Tanto, que por primera vez había llevado el revólver al hospital. Pensó: los que estamos metidos en esto debemos estar siempre preparados por si algo sale mal, por si acaso una vaina…

Cerca de la hora convenida salió al frente del hospital y vino a sentarse en la acera por la esquina oeste. Alternativa pero pausadamente miraba hacia la Ermita de San Nicolás y hacia el Palacio Mármol. Encendió un cigarrillo y palpó el empaque constatando con asombro que desde las primeras horas de la tarde cuando lo adquirió, casi lo había fumado todo.

¿Cómo iban a hacer para traer al muchacho? ¿Cuál era la señal? Por un momento dudó de si se trataba del mismo joven, pues era de dominio público que su padre lo había llevado por Líbano e Inglaterra para enfriarlo un poco y que allá lo había dejado. La idea de que todo aquello fuera una trampa lo hizo levantarse de la acera. Un carro con dos agentes de la DIGEPOL pasó lentamente frente al hospital. El chofer saludó con desgano…

Faltando diez minutos para las nueve fue hasta el garaje y comenzó a revisar los fluidos y a chequear otras tonterías de la ambulancia. Él era el chofer y tal acción de seguro no levantaría sospechas. Los minutos se hacían pesados y parecían haber triplicado la cantidad de segundos que originalmente contenían. Cuando al fin faltaron cinco para las nueve encendió el motor, se acomodó en su lugar y sacó el arma que mediante un apropiado artilugio llevaba ajustada a la pantorrilla izquierda, la sostuvo un segundo y luego decidió ocultarla bajo el asiento.

Una acuciante ansiedad le enardecía los deseos de fumar pero sabía que ya no había tiempo porque la aventura de aquella noche había comenzado.

Sintió como las puertas traseras de la ambulancia se abrían de par en par y escuchó los ajustes con que la camilla era asegurada al piso justo en el espacio central. Una vez cerradas las puertas salió del hospital siguiendo la calle Falcón en dirección Este para luego buscar al Sur el rumbo de La Sierra. No fue requisado en la alcabala de Caujarao y varios kilómetros más adelante abandonó la carretera por un estrecho camino de tierra. Se detuvo y apagó las luces y el motor.

En poco se vio rodeado de algunas sombras que avanzaban hacia él y rodeaban la ambulancia. Tras unos minutos sintió movimiento en la parte posterior del vehículo y el inconfundible sonido de dos puertas que se abrían.

A una señal le permitieron bajar y lo primero que hizo fue encender un cigarrillo. El que había sido trasladado fue recibido con evidentes muestras de alegría. Hubo muchos abrazos y buenos augurios, ofertas de cigarrillo, breves reportes de las últimas acciones, propuestas de combate y festejo.

El que comandaba pidió que dejaran que el joven recién trasladado se vistiera con el nuevo uniforme. Con las escasas luces que había, el chofer constató que de verdad aquel era un muchacho apenas.

Se dio la orden de partir enseguida y todos formaron una columna. Antes de partir, el comandante se acercó al chofer:

-¡Gracias, compañero!

El chofer se limitó a asentir. De entre la columna se desprendió el que recién había sido trasladado y extendiendo la mano le dijo:

-Muchas gracias. Mucho gusto, soy Chema…

Y la columna se perdió en la noche de La Sierra de Coro, en la noche la historia…